José Reinaldo Carvalho (*)A
Las imágenes hablan por sí mismas y
los datos son concluyentes.
Soldados y oficiales norte
americanos en Irak torturaron,
maltrataron, sodomizaron y
asesinaron a prisioneros iraquíes a
sangre fría en la prisión de Abu
Graib. Las primeras denuncias
surgieron el 13 de enero, pero el
comando norte-americano en Irak y el
gobierno cerraron las informaciones
a siete llaves, hasta que en el
último día 28 de abril, después de
la divulgación de las fotos por la
rede CBS, la noticia de que los
imperialistas americanos son
torturadores recorrió el mundo, a
develar el irrespeto infame de los
Estados Unidos a los derechos
humanos.
La reprobación general al
despotismo norte-americano forzó a
las autoridades de este país a dar
explicaciones apresuradas a través
de informes oficiales, anunciando
una “investigación rigurosa” y la
punición de los que,
eufemísticamente, “cometieron
abusos”.
La gravedad de los hechos puede
ser clarificada por el propio empeño
personal del presidente George Bush,
y su ministro de la Defensa, Donald
Rumsfeld, en desvincular los actos
criminosos de la institución militar
y del gobierno norte-americano, como
si se tratase de desvío de conducta
de soldados y oficiales aislados.
Las entrevistas que Bush concedió a
las emisoras de televisión árabes el
día 4 de mayo fueron patéticas,
quedando obvio que el “desagrado” de
los imperialistas era con la
repercusión negativa y no con el
hecho en sí y las palabras y gestos
calculados del presidente hacían
parte de un guión trazado para
limpiar la imagen de su gobierno
frente la opinión pública del mundo
árabe y contener la legítima
revuelta generada por las prácticas
criminales de los militares de las
fuerzas de ocupación
norte-americanas. Si realmente hubo
investigación, el gobierno Bush
corre serio risco de verse enredado
en un problema de proporciones
mayores que el ocurrido por la
revelación de que Irak, de Saddam
Hussein, no poseía armas de
destrucción masiva y de que el
pronunciamiento del secretario de
Estado Colin Powell en las Naciones
Unidas fuera instruido por un
informe mentiroso de la CIA. Los
primeros militares castigados ya
anunciaron que presentarán
apelaciones, alegando haber recibido
ordenes superiores. Veremos hasta
donde llegarán las investigaciones.
Las noticias divulgadas por las
agencias internacionales hasta el
día 4 eran chocantes. Bajo custodia
de las fuerzas de ocupación
norte-americanas murieron 25
prisioneros, dos asesinados, 12 de
“causas naturales” o
“indeterminadas” y otras 11 muertes
que aún se están investigando. Un
informe del propio ejército,
publicado en los medios de
comunicación de los Estados Unidos
indica que, entre octubre y
diciembre de 2003 “soldados
golpearon, pisotearon los pies
descalzados de los prisioneros,
usaron perros sin bozal para
amenazar a los detenidos,
sodomizaron un preso y amenazaron a
los presos masculinos de violación”,
conforme el periódico “O Estado de
São Paulo”, en su edición del 5 de
mayo.
Las excusas de Bush son ligeras y
estrafalarias. Las torturas de sus
esbirros son inseparables, diría que
son uno de los aspectos hediondos,
de la política de guerra de agresión
y ocupación que caracterizan este
triste lapso de tiempo, equivalente
a una larga noche de sufrimientos,
que es su mandato.
Los agresores norte-americanos,
cuando bombardean ciudades, siendo
responsables por la muerte de
decenas de millares de ciudadanos,
se revelaron a los ojos del mundo
como criminales de guerra. A lo
largo de la década de los 90,
comenzando por el padre del actual
presidente que hizo la primera
guerra del Golfo, los gobernantes de
la superpotencia encadenaron no sólo
a un gobierno, con la política de
bloqueo, sino que, ataron y
masacraron a todo un pueblo,
resultando de esta política la
muerte de centenas de millares de
niños y ancianos por falta de
alimentos y medicinas. Insuperables
en la crueldad con los adversarios.
Vemos que ahora los agresores y
ocupantes norte-americanos se
desenmascararon como torturadores,
lo que les hizo superarse también en
cobardía.
La opinión pública internacional
necesita tomar conciencia de que
estamos delante de un crimen, uno
más del imperialismo-fascismo
norte-americano.
Denunciarlo y condenar a sus
responsables es un deber elemental
de todo ciudadano, militante,
movimiento social, partido político
y gobierno comprometido con la
democracia y con la dignidad humana.
La Comisión de Derechos Humanos de
la ONU tiene el deber de investigar
a fondo y proponer sanciones a los
torturadores que falsifican y cubren
de oprobio los ideales de libertad y
democracia que estuvieron en los
fundamentos de la gran nación
norte-americana en el siglo XVIII.
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(*) Periodista, Vice-Presidente de
Partido Comunista de Brasil – PcdoB,
responsable por las relaciones
internacionales
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