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Brasil, sábado, 11 de outubro de 2008
abril 24, 2004
El mundo bajo el dominio del imperio de la guerra

José Reinaldo Carvalho (*)

Intervención de José Reinaldo Carvalho, vicepresidente del PC del Brasil y secretario de Relaciones Internacionales, en la reunión del Comité Central, el 24.04.2004

Vivimos en un mundo peligrosamente dominado por un imperio insano, una super-potencia que decidió declarar guerra a los pueblos para asegurar su hegemonía. Transcurre una época cruenta, caótica, caracterizada por una sucesión de trastornos, caos y amenazas a la seguridad y a la paz. La supervivencia de la humanidad se encuentra amenazada. No sabemos si en alguna otra época precedente el género humano ya vivió crisis como la que estamos presenciando.

Ha sido considerable la elaboración de nuestro partido sobre la temática internacional y más específicamente sobre la crisis del capitalismo y sus consecuentes desdoblamientos en las relaciones internacionales. Los marcos referenciales más recientes de nuestra elaboración sobre el tema se encuentran en las resoluciones del décimo congreso, del 2001, y en los trabajos presentados en el seminario organizado por el Comité Central en septiembre del pasado año. Forzosamente volveremos a abordar el conjunto de la situación mundial con el mismo rigor y profundidad, en breve, cuando se inicien las labores del próximo Congreso. Nuestro objetivo en este texto se centra en una breve actualización del cuadro en evolución, puntualizar las tareas inmediatas del Partido en el plano internacional e iluminar la situación de fondo sobre la cual se desarrolla nuestro empeño cotidiano por la creación en Brasil de un poder nacional democrático y popular, además de puntualizar los peligros que amenazan nuestra soberanía e independencia.

Será en vano pretender avanzar en el análisis de los cambios en Brasil sin tener en debida consideración el entorno global, como también seria sin sentido afrontar los problemas internacionales como si se tratasen de abstracciones desvinculadas de las luchas y tareas inmediatas de nuestro pueblo.

Camaradas, hace13 meses caía el último baluarte de lo que hasta entonces era una sorprendentemente frágil resistencia iraquí a las tropas agresoras norte-americanas y se desmoronaba el régimen de Saddam Hussein. La imagen grotesca de un puñado de “populares” – era posible contarlos con los dedos aún en una pantalla de pequeñas dimensiones – derribando la estatua del presidente depuesto, conocida en el mundo como símbolo de la “liberación nacional” de Irak. Algunos meses después la prisión de Saddam en un túnel subterráneo divulgada en imágenes repetidas hasta la náusea por los medios de comunicación, era festejada como la consolidación suprema del triunfo americano, el sello de garantía de la reelección de Bush y el punto culminante de su misión sanadora en Irak. Faltaría solamente la democratización del país, a través de elecciones, la “entrega del poder” a los iraquíes y la constitución del “gobierno” local. Cuatro meses después, respondiendo a una aguda crítica del senador demócrata Ted Kennedy, para el cual Irak se transformó en el nuevo Vietnam de los Estados Unidos, el secretario de Estado Colin Powell lo llamó de antipatriótico, porque...

“estamos en guerra”. Sin quererlo el secretario del gobierno Bush confesaba una de entre muchas deliberadas mentiras que sirvieron y sirven para encubrir el comportamiento político de la actual administración norte-americana, como la mentira de que sus tropas estaban siendo recibidas como liberadoras, de que primero con la caída, después con la captura de Saddam, Irak se pacificaba y caminaba para la democratización. Entonces los mayorales del gobierno imperialista son obligados a confesar, un año después de la proclamada victoria: “estamos en guerra”.

Nosotros, que siempre nos opusimos a esta guerra criminal y sucia, vamos más allá de la simples constatación para afirmar que no sólo están en guerra, guerra contra el pueblo, guerra por el saqueo de riquezas, en este caso el petróleo, guerra por posiciones estratégicas, teniendo en vista el conjunto del Oriente Medio y de Asia Central y Oriental, guerra por el dominio del mundo, guerra para enfrentar los problemas decurrentes de su agonía lenta como potencia imperialista, para intentar huir de sus inatacables fragilidades estructurales, como también están siendo derrotados en esta guerra.

Esta es la gran novedad de la actual coyuntura internacional y este es el punto que me gustaría someter a la apreciación de los camaradas, no a una apreciación apresurada, no como algo que merezca una aceptación pasiva, pero también no como algo a ser previamente refutado.

Es necesario interpretar esta señal de la situación internacional como un indicio de que se inicia una nueva fase en la existencia del imperialismo, pues la percepción de la derrota hace con que se torne inevitablemente más agresivo, infinitamente más agresivo. Siendo esto verdad, tendrá repercusiones relevantes en la estrategia y en la táctica de la lucha antiimperialista.

Bajo cualquier ángulo de análisis, no hay como negar: la estrategia imperialista norte-americana en Irak fracasó, como también está fracasando —pocos hablan de ello— en Afganistán. La colosal concentración de tropas, el empleo masivo de la aviación y de armas modernas fueron suficientes para cumplir la primera etapa de la batalla, derrumbar el régimen de Saddam. En su momento, embriagados con la victoria, los apologistas del imperialismo se burlaron de los que erróneamente previeron que la ocupación de Bagdad se asemejaría a la batalla de Stalingrado y apostaban por una conclusión diferente. Mirando las cosas con serenidad y alejamiento, hoy sabemos que es imposible una Stalingrado, como metáfora de resistencia prolongada en aquel escenario de batalla. Sin embargo, es muy diversa la situación a un año de terminada la agresión.

La Resistencia no sólo ocurrió, como se impuso. El Pentágono contabiliza casi un millar de muertos y millares de heridos en sus filas. Es casi nada cuando comparamos con las decenas de millares de iraquíes, incluyendo civiles, que el ejército americano asesinó, pero son pérdidas pesadas cuando se trata de un ejército “vencedor” y llevando en cuenta que durante la guerra de marzo-abril del 2003 murieron solamente poco más de una centena de americanos. Desde el 9 de abril del pasado año, cuando cayó la última fortaleza de Saddam, no ha pasado ni un solo día sin que comandos y tropas norte-americanos fuesen atacados y sin que los colaboracionistas pagasen el precio por la traición a la patria. El llamado Consejo de Gobierno, un conglomerado de títeres escogidos a dedo por la Administración colonial, es odiado por los patriotas e ignorado por la población. Simplemente sus instituciones no funcionan, además son blanco de ataques, principalmente la policía. Los efectos de la Resistencia sobre la soldadesca americana y de la llamada coalición son devastadores. Más de un millar de soldados y oficiales ya recibieron tratamiento psiquiátrico, el número de suicidios se elevó a más de 30 y decenas de desmovilizados que retornaron a sus casas asesinaron a sus mujeres e hijos. El Pentágono toma medidas para sustituir integralmente hasta fines de mayo los 110 mil soldados que constituían el ejército en la época en que el régimen de Saddam fue derrumbado.

Todo esto ocurre a pesar de que el ejército invasor esté cometiendo crímenes y todo tipo de violaciones de los derechos humanos y de las convenciones de guerra, atacando a la población civil y torturando prisioneros. El Ejército de ocupación bombardeó con mísiles varias ciudades iraquíes – Sadr, Adamiya, Fallujah, Shula, Najaf y otras. En estas ciudades, como en todo Irak se instaló una inimaginable resistencia. El escenario de las dos semanas anteriores estaba caracterizado por una generalizada insurrección popular, que ganó fuerza y amplitud y reveló el heroísmo de las masas populares en lucha, como es común que ocurra en situaciones semejantes.

No se trata de terrorismo, como intenta divulgar los medios de comunicación a servicio de la Casa Blanca. Por más que el ser humano reaccione con repugnancia ante las imágenes de los cuerpos carbonizados de soldados y oficiales de los ejércitos de ocupación, es necesario tener valentía y frialdad para decir, como lo dijo el escritor paquistaní Tarik Ali, autor de “Bush en Babilonia: la Recolonización de Irak”, que no se puede esperar una resistencia bella a una ocupación fea, a menos que se pretenda vivir en un escenario de una película de Hollyhood o de una comedia italiana.

En este momento lo más importante para Irak es la lucha contra la ocupación. El tema preponderante en diversos sectores de la población es el anhelo a restaurar la soberanía del país. Anhelo que se está materializando a través de los actores más diversos y del empleo de múltiples formas de lucha que van desde la resistencia pasiva, pasando por las protestas de masas hasta las osadas acciones de guerrilla urbana y rural y el levantamiento de ciudades y regiones enteras como ahora ocurre. En lo que atañe a las fuerzas políticas involucradas en la resistencia, el periodista francés Patrick Theuret, editor de la revista Correspondencias Internacionales, menciona a 15 grupos de diferentes tipos y orientaciones, entre ellos hay organizaciones laicas y religiosas, está el Partido Baath, hay varias fuerzas nacionalistas, y corrientes comunistas que se oponen a la posición colaboracionista adoptada por el partido comunista. Una resistencia tan diversa tendrá en su seno hasta fuerzas retrógradas y anticomunistas, como algunas corrientes del sunismo y del chiísmo. Sin embargo no podemos cometer el error de analizar la resistencia iraquí según patrones preestablecidos o tratando de que se repita experiencias históricas vividas en otros momentos y latitudes. Lo mismo ocurre en Afganistán, donde la resistencia antiimperialista aglutina fuerzas desde los talibanes hasta los comunistas. No se espere tampoco que surja, tan hermosa como Ateneas de la cabeza de Zeus, una plataforma de unión nacional con puntos bien formados y objetivos estratégicos claramente definidos. Por ahora esperemos de la resistencia iraquí solamente lo que ella es: una reacción legítima al ocupante. Y saludemos los avances que ya logró en términos de unidad de acción, como también a sus éxitos en el campo de batalla.

Apoyarla es nuestro deber fundamental, como partido comunista revolucionario, como frente político de centro-izquierda en formación y como gobierno progresista de coalición de fuerzas democráticas y nacionales. Las indispensables buenas relaciones que nuestro país necesita cultivar con todos los países del orbe incluyendo a los Estados Unidos no son incompatibles con una serena y firme posición de nuestra diplomacia en los organismos internacionales contra la detestable ocupación de un país imperialista sobre otro. Y nos preparemos como analistas de la situación mundial y militantes de la causa antiimperialista para inscribir por mucho tiempo en nuestra agenda, la lucha contra la ocupación de Irak. Puede que dure décadas. Hace 50 años que Palestina se encuentra martirizada bajo el puño de hierro asesino de los sionistas israelíes y frustrados “planes de paz”, y a pesar de las reiteradas resoluciones de la ONU, mandando a Israel a que se retire para sus fronteras, la situación palestina sólo empeora, con su pueblo hoy amenazado de exterminio. Vietnam necesitó de 15 años para vencer en la guerra de liberación nacional contra el imperialismo norte-americano. De cuanto tiempo necesitará Irak, no lo sabemos. Sin embargo para nosotros está claro que en el mundo de hoy es imposible que una potencia agresora se mantenga incólume ejerciendo un régimen de ocupación, por más fuerte que sea.

El gobierno Bush se encuentra ahora ocupado en organizar el gobierno títere local. Necesita desesperadamente detener la resistencia y borrar la cuestión iraquí de la agenda electoral. Hay una profusión de arreglos institucionales y de maquinaciones para escenificar la participación, de cierto no desinteresada, de la “comunidad internacional” en la “transición” iraquí. No han faltado amistosos colaboradores que ahora cínicamente preconizan un “nuevo papel” para la ONU. Pero hay algunas cuestiones esenciales sobre las cuales no nos podemos permitir equívocos. La constitución iraquí es una farsa, el gobierno local será un gobierno títere, su soberanía será letra muerta, por lo tanto actuará bajo la tutela norte-americana y de la ocupación militar. No merecerá reconocimiento internacional. Los Estados Unidos no hicieron la guerra para nada. No fue simplemente, como proclaman en deliberada mentira, para alejar del poder un dictador, ni para destruir el arsenal de armas de destrucción masiva. Si la Comunidad Internacional actuara, los Estados Unidos tendrían que ser sancionados, pues, fueron organismos oficiales del sistema de las Naciones Unidas quienes atestiguaron la inexistencia de tales armas en Irak. Bush fue a la guerra con el objetivo estratégico de reforzar la presencia militar estadounidense en la región del Golfo Arábico-Pérsico y Oriente Medio, donde se encuentran dos tercios de las reservas petrolíferas mundiales y para conquistar más terreno en su lucha por el dominio absoluto del mundo. No es para pacificar, democratizar o para defender soberanías que los Estados Unidos consignaron para el ejercicio del 2003-2004 la colosal cifra de 500 billones de dólares para gastos militares, más que un PIB brasileño, o la misma suma que gasta en armamentos y ejército el resto del mundo.

Fueron falsas las expectativas de que la guerra en el Golfo traería paz y seguridad al mundo. Un año después, el mundo es un lugar más inseguro y la guerra estimuló más el terrorismo, lejos de combatirlo o neutralizarlo. Fue simplemente otra mentira de Bush.

Estos hechos están relacionados con la opción de la Casa Blanca de poner la guerra en el centro de su actividad internacional, eliminando en la práctica la diplomacia. Nuestro análisis tiene que considerar esta cuestión como esencial para la comprensión del conjunto de la situación. Se trata de una tendencia que se está delineando desde la llamada era Reagan, en los años 80, que se expresó de forma diversa en los años 90 (primero con la guerra del Golfo, y con las guerras de Somalia, Bosnia y Kosovo) y se plasmó definitivamente con la ascensión al poder del grupo ultra-conservador de Bush-Cheney-Wolwowitz. Es importante que esta tendencia sea vencida en las elecciones de este año, pues la reelección de Bush le dará crédito para dar nuevos pasos en la aplicación de semejante estrategia. El telón de fondo de esta tendencia es el surgimiento del mundo unipolar, la llamada novísima orden, que sucede a la que rigió después de la segunda gran guerra, marcada por la guerra fría y por la división del mundo en esferas de influencia de la URSS y de los EUA. Pero estos fenómenos están conectados también a lo que se puede llamar de paradoja de nuestra era. Es que el momento más vertiginoso del ejercicio de la supremacía norte-americana, la época en que parece natural la sensación del poder absoluto, porque en realidad los EEUU reinan solos y es colosal su fuerza, corresponde también al momento de exhibición de su fragilidad estructural y de su descenso histórico. No seré tan optimista como el filósofo y historiador británico Eric Hobsbawm, uno de los más importantes de su tiempo, para el cual no la nuestra, pero la próxima generación verá el derrumbe de este imperio, no obstante seré enfático al insistir y resaltar las evidencias de tal descenso. La doctrina actual de la Casa Blanca y la agresividad con que se comporta el imperialismo son consecuencias de la urgencia que tiene de encontrar una respuesta a su descenso estructural. El grandioso déficit en las cuentas externas americanas, la caída continuada y acentuada del dólar, la pérdida relativa de terreno de la economía americana en comparación con las de sus competidores y la hoy admitida ( sin autocrítica de los que defendían hasta hace muy poco otro punto de vista) imposibilidad de que espontáneamente el mundo financie el déficit americano y la manutención de la supremacía del dólar son las manifestaciones aparentes del fenómeno que debemos estudiar con espíritu reflexivo y agudo, pues solamente de la amplia comprensión de este fenómeno será posible extraer adecuadas conclusiones políticas y iluminar nuestra estrategia.

El ambiente de instabilidad que tiene por centro al Oriente Medio se complica aún más con el desvío de la violencia que marca la acción del gobierno israelí de Ariel Sharon. En el centro de su estrategia, que cuenta con el beneplácito explícito de Washington, está el exterminio del pueblo palestino, para lo que es necesario cumplir la etapa del aniquilamiento de la Autoridad Nacional Palestina, del frente Arafat, y de los principales líderes políticos, militares y religiosos de la resistencia palestina.

De todo lo que fue dicho hasta aquí, extraemos la conclusión de que forma parte de la orden del día de la actividad política internacional de nuestro Partido y del movimiento progresista en Brasil la lucha por la paz y contra la ocupación imperialista en el Oriente Medio, por lo que se debe entender a Irak, a Afganistán y a Palestina, cada cual con su especificidad. Lo que no se refiere sencillamente de hipotecar solidariedad ( lo que ya es gran cosa) pero de planear una lucha estratégica y de largo plazo. Realmente diría que la lucha por la paz y contra la política de guerra y de ocupación imperialista estará en el centro de nuestra actividad, probablemente, durante décadas.

Esta lucha es inseparable de la que defiende un nuevo orden internacional, un nuevo sistema internacional, basado en el multi-lateralismo, en el rediseño y en el cambio de carácter y forma de los organismos internacionales.

Debemos destacar como característica sobresaliente de la referida situación internacional, el aislamiento de las posiciones norte-americanas y la derrota de la política de los autores y defensores de la guerra. Nunca como ahora el imperialismo norte-americano sofrió un aislamiento diplomático y político tan grande. La negación de Alemania, Rusia, Francia y China de apoyar la decisión norte-americana de ir a la guerra dejó profundas marcas en las relaciones entre las potencias. Como también deja y dejará marcas la derrota sufrida por el gobierno derechista español, de José Maria Aznar, una de las más grandes pérdidas del imperialismo en Europa. La decisión del nuevo presidente del gobierno español, José Luis Zapatero, de retirar sus soldados de Irak es una conquista del movimiento anti-guerrerista y de la lucha democrática del pueblo español y en toda Europa. También son testigos de la derrota americana, el abandono de la coalición agresora después de la decisión del nuevo gobierno de España.

Aún es temprano para detectar la manifestación de una nueva tendencia política en Europa, pero quizás la derrota de la derecha en España pueda ser el comienzo de un largo proceso de reverso de la correlación de fuerzas en el viejo continente, que puede ayudar a vencer a los gobiernos pro-americanos de Blair, Berlusconi, Durão Barroso entre otros. Por motivos distintos, después de España, fue posible distinguirse en Francia fuertes señales de retoma de posiciones democráticas, en las elecciones regionales, en cual la centro-derecha fue duramente castigada en las urnas en consecuencia de la política anti-social y anti-proletaria que ejecuta, consubstanciada en reformas de corte neoliberal en los sistemas legales de seguridad social y laboral. Mostrando que aún teniendo una política externa aprobada por la mayor parte de los franceses y aún siendo reciente el apoyo recibido por Chirac en el embate con la extrema derecha, cuando es esclarecido, el electorado no perdona gobiernos conservadores en las áreas económicas y sociales. Por lo menos ha sido así en Europa, cuando los derechos de los trabajadores son atacados por el neoliberalismo. Ha sido de este modo también en América Latina, donde aún suena con fuerza el estrépito de la deposición de Fernando de La Rua.

Otro aspecto saliente de la situación mundial es la nueva lucha de los países en desarrollo contra el proteccionismo de los países ricos y por un nuevo orden económico mundial, que tuvo como expresión destacada la reunión de la OMC en Cancún y los embates en ésta conducidos por Brasil y en la que participaron también China y India y resultaron en la formación del G-20. En una escenario económico marcado por dificultades generalizadas y por el fracaso del neoliberalismo, esta lucha tiende a marcar el contexto mundial por mucho tiempo. Tendrá muchos desdoblamientos, altos y bajos. Pongamos atención a la próxima reunión de la UNCTAD y del G-77 que se realizarán brevemente en São Paulo, en el mes de junio.

Acerquémonos rápidamente al cuadro en evolución en América Latina, donde fue más evidente el fracaso del modelo neoliberal, de lo que son contundentes ejemplos Argentina, México y Brasil. La insistencia en las políticas ortodoxas puede conducir a la ruina a los países que las adoptan siendo preocupante que nuestro país, con gobierno políticamente progresista, aún permanezca con la misma orientación que llevó a Argentina a hundirse.

Reflejo de esta situación de fondo, responsable por una crisis social sin precedentes, América Latina ha sido en los primeros años de este siglo escenario de grandes luchas, en las cuales se prenuncian importantes cambios. Aquí confluyen hacia el mismo lugar, luchas pacíficas de masas, embates electorales, protestas espontáneas, insurrecciones y hasta una guerra civil, como la de Colombia. De este ambiente surgieron gobiernos progresistas, como el de Lula, Chávez y el nuevo gobierno de Argentina, encabezado por Néstor Kirchner que aunque haya salido del mismo sistema político-partidario dominante, ofrece cierta resistencia a las orientaciones neoliberales.

Con sus atenciones y fuerzas concentradas en las guerras de ocupación de Oriente Medio y Asia Central el imperialismo norte-americano no tiene dedicado la misma atención de otros tiempos al sub-continente latino-americano. Por lo menos fue lo que afirmó el secretario de Estado Colin Powell de que AL (América Latina) en el momento no es prioridad de la política exterior de EE.UU. Pero no hay como ocultar el hecho de que AL hace parte de los planes estratégicos permanentes del imperialismo norte-americano por razones obvias. En el centro de su atención en el momento están el combate a la Revolución Cubana, la desestabilización, a través de ingerencias golpistas, del gobierno bolivariano de Hugo Chávez, ―que hasta ahora han fracasado― el aplastamiento de la lucha guerrillera en Colombia, la imposición del ALCA como instrumento neocolonialista y la neutralización de Brasil y de Argentina como polos potenciales de resistencia política y económica a las políticas neoliberales. La presencia de tropas en Haití indica que los EE.UU. no dispensan poca atención a América Latina.

Nuestras tareas concernientes a América Latina consisten en mantener la solidariedad con Cuba y con Venezuela, apoyar los esfuerzos de la diplomacia brasileña para consolidar el MERCOSUL y integrar el sub-continente suramericano y el decidido combate al plan neocolonialista del ALCA. Es un sofisma suponer que para acceder al mercado norte-americano será necesario firmar el ALCA. Brasil no debe firmar el acuerdo.

Comprendemos la posición de nuestro gobierno y apoyamos todas las maniobras para postergar e imposibilitar el ALCA llevadas a cabo por nuestra diplomacia, pero insistimos: que Brasil no debe firmar el ALCA. Esta es la expectativa y la posición de los movimientos patrióticos y progresistas en toda América Latina, como lo es también de las fuerzas nacionalistas, populares y de izquierda en Brasil. El verdadero esfuerzo por la integración de América Latina, para el cual el gobierno del presidente Lula en mucho ha contribuido, es incompatible con el ALCA.

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(*) Periodista, Vice-Presidente de Partido Comunista de Brasil – PcdoB, responsable por las relaciones internacionales
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