José Reinaldo Carvalho (*)
Intervención de José Reinaldo
Carvalho, vicepresidente del PC del
Brasil y secretario de Relaciones
Internacionales, en la reunión del
Comité Central, el 24.04.2004
Vivimos en un mundo peligrosamente
dominado por un imperio insano, una
super-potencia que decidió declarar
guerra a los pueblos para asegurar
su hegemonía. Transcurre una época
cruenta, caótica, caracterizada por
una sucesión de trastornos, caos y
amenazas a la seguridad y a la paz.
La supervivencia de la humanidad se
encuentra amenazada. No sabemos si
en alguna otra época precedente el
género humano ya vivió crisis como
la que estamos presenciando.
Ha sido considerable la
elaboración de nuestro partido sobre
la temática internacional y más
específicamente sobre la crisis del
capitalismo y sus consecuentes
desdoblamientos en las relaciones
internacionales. Los marcos
referenciales más recientes de
nuestra elaboración sobre el tema se
encuentran en las resoluciones del
décimo congreso, del 2001, y en los
trabajos presentados en el seminario
organizado por el Comité Central en
septiembre del pasado año.
Forzosamente volveremos a abordar el
conjunto de la situación mundial con
el mismo rigor y profundidad, en
breve, cuando se inicien las labores
del próximo Congreso. Nuestro
objetivo en este texto se centra en
una breve actualización del cuadro
en evolución, puntualizar las tareas
inmediatas del Partido en el plano
internacional e iluminar la
situación de fondo sobre la cual se
desarrolla nuestro empeño cotidiano
por la creación en Brasil de un
poder nacional democrático y
popular, además de puntualizar los
peligros que amenazan nuestra
soberanía e independencia.
Será en vano pretender avanzar en
el análisis de los cambios en Brasil
sin tener en debida consideración el
entorno global, como también seria
sin sentido afrontar los problemas
internacionales como si se tratasen
de abstracciones desvinculadas de
las luchas y tareas inmediatas de
nuestro pueblo.
Camaradas, hace13 meses caía el
último baluarte de lo que hasta
entonces era una sorprendentemente
frágil resistencia iraquí a las
tropas agresoras norte-americanas y
se desmoronaba el régimen de Saddam
Hussein. La imagen grotesca de un
puñado de “populares” – era posible
contarlos con los dedos aún en una
pantalla de pequeñas dimensiones –
derribando la estatua del presidente
depuesto, conocida en el mundo como
símbolo de la “liberación nacional”
de Irak. Algunos meses después la
prisión de Saddam en un túnel
subterráneo divulgada en imágenes
repetidas hasta la náusea por los
medios de comunicación, era
festejada como la consolidación
suprema del triunfo americano, el
sello de garantía de la reelección
de Bush y el punto culminante de su
misión sanadora en Irak. Faltaría
solamente la democratización del
país, a través de elecciones, la
“entrega del poder” a los iraquíes y
la constitución del “gobierno”
local. Cuatro meses después,
respondiendo a una aguda crítica del
senador demócrata Ted Kennedy, para
el cual Irak se transformó en el
nuevo Vietnam de los Estados Unidos,
el secretario de Estado Colin Powell
lo llamó de antipatriótico,
porque...
“estamos en guerra”. Sin quererlo
el secretario del gobierno Bush
confesaba una de entre muchas
deliberadas mentiras que sirvieron y
sirven para encubrir el
comportamiento político de la actual
administración norte-americana, como
la mentira de que sus tropas estaban
siendo recibidas como liberadoras,
de que primero con la caída, después
con la captura de Saddam, Irak se
pacificaba y caminaba para la
democratización. Entonces los
mayorales del gobierno imperialista
son obligados a confesar, un año
después de la proclamada victoria:
“estamos en guerra”.
Nosotros, que siempre nos
opusimos a esta guerra criminal y
sucia, vamos más allá de la simples
constatación para afirmar que no
sólo están en guerra, guerra contra
el pueblo, guerra por el saqueo de
riquezas, en este caso el petróleo,
guerra por posiciones estratégicas,
teniendo en vista el conjunto del
Oriente Medio y de Asia Central y
Oriental, guerra por el dominio del
mundo, guerra para enfrentar los
problemas decurrentes de su agonía
lenta como potencia imperialista,
para intentar huir de sus
inatacables fragilidades
estructurales, como también están
siendo derrotados en esta guerra.
Esta es la gran novedad de la
actual coyuntura internacional y
este es el punto que me gustaría
someter a la apreciación de los
camaradas, no a una apreciación
apresurada, no como algo que merezca
una aceptación pasiva, pero también
no como algo a ser previamente
refutado.
Es necesario interpretar esta
señal de la situación internacional
como un indicio de que se inicia una
nueva fase en la existencia del
imperialismo, pues la percepción de
la derrota hace con que se torne
inevitablemente más agresivo,
infinitamente más agresivo. Siendo
esto verdad, tendrá repercusiones
relevantes en la estrategia y en la
táctica de la lucha
antiimperialista.
Bajo cualquier ángulo de análisis,
no hay como negar: la estrategia
imperialista norte-americana en Irak
fracasó, como también está
fracasando —pocos hablan de ello— en
Afganistán. La colosal concentración
de tropas, el empleo masivo de la
aviación y de armas modernas fueron
suficientes para cumplir la primera
etapa de la batalla, derrumbar el
régimen de Saddam. En su momento,
embriagados con la victoria, los
apologistas del imperialismo se
burlaron de los que erróneamente
previeron que la ocupación de Bagdad
se asemejaría a la batalla de
Stalingrado y apostaban por una
conclusión diferente. Mirando las
cosas con serenidad y alejamiento,
hoy sabemos que es imposible una
Stalingrado, como metáfora de
resistencia prolongada en aquel
escenario de batalla. Sin embargo,
es muy diversa la situación a un año
de terminada la agresión.
La Resistencia no sólo ocurrió,
como se impuso. El Pentágono
contabiliza casi un millar de
muertos y millares de heridos en sus
filas. Es casi nada cuando
comparamos con las decenas de
millares de iraquíes, incluyendo
civiles, que el ejército americano
asesinó, pero son pérdidas pesadas
cuando se trata de un ejército
“vencedor” y llevando en cuenta que
durante la guerra de marzo-abril del
2003 murieron solamente poco más de
una centena de americanos. Desde el
9 de abril del pasado año, cuando
cayó la última fortaleza de Saddam,
no ha pasado ni un solo día sin que
comandos y tropas norte-americanos
fuesen atacados y sin que los
colaboracionistas pagasen el precio
por la traición a la patria. El
llamado Consejo de Gobierno, un
conglomerado de títeres escogidos a
dedo por la Administración colonial,
es odiado por los patriotas e
ignorado por la población.
Simplemente sus instituciones no
funcionan, además son blanco de
ataques, principalmente la policía.
Los efectos de la Resistencia sobre
la soldadesca americana y de la
llamada coalición son devastadores.
Más de un millar de soldados y
oficiales ya recibieron tratamiento
psiquiátrico, el número de suicidios
se elevó a más de 30 y decenas de
desmovilizados que retornaron a sus
casas asesinaron a sus mujeres e
hijos. El Pentágono toma medidas
para sustituir integralmente hasta
fines de mayo los 110 mil soldados
que constituían el ejército en la
época en que el régimen de Saddam
fue derrumbado.
Todo esto ocurre a pesar de que
el ejército invasor esté cometiendo
crímenes y todo tipo de violaciones
de los derechos humanos y de las
convenciones de guerra, atacando a
la población civil y torturando
prisioneros. El Ejército de
ocupación bombardeó con mísiles
varias ciudades iraquíes – Sadr,
Adamiya, Fallujah, Shula, Najaf y
otras. En estas ciudades, como en
todo Irak se instaló una
inimaginable resistencia. El
escenario de las dos semanas
anteriores estaba caracterizado por
una generalizada insurrección
popular, que ganó fuerza y amplitud
y reveló el heroísmo de las masas
populares en lucha, como es común
que ocurra en situaciones semejantes.
No se trata de terrorismo, como
intenta divulgar los medios de
comunicación a servicio de la Casa
Blanca. Por más que el ser humano
reaccione con repugnancia ante las
imágenes de los cuerpos carbonizados
de soldados y oficiales de los
ejércitos de ocupación, es necesario
tener valentía y frialdad para decir,
como lo dijo el escritor paquistaní
Tarik Ali, autor de “Bush en
Babilonia: la Recolonización de Irak”,
que no se puede esperar una
resistencia bella a una ocupación
fea, a menos que se pretenda vivir
en un escenario de una película de
Hollyhood o de una comedia italiana.
En este momento lo más importante
para Irak es la lucha contra la
ocupación. El tema preponderante en
diversos sectores de la población es
el anhelo a restaurar la soberanía
del país. Anhelo que se está
materializando a través de los
actores más diversos y del empleo de
múltiples formas de lucha que van
desde la resistencia pasiva, pasando
por las protestas de masas hasta las
osadas acciones de guerrilla urbana
y rural y el levantamiento de
ciudades y regiones enteras como
ahora ocurre. En lo que atañe a las
fuerzas políticas involucradas en la
resistencia, el periodista francés
Patrick Theuret, editor de la
revista Correspondencias
Internacionales, menciona a 15
grupos de diferentes tipos y
orientaciones, entre ellos hay
organizaciones laicas y religiosas,
está el Partido Baath, hay varias
fuerzas nacionalistas, y corrientes
comunistas que se oponen a la
posición colaboracionista adoptada
por el partido comunista. Una
resistencia tan diversa tendrá en su
seno hasta fuerzas retrógradas y
anticomunistas, como algunas
corrientes del sunismo y del chiísmo.
Sin embargo no podemos cometer el
error de analizar la resistencia
iraquí según patrones
preestablecidos o tratando de que se
repita experiencias históricas
vividas en otros momentos y
latitudes. Lo mismo ocurre en
Afganistán, donde la resistencia
antiimperialista aglutina fuerzas
desde los talibanes hasta los
comunistas. No se espere tampoco que
surja, tan hermosa como Ateneas de
la cabeza de Zeus, una plataforma de
unión nacional con puntos bien
formados y objetivos estratégicos
claramente definidos. Por ahora
esperemos de la resistencia iraquí
solamente lo que ella es: una
reacción legítima al ocupante. Y
saludemos los avances que ya logró
en términos de unidad de acción,
como también a sus éxitos en el
campo de batalla.
Apoyarla es nuestro deber
fundamental, como partido comunista
revolucionario, como frente político
de centro-izquierda en formación y
como gobierno progresista de
coalición de fuerzas democráticas y
nacionales. Las indispensables
buenas relaciones que nuestro país
necesita cultivar con todos los
países del orbe incluyendo a los
Estados Unidos no son incompatibles
con una serena y firme posición de
nuestra diplomacia en los organismos
internacionales contra la detestable
ocupación de un país imperialista
sobre otro. Y nos preparemos como
analistas de la situación mundial y
militantes de la causa
antiimperialista para inscribir por
mucho tiempo en nuestra agenda, la
lucha contra la ocupación de Irak.
Puede que dure décadas. Hace 50 años
que Palestina se encuentra
martirizada bajo el puño de hierro
asesino de los sionistas israelíes y
frustrados “planes de paz”, y a
pesar de las reiteradas resoluciones
de la ONU, mandando a Israel a que
se retire para sus fronteras, la
situación palestina sólo empeora,
con su pueblo hoy amenazado de
exterminio. Vietnam necesitó de 15
años para vencer en la guerra de
liberación nacional contra el
imperialismo norte-americano. De
cuanto tiempo necesitará Irak, no lo
sabemos. Sin embargo para nosotros
está claro que en el mundo de hoy es
imposible que una potencia agresora
se mantenga incólume ejerciendo un
régimen de ocupación, por más fuerte
que sea.
El gobierno Bush se encuentra
ahora ocupado en organizar el
gobierno títere local. Necesita
desesperadamente detener la
resistencia y borrar la cuestión
iraquí de la agenda electoral. Hay
una profusión de arreglos
institucionales y de maquinaciones
para escenificar la participación,
de cierto no desinteresada, de la
“comunidad internacional” en la
“transición” iraquí. No han faltado
amistosos colaboradores que ahora
cínicamente preconizan un “nuevo
papel” para la ONU. Pero hay algunas
cuestiones esenciales sobre las
cuales no nos podemos permitir
equívocos. La constitución iraquí es
una farsa, el gobierno local será un
gobierno títere, su soberanía será
letra muerta, por lo tanto actuará
bajo la tutela norte-americana y de
la ocupación militar. No merecerá
reconocimiento internacional. Los
Estados Unidos no hicieron la guerra
para nada. No fue simplemente, como
proclaman en deliberada mentira,
para alejar del poder un dictador,
ni para destruir el arsenal de armas
de destrucción masiva. Si la
Comunidad Internacional actuara, los
Estados Unidos tendrían que ser
sancionados, pues, fueron organismos
oficiales del sistema de las
Naciones Unidas quienes atestiguaron
la inexistencia de tales armas en
Irak. Bush fue a la guerra con el
objetivo estratégico de reforzar la
presencia militar estadounidense en
la región del Golfo Arábico-Pérsico
y Oriente Medio, donde se encuentran
dos tercios de las reservas
petrolíferas mundiales y para
conquistar más terreno en su lucha
por el dominio absoluto del mundo.
No es para pacificar, democratizar o
para defender soberanías que los
Estados Unidos consignaron para el
ejercicio del 2003-2004 la colosal
cifra de 500 billones de dólares
para gastos militares, más que un
PIB brasileño, o la misma suma que
gasta en armamentos y ejército el
resto del mundo.
Fueron falsas las expectativas de
que la guerra en el Golfo traería
paz y seguridad al mundo. Un año
después, el mundo es un lugar más
inseguro y la guerra estimuló más el
terrorismo, lejos de combatirlo o
neutralizarlo. Fue simplemente otra
mentira de Bush.
Estos hechos están relacionados
con la opción de la Casa Blanca de
poner la guerra en el centro de su
actividad internacional, eliminando
en la práctica la diplomacia.
Nuestro análisis tiene que
considerar esta cuestión como
esencial para la comprensión del
conjunto de la situación. Se trata
de una tendencia que se está
delineando desde la llamada era
Reagan, en los años 80, que se
expresó de forma diversa en los años
90 (primero con la guerra del Golfo,
y con las guerras de Somalia, Bosnia
y Kosovo) y se plasmó
definitivamente con la ascensión al
poder del grupo ultra-conservador de
Bush-Cheney-Wolwowitz. Es importante
que esta tendencia sea vencida en
las elecciones de este año, pues la
reelección de Bush le dará crédito
para dar nuevos pasos en la
aplicación de semejante estrategia.
El telón de fondo de esta tendencia
es el surgimiento del mundo
unipolar, la llamada novísima orden,
que sucede a la que rigió después de
la segunda gran guerra, marcada por
la guerra fría y por la división del
mundo en esferas de influencia de la
URSS y de los EUA. Pero estos
fenómenos están conectados también a
lo que se puede llamar de paradoja
de nuestra era. Es que el momento
más vertiginoso del ejercicio de la
supremacía norte-americana, la época
en que parece natural la sensación
del poder absoluto, porque en
realidad los EEUU reinan solos y es
colosal su fuerza, corresponde
también al momento de exhibición de
su fragilidad estructural y de su
descenso histórico. No seré tan
optimista como el filósofo y
historiador británico Eric Hobsbawm,
uno de los más importantes de su
tiempo, para el cual no la nuestra,
pero la próxima generación verá el
derrumbe de este imperio, no
obstante seré enfático al insistir y
resaltar las evidencias de tal
descenso. La doctrina actual de la
Casa Blanca y la agresividad con que
se comporta el imperialismo son
consecuencias de la urgencia que
tiene de encontrar una respuesta a
su descenso estructural. El
grandioso déficit en las cuentas
externas americanas, la caída
continuada y acentuada del dólar, la
pérdida relativa de terreno de la
economía americana en comparación
con las de sus competidores y la hoy
admitida ( sin autocrítica de los
que defendían hasta hace muy poco
otro punto de vista) imposibilidad
de que espontáneamente el mundo
financie el déficit americano y la
manutención de la supremacía del
dólar son las manifestaciones
aparentes del fenómeno que debemos
estudiar con espíritu reflexivo y
agudo, pues solamente de la amplia
comprensión de este fenómeno será
posible extraer adecuadas
conclusiones políticas y iluminar
nuestra estrategia.
El ambiente de instabilidad que
tiene por centro al Oriente Medio se
complica aún más con el desvío de la
violencia que marca la acción del
gobierno israelí de Ariel Sharon. En
el centro de su estrategia, que
cuenta con el beneplácito explícito
de Washington, está el exterminio
del pueblo palestino, para lo que es
necesario cumplir la etapa del
aniquilamiento de la Autoridad
Nacional Palestina, del frente
Arafat, y de los principales líderes
políticos, militares y religiosos de
la resistencia palestina.
De todo lo que fue dicho hasta
aquí, extraemos la conclusión de que
forma parte de la orden del día de
la actividad política internacional
de nuestro Partido y del movimiento
progresista en Brasil la lucha por
la paz y contra la ocupación
imperialista en el Oriente Medio,
por lo que se debe entender a Irak,
a Afganistán y a Palestina, cada
cual con su especificidad. Lo que no
se refiere sencillamente de
hipotecar solidariedad ( lo que ya
es gran cosa) pero de planear una
lucha estratégica y de largo plazo.
Realmente diría que la lucha por la
paz y contra la política de guerra y
de ocupación imperialista estará en
el centro de nuestra actividad,
probablemente, durante décadas.
Esta lucha es inseparable de la
que defiende un nuevo orden
internacional, un nuevo sistema
internacional, basado en el
multi-lateralismo, en el rediseño y
en el cambio de carácter y forma de
los organismos internacionales.
Debemos destacar como
característica sobresaliente de la
referida situación internacional, el
aislamiento de las posiciones
norte-americanas y la derrota de la
política de los autores y defensores
de la guerra. Nunca como ahora el
imperialismo norte-americano sofrió
un aislamiento diplomático y
político tan grande. La negación de
Alemania, Rusia, Francia y China de
apoyar la decisión norte-americana
de ir a la guerra dejó profundas
marcas en las relaciones entre las
potencias. Como también deja y
dejará marcas la derrota sufrida por
el gobierno derechista español, de
José Maria Aznar, una de las más
grandes pérdidas del imperialismo en
Europa. La decisión del nuevo
presidente del gobierno español,
José Luis Zapatero, de retirar sus
soldados de Irak es una conquista
del movimiento anti-guerrerista y de
la lucha democrática del pueblo
español y en toda Europa. También
son testigos de la derrota
americana, el abandono de la
coalición agresora después de la
decisión del nuevo gobierno de
España.
Aún es temprano para detectar la
manifestación de una nueva tendencia
política en Europa, pero quizás la
derrota de la derecha en España
pueda ser el comienzo de un largo
proceso de reverso de la correlación
de fuerzas en el viejo continente,
que puede ayudar a vencer a los
gobiernos pro-americanos de Blair,
Berlusconi, Durão Barroso entre
otros. Por motivos distintos,
después de España, fue posible
distinguirse en Francia fuertes
señales de retoma de posiciones
democráticas, en las elecciones
regionales, en cual la
centro-derecha fue duramente
castigada en las urnas en
consecuencia de la política
anti-social y anti-proletaria que
ejecuta, consubstanciada en reformas
de corte neoliberal en los sistemas
legales de seguridad social y
laboral. Mostrando que aún teniendo
una política externa aprobada por la
mayor parte de los franceses y aún
siendo reciente el apoyo recibido
por Chirac en el embate con la
extrema derecha, cuando es
esclarecido, el electorado no
perdona gobiernos conservadores en
las áreas económicas y sociales. Por
lo menos ha sido así en Europa,
cuando los derechos de los
trabajadores son atacados por el
neoliberalismo. Ha sido de este modo
también en América Latina, donde aún
suena con fuerza el estrépito de la
deposición de Fernando de La Rua.
Otro aspecto saliente de la
situación mundial es la nueva lucha
de los países en desarrollo contra
el proteccionismo de los países
ricos y por un nuevo orden económico
mundial, que tuvo como expresión
destacada la reunión de la OMC en
Cancún y los embates en ésta
conducidos por Brasil y en la que
participaron también China y India y
resultaron en la formación del G-20.
En una escenario económico marcado
por dificultades generalizadas y por
el fracaso del neoliberalismo, esta
lucha tiende a marcar el contexto
mundial por mucho tiempo. Tendrá
muchos desdoblamientos, altos y
bajos. Pongamos atención a la
próxima reunión de la UNCTAD y del
G-77 que se realizarán brevemente en
São Paulo, en el mes de junio.
Acerquémonos rápidamente al
cuadro en evolución en América
Latina, donde fue más evidente el
fracaso del modelo neoliberal, de lo
que son contundentes ejemplos
Argentina, México y Brasil. La
insistencia en las políticas
ortodoxas puede conducir a la ruina
a los países que las adoptan siendo
preocupante que nuestro país, con
gobierno políticamente progresista,
aún permanezca con la misma
orientación que llevó a Argentina a
hundirse.
Reflejo de esta situación de
fondo, responsable por una crisis
social sin precedentes, América
Latina ha sido en los primeros años
de este siglo escenario de grandes
luchas, en las cuales se prenuncian
importantes cambios. Aquí confluyen
hacia el mismo lugar, luchas
pacíficas de masas, embates
electorales, protestas espontáneas,
insurrecciones y hasta una guerra
civil, como la de Colombia. De este
ambiente surgieron gobiernos
progresistas, como el de Lula,
Chávez y el nuevo gobierno de
Argentina, encabezado por Néstor
Kirchner que aunque haya salido del
mismo sistema político-partidario
dominante, ofrece cierta resistencia
a las orientaciones neoliberales.
Con sus atenciones y fuerzas
concentradas en las guerras de
ocupación de Oriente Medio y Asia
Central el imperialismo
norte-americano no tiene dedicado la
misma atención de otros tiempos al
sub-continente latino-americano. Por
lo menos fue lo que afirmó el
secretario de Estado Colin Powell de
que AL (América Latina) en el
momento no es prioridad de la
política exterior de EE.UU. Pero no
hay como ocultar el hecho de que AL
hace parte de los planes
estratégicos permanentes del
imperialismo norte-americano por
razones obvias. En el centro de su
atención en el momento están el
combate a la Revolución Cubana, la
desestabilización, a través de
ingerencias golpistas, del gobierno
bolivariano de Hugo Chávez, ―que
hasta ahora han fracasado― el
aplastamiento de la lucha
guerrillera en Colombia, la
imposición del ALCA como instrumento
neocolonialista y la neutralización
de Brasil y de Argentina como polos
potenciales de resistencia política
y económica a las políticas
neoliberales. La presencia de tropas
en Haití indica que los EE.UU. no
dispensan poca atención a América
Latina.
Nuestras tareas concernientes a
América Latina consisten en mantener
la solidariedad con Cuba y con
Venezuela, apoyar los esfuerzos de
la diplomacia brasileña para
consolidar el MERCOSUL y integrar el
sub-continente suramericano y el
decidido combate al plan
neocolonialista del ALCA. Es un
sofisma suponer que para acceder al
mercado norte-americano será
necesario firmar el ALCA. Brasil no
debe firmar el acuerdo.
Comprendemos la posición de
nuestro gobierno y apoyamos todas
las maniobras para postergar e
imposibilitar el ALCA llevadas a
cabo por nuestra diplomacia, pero
insistimos: que Brasil no debe
firmar el ALCA. Esta es la
expectativa y la posición de los
movimientos patrióticos y
progresistas en toda América Latina,
como lo es también de las fuerzas
nacionalistas, populares y de
izquierda en Brasil. El verdadero
esfuerzo por la integración de
América Latina, para el cual el
gobierno del presidente Lula en
mucho ha contribuido, es
incompatible con el ALCA.
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(*) Periodista, Vice-Presidente de
Partido Comunista de Brasil – PcdoB,
responsable por las relaciones
internacionales
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