Jorge Beinstein(**)
La paradoja del tercer milenio
naciente consiste en la presencia
simultánea del poder abrumador de
Occidente y su impotencia para
gobernar el imperio, la periferia
del mismo pero también sus áreas
centrales. Dos hechos recientes lo
ilustran: el empatanamiento de la
ocupación militar en Iraq (y en
Afganistan) y la explosión del
déficit fiscal y de la deuda pública
norteamericanos. En apariencia ambos
hechos serian superables, sin
embargo la profundización del
análisis nos lleva a la conclusión
de que estas dificultades expresan
una grave enfermedad o algo peor,
serían señales de un irresistible
proceso de decadencia,
manifestaciones de una senilidad muy
avanzada (1).
Irak
146 mil soldados estadounidenses
sumados a unos 16 mil británicos (y
unos pocos de otras nacionalidades)
no pueden controlar a un país de 25
millones de habitantes. La aventura
le está costando a Estados Unidos 4
mil millones de dolares mensuales, a
los que hay que agregar 1000
millones de dólares de gastos en
Afganistan, donde las fuerzas
occidentales controlan solo el
centro de la capital, Kabul, y unos
pocos puntos dispersos. Se sabe
ahora que Estados Unidos no puede
sostener a mediano plazo ese nivel
de presencia bélica y mucho menos
ampliarla. Sin embargo algunos
halcones consideran que las tropas
deberían llegar rápidamente a 250
mil, el diez por mil de la población
iraquí. Pero esa relación ya existe
en Bagdad (50 mil soldados contra 5
millones de habitantes) y la
situación sigue fuera de control
(2). Además colocar ese número de
hombres en Iraq significaría
desguarnecer zonas claves del mundo
donde Estados Unidos está presente e
inclusive su propio territorio
nacional. Pero a los 60 mil millones
de dólares anuales en erogaciones
estrictamente militares en
Afganistan e Iraq se suman los
llamados proyectos de reconstrucción
destinados a recomponer la
infraestructura destruida por los
bombardeos (electricidad, puertos,
etc). Necesarios no solo para la
explotación (estadounidense) de los
recursos petroleros del país sino
también para contener mínimamente a
una población masivamente sin
trabajo a causa de la destrucción
del estado nacional por parte de los
invasores (liquidación de empresas
estatales, de las fuerzas armadas,
del sistema público de subsidios a
los pobres, etc). Bush acaba de
solicitar 87 mil millones de dólares
adicionales al Congreso destinados
en su mayor parte a Iraq (51 mil
millones para gastos estrictamente
militares Iraq y 20 mil millones
para la reconstrucción) con lo que
el déficit fiscal y la deuda publica
continuarán su marcha expansiva. Y
seguramente seguirán aumentando los
gastos y envíos de soldados,
conformando un circulo vicioso de
represión y resistencia en el que se
va hundiendo la superpotencia. El
espectro de Vietnam alumbra el
camino hacia el desastre.
Se van así evaporando las
ilusiones imperiales de control
militar del Medio Oriente. Cuando en
Mayo de 2003 se completaba la
invasión, los halcones soñaban con
la próxima invasión de Siria e Irán
y la imposición de una de paz
imperial en Palestina (Sharon
mediante). También suponían que la
consolidación de sus posiciones en
Afganistan les abría el camino de
todo Asia Central, ahorcando a Rusia
y presionando a China, arrinconada
luego aún más a través de la
destrucción del régimen norcoreano.
Observaciones
De todo esto se desprenden algunas
observaciones.
Emerge de manera sorprendente la
improvisación demostrada por el
gobierno estadounidense. Atacó Iraq
sin una evaluación seria de la
posguerra. La carencia de una
estrategia integral de ocupación
está marcando graves fallas del
estado norteamericano, sus mandos
militares, su aparato de
inteligencia. A menos que Bush y sus
amigos se hayan tragado la
intoxicación mediática que ellos
propagaron anticipando que los
iraquíes recibirían como amigos
liberadores a quienes los venían
bombardeando desde hacia más de una
década. Esos errores no constituyen
hechos casuales, pasajeros, sino
deterioros muy profundos,
manifestaciones de degradación
intelectual en la cúpula dirigente
de la potencia que pretende reinar
sobre el planeta. El panorama de
Afganistan donde la guerrilla crece
día a día despierta reflexiones
similares.
Incluso la presunción de que Bush
esté ahora jugando a la libanización
de Iraq (para impedir su
vietnamizacion), alentando la guerra
entre shiitas y sunitas, apunta
también a señalar el alocado
aventurerismo de la administración
norteamericana (3).
Otro aspecto importante es la
evidencia de un fenómeno de
sobreextensión estratégica (4) que
va carcomiendo los fundamentos del
Imperio. Estados Unidos atacó
Afganistan e Iraq con el fin de
ganar a través del instrumento
militar (donde su superioridad a
nivel global es abrumadora) lo que
esta perdiendo o no puede obtener a
través de su declinante fuerza
económica. La necesidad de
sobrevivir como superpotencia
planetaria la empuja a hacia nuevas
guerras periféricas, pero al hacerlo
descubre que sus medios militares y
financieros son insuficientes. Peor
aún, esas aventuras le causan gastos
que acentúan su crisis, y los
beneficios obtenidos por la rapiña
no compensan las erogaciones
realizadas. Es la trampa
irresistible en la que cayeron
numerosos imperios del pasado (el
romano, el español...) en sus etapas
descendentes. El caso de Iraq es
casi un ejercicio de escuela: el
gobierno de Bush acaba de
pronosticar que en 2004 las
exportaciones de petróleo iraqui
llegarán a los 12 mil millones de
dólares, y a 20 mil millones anuales
en 2005 y en 2006 (5). Suponiendo
que pueda acaparar todo ese ingreso
(en ese caso no se sabe muy bien de
que viviría la población iraquí), el
mismo apenas representa en 2004 el
25 % de los gastos estrictamente
militares de ocupación.
También es necesario observar que
estas anexiones militares se
inscriben en un proceso mas amplio
de desintegración y exclusión de
vastas zonas periféricas en un
contexto global de hegemonía
financiera. Lo ocurrido con Europa
del Este en los años 90 fue un
primer antecedente. Las actuales
conquistas no instalan a los nuevos
protectorados en un supuesto orden
económico mundial, en una división
internacional del trabajo, como
ocurrió con el viejo colonialismo
anterior a la primera guerra
mundial. Más bien los convierte en
zonas grises, destruye los sistemas
existentes sin reemplazarlos por
otros. La hegemonía occidental ha
dejado de ser sinónimo de
integración al mercado mundial de
los pueblos pobres (aunque sea
perversa, injusta, portadora de
superexplotación) sino de
marginalización. Esto es un síntoma
claro de decadencia.
Otra observación de peso es que
Estados Unidos se ha encontrado en
Bagdad con una población moderna,
con identidad, poco dispuesta a
dejarse tiranizar por los ocupantes.
Es que a lo largo del siglo XX se
desarrollaron en la periferia
estados nacionales y tejidos urbanos
complejos y muy extendidos.
Industrias, universidades,
sindicatos, medios de comunicación.
Se produjeron revoluciones y
reformas nacionalistas y socialistas
que, más allá de sus fracasos,
dejaron una inédita herencia
civilizacional que los
norteamericanos han subestimado. El
soldado ocupante no se encuentra con
una población infinitamente inferior
desde el punto de vista técnico,
sino con una realidad social
incorporada en amplias proporciones
a la modernidad burguesa,
subdesarrollada pero no abismalmente
atrasada. La masa informe de seres
primitivos que Bush pensaba
domesticar solo existe en su
imaginación. Es la periferia del
siglo XXI. El planeta es hoy
demasiado sofisticado, demasiado
grande y complejo para las
simplificaciones coloniales del
siglo XIX. El viejo Occidente
occidentalizó (aburguesó) al planeta
y su victoria cultural se le vuelve
ahora en contra.
Raíces del militarismo
Cabe una última observación referida
a las raíces de la la actual euforia
militarista norteamericana.
Podíamos destacar tres factores,
su mención no agota la lista pero
son significativos:
1. El complejo militar-industrial
producto de la segunda guerra
mundial y de la guerra fría, que se
fue convirtiendo en un factor
esencial de la reproducción del
capitalismo norteamericano. Los
gastos bélicos aliviaron sus crisis
y constituyeron el centro de sus
revoluciones tecnológicas. En torno
a dicho sistema creció una
intrincada trama de estructuras
científicas, industriales,
burocráticas, políticas, financieras.
La exageración de la amenaza
soviética constituyó su legitimación
esencial durante casi medio siglo.
Al derrumbarse la URSS numerosos
analistas políticos pronosticaron la
extinción gradual del complejo, su
reconversión hacia la producción
civil. Pero ello era imposible, la
economía norteamericana acosada por
una aguda crisis de sobreproducción
no estaba en condiciones de soportar
la desaparición de esa muleta
esencial. Habría significado atacar
intereses que ocupaban posiciones
decisivas en el sistema de poder,
con suficiente peso propio como para
bloquear cualquier tentativa en su
contra. Por consiguiente la
expansión continuó después del fin
de la guerra fría. La rigidez
estructural de la esfera militar,
una de las causas del fracaso
soviético, también opera como
catalizador de la decadencia en el
caso norteamericano. Constituye por
otra parte el aliado natural tanto
del autoritarismo interno como de
los grupos de rapiña internacional
que necesitan a menudo de la
coacción armada para controlar
negocios (por ejemplo, el grupo
petrolero).
2. La declinación de la economía
norteamericana amortiguada a lo
largo de los 90 gracias a la
hipertrofia financiera que absorbía
e incrementaba fondos bloqueados en
el área productiva. Ese auge
motorizó el consumo (la especulación
bursátil involucra actualmente a mas
del 50 % de la población) impulsando
altas tasas de crecimiento del
Producto Bruto Interno. La euforia
especulativa redujo a cero los
ahorros personales e infló las
deudas familiares, empresarias y
estatales. Eso no podía durar mucho.
Hacia el 2000 la burbuja comenzó a
desinflarse, se sucedieron los
escándalos financieros y finalmente
se desplomó la bolsa. En 2001 empezó
la recesión que se ha instalado para
durar mucho tiempo. El
norteamericano medio estafado por la
manipulación bursátil sufre ahora un
efecto pobreza que enfría el consumo
ahogando al mercado interno y
achicando los beneficios empresarios.
En consecuencia la salida
imperialista se pone a la orden del
día. Saquear recursos naturales y
mercados en la periferia, desplazar
a los rivales europeos y asiáticos
aparecen como opciones lógicas para
los grandes grupos económicos. El
petróleo ocupa un lugar destacado en
esta historia aunque sería demasiado
simplista atribuirle todo el mérito.
Es cierto que el control de los
yacimientos del Medio Oriente y de
la Cuenca del Mar Caspio, permitiría
dominar el grueso de los recursos de
petroleo y gas del mundo. Pero Corea
del Norte carece de petróleo,
agredirla significa desestabilizar
el Extremo Oriente e impedir que
China y sus potenciales socios, en
primer lugar Japón, constituyan un
espacio independiente de los Estados
Unidos. En ambos casos y también en
el de América Latina aparece la
necesidad de controlar mercados y
recursos desplazando a los rivales
europeos y asiáticos.
De todos modos la guerra impone a
los Estados Unidos efectos
económicos negativos que no podrán
ser compensados con algunas
victorias bélicas.
3. La creciente irracionalidad del
sistema de poder en los Estados
Unidos. El fenómeno puede ser
comprendido insertándolo en el
proceso más amplio de
financierización de la economía
norteamericana, que dio un salto
decisivo en los 90 produciendo
cambios sustanciales en todos los
ámbitos de la vida social.
Impregnando, subordinando, a todos
los negocios, incluidas las empresas
productoras de armas. Y se expresó
en el predominio del inmediatismo
especulativo, la eliminación de casi
todas las reglas de juego, el
distanciamiento cultural entre las
elites superiores y la esfera
productiva. La corriente arrastró al
estado y sus dirigentes políticos.
El Poder quedó prisionero del
gigantismo que le otorgaba la
superconcentración financiera,
favorecido por el derrumbe de la
URSS que mostró a los Estados Unidos
como la única superpotencia
planetaria. Además el colapso
soviético dejó al aparato
militar-industrial sin legitimación
externa. En ese nuevo contexto el
Imperio utilizó excusas
circunstanciales para seguir
avanzando, como la primera Guerra
del Golfo y la de Yugoslavia. Pero
se trataba de enemigos
insignificantes. La tensión entre la
pequeña realidad y la búsqueda
enfermiza de adversarios de gran
talla fue generando negadelirios que
empezaron a tomar cuerpo alrededor
del 11 de septiembre de 2001. No
debe pensarse que la guerra infinita
contra el terrorismo fue un puro
invento del lobby militar y su
compadre petrolero, sino la
resultante de necesidades profundas
de la cúpula del capitalismo
norteamericano, desbordante de
autoritarismo y voluntad de rapiña,
más allá de las conspiraciones
mafiosas propias de ese sistema de
poder. Frente a ello se acentuó el
proceso de desintegración y
degradación la base social que
empiezó a ser vista por los de
arriba como una suerte de “otro
mundo”, inferior, muy lejano. El
número de presos (dos millones hoy)
creciendo exponencialmente, más de
treinta millones de consumidores de
drogas, el aumento de la pobreza, de
la precariedad laboral (y ahora la
desocupación abierta) y la fuerte
concentración de ingresos; componen
el panorama popular de Estados
Unidos.
Dicha realidad facilitó la
hegemonía en el sistema de poder de
una subcultura muy abstracta y
agresiva, muy (demasiado) por encima
del mundo. La posesión de
instrumentos militares
sobredimensionados remachó la trampa
psicológica.
Deuda y déficit
El segundo gran tema de actualidad
es el de la explosión del déficit
fiscal norteamericano detonado por
la reducción impositiva de las
grandes empresas y fortunas y el
aumento de los gastos militares
realizados por la administración
Bush. Cuyo telón de fondo es el fin
de la prosperidad de los 90 y el
enfriamiento del consumo, las
inversiones y el crecimiento de la
economía.
Clinton abandonó la presidencia
con superávit fiscal pero al llegar
Bush apareció un déficit creciente
que superó los 400 mil millones de
dólares en el último período
presupuestario y que muy
probablemente estará por encima de
los 500 mil millones en el próximo.
Ello está provocando una colosal
expansión de la deuda pública, ya
muy alta en los 90 y creciendo
lentamente hasta que se aceleró
durante el gobierno republicano. La
deuda se situaba en los 5,4 billones
de dólares a fines de 1997, ascendió
un año más tarde a 5,5 billonnes y
en diciembre del 2000 llegaba a 5,6
millones, pero al finalizar 2001
estaba en 5,8 billones, en 6,2
billones en diciembre de 2002 y
nueve meses más tarde superaba los
6,8 billones de dólares, equivalente
a un 70 % del Producto Bruto Interno
norteamericano (6). La suma de las
deudas de las empresas, la
administración pública y los
particulares representa hoy mas del
triple del Producto Bruto Interno. A
ello se agrega la expansión del
déficit del comercio exterior que
pasó de 357 mil millones de dólares
en 2001 a 418 mil millones en 2002 y
que según los pronósticos mas
moderados superaría los 500 mil
millones de dólares en 2003. Esta
explosiva situación comercial y
financiera, la degradación bursátil,
el enfriamiento de las expectativas
de consumo e inversión, los
escándalos y sobreendeudamientos
empresarios y otros elementos de
malestar económico, convergen con el
empantanamiento militar en
Afganistan e Iraq para desembocar en
un panorama general de crisis. Una
corrida mundial contra el dólar o de
venta de títulos públicos
norteamericanos han dejado de formar
parte de las ficciones futuristas
para constituir componentes
realistas de escenarios futuros.
Algún desajuste grave propio de la
dinámica de la recesión global o un
desastre militar estadounidense en
Iraq, Afganistan u otro lugar
podrían ser el detonador.
Ello ocurre mientras los otros
dos polos del capitalismo global se
encuentran en recesión. Japón se
halla estancado desde hace más de
una década. Alemania sobrevivió en
los 90 gracias al pillaje del este
europeo, a la prosperidad de Estados
Unidos y de algunos paraísos
efímeros de la periferia. Pero esos
estimulantes externos se fueron
apagando uno tras otro y ahora el
motor de la Unión Europea ha
ingresado a la era del crecimiento
cero, que según la mayoría expertos
alemanes se prolongará durante
muchos años.
A nivel mundial no aparece ningún
polo dinamizador importante capaz de
reinstalar la expansión. Mientras el
cáncer financiero sigue su obra
destructiva alimentándose de la
decadencia general.
El pasado
Una mirada al pasado reciente nos
muestra como en los tres últimos
años Estados Unidos empezó a
declinar cuando se fue desinflando
la burbuja financiera arrastrando
hacia abajo a las inversiones y las
expectativas de consumo, en una
sociedad aplastada por las deudas.
La solución-Bush a la crisis: guerra
y reducción de impuestos a los
ricos, agravó la situación. La
industria militar supertecnificada
crea pocos empleos, su efecto
multiplicardor es bajo. El Estado
bloqueado por las reducciones
fiscales entró en una vorágine de
endeudamiento que va tocando techo,
aproximándolo al pantano financiero.
Pero si miramos hacia los
gloriosos-años-90 concluiremos que
la prosperidad indefinida que nos
pintaban los neoliberales cobijaba
las componentes esenciales del
desastre que ahora se avecina. En
primer lugar la especulación
financiera (bursátil, inmobiliaria...)
y a partir de ella la locura
consumista haciendo desaparecer el
ahorro de las familias que abusaron
del crédito ilusionadas con la suba
de la bolsa y otras colocaciones
especulativas. Por otra parte las
empresas sobreinvertían porque el
mercado bursátil y la especulación
en general les ofrecían dinero
barato en cantidades infinitas. El
conjunto del capitalismo global fue
victima de la financierización
aunque creyó que era su tabla de
salvación, la llamó globalización y
le otorgó el carácter de nueva etapa
de la civilización burguesa. La
adornó con objetos tecnológicos
llamativos y jóvenes empresarios,
deportistas y actores exitosos.
Pero la avalancha financiera no
era sino el resultado de una larga
crisis de sobreproducción crónica,
desde el inicio de los años 70,
amortiguada pero nunca resuelta, que
se traducía entre otros hechos
signficativos en la caida tendencial
a largo plazo de la tasas de
crecimiento en los países ricos y
por consiguiente de la demanda
mundial. La expansión del
endeudamiento pú blico en esas
naciones y el desenfreno tecnológico
de las grandes empresas para
conquistar mercados cada vez más
duros. Lo que encareció más y más la
innovaciones, achicando rapidamente
su vida útil (competitiva).
Así fue como las visiones de Lenin y
Bujarin acerca de un capitalismo
devenido financiero y en
consecuencia decadente terminaron
por asumir perfiles dramáticos algo
más de un siglo después de que el
fenómeno emergiera.
La implosión
El futuro no ofrece un solo camino,
existen varios escenarios posibles.
Uno de ellos era innombrable hasta
hace muy poco. Consiste en llevar
hasta el extremo las tendencias
desestructuradoras del capitalismo
desarrollado (con centro en Estados
Unidos) motorizadas por la
hipertrofia financiera, a la que se
agrega desde hace poco la
sobreextensión estratégica
militarista del Imperio. Es un
fenómeno complejo que abarca redes
mafiosas ascendentes, sistemas
políticos tradicionales en los
países ricos en crisis de
representatividad, cooptados por las
elites de los negocios
especulativos, grandes aparatos
estatales donde se van multiplicando
los focos de alta irracionalidad.
Frente a este mundo opulento inmerso
en el parasitismo se extiende una
periferia en rápida descomposición
donde pululan las lumpeburguesías
locales combinadas con restos de
estados inviables y otros en camino
de serlo. Y por debajo millones de
pobres y marginales urbanos y masas
rurales indigentes.
Es posible pensar en escenarios
como el de 1929, de explosión
financiera, o el de 1973-74 de
explosión de precios, ambos con
consecuencias recesivas. Pero
también podríamos imaginar otro
escenario, con cierto parecido a lo
ocurrido en la ex URSS a comienzos
de los años 90. Y a un Japón que
cuando empezó a enfriarse en esa
misma época no hubiera podido
encontrar el amortiguador de la
prosperidad de los ex tigres
asiáticos y de los Estados Unidos.
Precisamente Estados Unidos no tiene
amortiguador a la vista sino mas
bien otras potencias que podrían
entrar en interacción negativa con
su crisis. En ese caso la implosión
norteamericana pasa a ser uno de los
horizontes probables de los próximos
años. Y desde ella el desorden
generalizado en el centro del
capitalismo global.
Las almas conservadoras no
quieren seguramente ni pensar en esa
posibilidad, ni siquiera como una
alternativa remota. Les aterra verse
sumergidas en una era de grandes
derrumbes, revoluciones y
contrarrevoluciones, es decir en la
historia concreta. Prefieren seguir
aferradas al mundo de ayer.
Obviamente otros escenarios son
posibles. Uno de ellos derivado de
la tentativa de bloqueo de la locura
militarista por parte de una
fracción decisiva del sistema de
poder norteamericano. El desastre
afgano-iraquí y su interacción
perversa con la recesión podrían
llevar a grupos económicos y
políticos importantes a liquidar la
fuga hacia adelante de Bush y sus
halcones. Pero aún si ello es
logrado en un futuro no muy lejano,
es extremadamente difícil que dicha
iniciativa consiga superar las
causas profundas de la crisis de
sobreproducción crónica y en
consecuencia de la decadencia del
conjunto del capitalismo
estadounidense. Sería en el mejor de
los casos, como lo vienen señalando
diversos autores la entrada en una
etapa de declinación relativamente
ordenada sacudida por algunas
turbulencias pasajeras con largos
estancamientos, crecimientos débiles
y luego persistentes caídas de
variada dimensión.
Notas
(1) Jorge Beinstein, Capítalismo
Senil, ediciones Record, Brasil,
2001
(2) Daniel Smith, Iraq: el Imperio
en el tembladeral, Enfoques
Alternativos, numero 16, Julio 2003,
páginas15 a 17.
(3) J.J. Johnson, Iraq: Who's
Bombing Who?, The Sierra Times (www.sierratimes.com).
(4) Paul Kennedy, Auge y caída de
las grandes potencias, Plaza &James,
Barcelona, 1989.
(5) Congreso de EE.UU. debate fondos
adicionales pedidos por Bush para
guerra, CNN en Español, 9 de
septiembre de 2003.
(6) USA Bureau of the Public Debt,
www.publicdebt.treas.gov
(*) Intervenção no Seminário “A
nova realidade internacional sob o
primado dos EUA”, promovido pela
Secretaria de Relações
Internacionais e Instituto Maurício
Grabois. Brasília 25 e 26/09/2003.
(**) Economista argentino. Diretor
do jornal Enfoques Alternativos.
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