Silvio Costa**
LLas evaluaciones de los
acontecimientos revolucionarios
llevan, en general, a distintos
análisis, algunos incluso, en
contradicción. Con relación a la
Comuna de París, por su carácter de
clase y socialista, observamos
distintas evaluaciones, colocando en
posiciones extremas a los
reaccionarios, que asumen posiciones
en su contra y la critican
radicalmente, y los “idealistas”,
que la glorifican. Sin embargo, un
análisis “menos apasionado” y más
objetiva nos permite comprender que
su resonancia y sus consecuencias
van mucho más allá de sus limitados
72 días de existencia.
Algunas de las debilidades que
reflejó la Comuna, ya habían sido
apuntadas por Marx y por la
Internacional, que al considerar que
las condiciones históricas no
comportaban en aquel momento una
revolución de carácter popular y
socialista, llamaban la atención
sobre las debilidades organizativas,
sobre el peligro del aislamiento
político del proletariado en París y
sobre la superioridad numérica de
las tropas de reacción. Incluso, se
habían manifestado en contra de la
deflagración de la insurrección
parisina.
Desde el punto de vista político son
varios los errores cometidos en
general por la benevolencia y
“liberalidad” ante el enemigo de
clase y por la ausencia de una
organización y un comando político
más centralizado, que contribuyó a
la falta de unidad política entre
las distintas iniciativas del
Consejo de la Comuna y de su Comité
Central, lo que repercutió
negativamente en la unidad política
de la reacción.
LOS ERRORES POLÍTICOS DE LA COMUNA
DE PARÍS
Se debe apuntar que uno de los
grandes errores políticos, que tiene
por contenido la visión ideológica
de profundo respecto a la propiedad
burguesa, esta relacionado con el
Banco de Francia.
“Uno de los mayores errores de la
Comuna fue la reverencia con que
miraba el Banco de Francia. Una vez
más, gran parte de este error fue en
consecuencia de la posición de la
minoría. El banco almacenaba
gigantescas reservas de oro de la
burguesía francesa, que estaban
sirviendo para mantener a los de
Versalles, es decir, a la
contrarrevolución. En realidad
conservó en sus puestos al antiguo
director y a los miembros de la
antigua dirección. Nombró solamente
un comisario que tenía la
responsabilidad de resguardar la
seguridad del capital de la
burguesía francesa. El banco tenía
un total de tres mil millones de
francos en oro, billetes y
documentos. La cantidad representada
solamente en oro y brillantes era de
1,3 millones de francos. Ante de los
ojos de la Comuna, el Banco de
Francia abastecía de dinero sin
ninguna dificultad al gobierno de
Versalles. Si la Comuna hubiese
tomado posesión del banco, la
burguesía francesa había ejercido
presión sobre el gobierno de
Versalles para exigir que firmase un
acuerdo con la Comuna. Hubo también
muchas divergencias ideológicas:
anarquistas, blanquistas,
babeufistas y otras corrientes
pequeño-burguesas en el seno de la
clase obrera de la época, que
dificultaron la unidad de decisión
en los momentos cruciales, de lo que
se aprovechó la contrarrevolución
para lograr la victoria.” (MOURA,
1991: 43).
Desde el punto de vista militar debe
considerarse que las innovaciones
acontecidas en los instrumentos de
destrucción (invención de la
ametralladora, ampliación del
diámetro de los cañones, ampliación
de los efectos destructivos de las
granadas...) y la urbanización de
París tras la destrucción de muchas
calles estrechas y construcción de
amplias avenidas, hacía que desde
1848, las insurrecciones
circunscritas a los espacios urbanos
y aisladas política y
geográficamente estuvieron a priori
destinadas al fracaso (BARBOSA,
1999: 5). En este sentido, la
limitación de la Comuna solamente a
París, la deflagración de la
insurrección sin un episodio
antecedente y sin su ampliación a
otras regiones y la concentración
del poder destructivo del Estado
aristocrático-burgués, la condenó a
la derrota, pese al heroísmo y
bravura de los Communards.
Sin embargo, pese a sus debilidades
y a su derrota, aquellos que
defienden una perspectiva
socialista, no se limitan a apuntar
sus errores, sino que intentan
aprender con la experiencia y sacar
el máximo partido de las enseñanzas
proporcionadas por esta heroica
insurrección proletaria.
Desde un punto de vista inmediato y
en el límite del orden
aristocrático-burgués, es posible
detectar algunos resultados bien
visibles, respeto a la propia
Francia y a la Alemania unificada.
“Mientras la Francia derrotada se
dedicaba a una brutal represión de
los comuneros, Bismarck sacaba, a su
manera, las consecuencias políticas
y sociales de la primera experiencia
del poder obrero.” (GONZÁLEZ GARCÍA,
1989: 65). Así, los gobiernos
monárquicos autoritarios de Alemania
y Austria-Hungría, preocupados con
la posibilidad de sublevaciones
generalizadas de las clases
trabajadoras, intentan promocionar
condiciones para una mediación entre
el Capital y el Trabajo, para una
colaboración de clases en las que el
Estado tenía un importante
protagonismo; delinean un “Estado
asistencial”, que algunas décadas
después, caracterizaría el “Estado
del bienestar social”.
“En noviembre de 1872, mientras los
condenados de la Comuna se
encuentran en pleno viaje al
destierro de Nueva Caledonia, la
isla habitada por Francia en la
antípoda para que sirviera como
presidio, tiene lugar una amplia
reunión de delegados de los
Gobiernos de Alemania y de
Austria-Hungría para concretar la
lucha contra la Internacional,
buscar soluciones al problema social
y desarrollar los rudimentos de un
Estado providente preocupados por la
suerte de las clases desposeídas. El
largo viaje a la deportación,
iniciado el 3 de mayo de 1872 y
concluido el 1 de julio de 1875, día
en que Nueva Caledonia recibe 3.859
supervivientes de la Comuna,
coincide con el estudio de las
medidas para solucionar “desde
arriba” y de una vez por todas la
llamada “cuestión obrera. En la
reunión citada de noviembre de 1872
se presentan una serie de propuestas
para la reglamentación estatal del
descanso dominical, la limitación
del trabajo industrial de las
mujeres, la indemnización por
accidentes, la creación de oficinas
de trabajo, la introducción de
inspectores de fábrica según modelos
ingleses, la creación de
instituciones educativas para los
trabajadores, la reforma de la
vivienda, la fundación de los
seguros de enfermedad e invalidez y
la institución de tribunales de
arbitraje y conciliación”. (GONZÁLEZ
GARCÍA, 1989: 66-67).
Así, por “ironía de la historia”, es
el gobierno monárquico autoritario
de Alemania y Austria-Hungría, que
temeroso delante de la “ola roja”
que amenazaba sus intereses de clase,
el que empieza a hacer efectiva la
presencia y el control estatal de la
cuestión obrera y social, y a
delinear el llamado “Estado
asistencial”, estableciendo, en
líneas generales, los fundamentos
del “Estado del bienestar social”.
LA AFIRMACIÓN DE LA REPÚBLICA EN
FRANCIA
En lo que se refiere a Francia, al
contrario de lo que pretendían los
sectores conservadores y
reaccionarios, la insurrección
proletaria en París y en otras
ciudades, la defensa de una
República Social, se aborta las
pretensiones de re-establecimiento
de la monarquía. La Comuna fue
decisiva para la victoria de la
República burguesa y marca
definitivamente un re-alineamiento
de las alianzas de clases y la
formación del nuevo bloque de poder
aristocrático-burgués. Las
diferentes fracciones de la
burguesía abandonan sus veleidades
democráticas y asumen abiertamente,
en cuanto clase y ante el
proletariado, el campo de la
contrarrevolución. Las clases
propietarias, temerosas ante la
posibilidad de una República social
hegemonizada por el proletariado
socialista, articulan un nuevo
bloque de poder orientados por la
lógica de la Contrarrevolución
preventiva y organizan un sistema
electoral cuyo objetivo es
neutralizar el potencial
transformador representado por los
diferentes segmentos populares,
dirigidos por el proletariado
socialista. Desde el punto de vista
de clase, se superaron
definitivamente, las disputas y
antagonismos entre la burguesía y la
nobleza; entre la República y la
Monarquía. Las diferentes facciones
burguesas, aliadas a otros segmentos
sociales, podían, desde entonces,
empezar a disputar "democráticamente"
el control del aparato estatal.
(COSTA, 1998: 101-102).
Desde el punto de vista de los
sectores progresistas y
revolucionarios, socialistas y
comunistas, la derrota de la Comuna
de París de 1871 no produce como
consecuencia la apatía general del
movimiento socialista francés, al
contrario, los communards
sobrevivientes, y los nuevos
communards, continúan el trabajo
revolucionario en distintos partidos
de carácter socialista y se integran
en las luchas democráticas en contra
de la reacción aristocrática y
burguesa y en defensa del ideal
igualitario.
“Y lo que es más importante, y a más
largo plazo, la Comuna, a pesar de
su rápida derrota, consiguió una
especie de victoria porque sirvió de
inspiración desde entonces a los
revolucionarios de toda Europa e
incluso de otros continentes. Su
manifiesto había proclamado “el
final del antiguo mundo”, y muchos a
lo largo del planeta se sentían
alentados porque en el período que
siguió a la guerra y en medio de la
guerra civil un gobierno de hombres
y mujeres trabajadoras fue capaz de
cooperar y regirse por sí mismos.
Aunque sólo duró 72 días, sus
acciones e ideales se estudiaron
detenidamente, y se aprendió y
propagó la lección por parte de Marx
y Engels y, más tarde, por parte de
Lênin y los bolcheviques. En fechas
tan tardías como 1936-1939, los
revolucionarios españoles aseguraron
que eran continuadores de las
tradiciones y prácticas communards.”
(TODD, 2000: 177-178).
Por un lado, la Comuna de París 1871
al ocurrir en un momento histórico
de afirmación de la sociedad
capitalista y del proyecto
civilizatório burgués, define el
campo político de actuación de las
clases; la burguesía, aliada o no a
otras clases propietarias, asume el
campo de la contra-revolución,
expone y revela el carácter
mixtificador, tan brillantemente
elaborado y defendido, del lema
libertad, igualdad y fraternidad,
que había llevado a los sectores
conscientes de la sociedad a
participar en el proceso
revolucionario burgués, y reafirma
la conciencia de que este ideal
solamente será una realidad con la
destrucción de la sociedad de clases,
burguesa-capitalista. Y, por otro
lado, el proletariado parisino, al
asumir el poder, incluso por corto
periodo, organiza un nuevo tipo de
Estado y un modo distinto de dirigir
la sociedad y cierra la denominada
era de las revoluciones burguesas;
demuestra la viabilidad práctica de
la destrucción del Estado burgués,
la posibilidad de organización de
una nueva sociedad solidaria, y,
anuncia la era de las revoluciones
proletarias, iniciada con la
Revolución Rusa en 1917, demostrando
en la práctica, la posibilidad de
construcción de una nueva sociedad
sin explotadores y explotados.
En este sentido, abordaremos a
continuación la cuestión relacionada
con el Estado y la posibilidad de
construcción de una sociedad sin
clases y sin Estado.
UN NUEVO TIPO DE ESTADO
El proletariado al asumir el poder
en París, frente a la
desorganización del aparato estatal,
a la sumisión de gran parte del
funcionalismo al gobierno burgués
que se encontraba en Versalles, y
orientados por principios
democráticos e igualitarios,
comprende la necesidad de organizar
nuevas instituciones, pues las que
existían no correspondían al nuevo
poder que se establecía. Era
necesario organizar un nuevo tipo de
democracia, cualitativamente
distinta de la liberal-burguesa, que
en lo fundamental se destina a la
manutención de la sociedad de clases,
de la explotación y de la opresión a
la gran mayoría de la población.
El nuevo poder se basaba en una
nueva forma de democracia, ampliada,
que atendía de los intereses de la
mayoría de la población; en ella se
pueden destacar los siguientes
aspectos: eliminación de la
separación de responsabilidades
entre el ejecutivo y el legislativo
y organización de un único órgano
representativo; establecimiento de
elecciones para todas los cargos
públicos; eliminación del político
profesional (los representantes
elegidos continuarían con sus
trabajos profesionales) y
establecimiento del mandato
revocable en cualquier momento,
desde el momento en que el candidato
electo no respondiese al compromiso
asumido con sus votantes;
sustitución de la policía y del
ejército permanente por el armamento
popular; institución de los
tribunales populares y organización
de las actividades
político-administrativas y
burocráticas de tal forma que
garantizaban el control de los
obreros. Los sueldos, en los
diferentes niveles de la
administración, se establecen según
el sueldo medio de los obreros, como
eficaz barrera al arribismo y a la
caza de los altos empleos, sin
hablar de la revocabilidad de los
mandatos de los delegados en los
cuerpos representativos que la
Comuna igualmente introdujo (MARX,
1977: 167). Estas medidas
democráticas permitían a las clases
trabajadoras ejercer el control
sobre todas las actividades del
gobierno.
Marx y Engels que ya venían
estudiando y elaborando a partir de
las experiencias, revolucionarias o
no, una nueva concepción de Estado,
con la Comuna de París formulan la
idea de que la realización de la
democracia económica, social y
política sólo es posible con la
eliminación de las relaciones y
estructuras jurídico-políticas,
burocráticas y militares, que
corresponden a la dictadura de la
burguesía. Contraponen a la
dictadura (=democracia) burguesa un
nuevo tipo de Estado, la dictadura
(=democracia) del proletariado, que
responde a una nueva forma de
organización social, con la
atribución fundamental de crear las
condiciones materiales necesarias
para la eliminación de la sociedad
de clases y para la construcción de
una sociedad sin clases, una
sociedad comunista.
LA CONCEPCIÓN MARXISTA DE ESTADO
Marx y Engels, con el análisis de la
Comuna de París de 1871, formulan
con bases en estudios anteriores,
los trazos esenciales del contenido
de clases del Estado y la
posibilidad de extinción de las
clases y construcción de una
sociedad sin clases. Entienden que
en todas las sociedades existentes
hasta entonces, después del
surgimiento de la propiedad privada
de los medios de producción, se
basan en una división de clases
sociales antagónicas, engendradas
por la contradicción entre el
desarrollo de las fuerzas
productivas y las relaciones de
producción; entre la infraestructura
y la superestructura; entre la
apariencia (mitificada) con la que
se presenta, y la esencia (real) de
clases del modo de producción.
En este sentido, el capitalismo se
encuentra seccionado entre los
propietarios de los medios de la
producción, la clase burguesa, que
lucha por el mantenimiento del orden
existente; y los propietarios de su
propia fuerza de trabajo, de la
capacidad productiva, la clase
obrera, que lucha contra la
explotación de la que es víctima y
desde el punto de vista histórico,
por la construcción de una sociedad
sin clases. Por lo tanto, las
relaciones entre el obrero y el
capitalista es una relación
contradictoria, de desigualdad y, al
mismo tiempo, de negación y de
complementariedad. El mantenimiento
de esta ruptura, de este
antagonismo, y de esta explotación
queda asegurado en lo fundamental
por el Estado, que en cuanto sistema
de instituciones, se organiza con el
objetivo de garantizar el orden
capitalista, o sea, la perpetuación
de las relaciones de producción y
jurídico-políticas y de garantizar
la subordinación y la sumisión de la
mayoría de la población a los
intereses de la minoría. En este
sentido, el Estado es un aparato
especial de violencia organizada y
legal-institucional sobre las clases
trabajadoras, sobre todo la clase
obrera.
La violencia institucional,
intentando garantizar y reproducir
la desigualdad, se presenta como
contra-violencia, preventiva y
necesaria contra la violencia
dirigida para la destrucción del
orden, de la (aparente) igualdad
contractual. Así, la realidad
expresa de forma invertida, envuelta
en misterio: la desigualdad, que
segmenta profundase e
irremediablemente la sociedad, se
presenta como igualdad y la
violencia estatal aparece como
contra-violencia al ser
desencadenada en nombre y en
"beneficio" de los contratantes y
contra la "anarquía roja", el
socialismo, el comunismo.
Según la concepción
liberal-burguesa, la sociedad se
forma con individuos “libres” e
“iguales” que establecen entre ellos
un pacto social y político, elaboran
leyes y las consagran en una
Constitución que regula las
relaciones de compra y venta entre
las diferentes mercancías: capital y
fuerza de trabajo. Así, el Estado
tiene como objetivo principal
asegurar la plena libertad de
mercado, pues es el único espacio
que posibilita que las relaciones
desiguales se presenten como una
relación de cambio entre
equivalentes, entre el capital y el
trabajo en una relación de compra y
venta, intermediada por el sueldo.
Esta relación de "igualdad", que
crea la ilusión de un contrato
igualitario, es el punto de arranque
fundamental de la explicación
liberal, tanto para los fenómenos
económicos, como para toda relación
social, es decir, se extiende a toda
la sociedad.
En realidad, la base sobre la que se
construye el Estado (en cuanto
conjunto de instituciones y
relaciones jurídico-políticas entre
las clases) tiene su origen en las
relaciones de producción que al
establecerse, imponen relaciones de
desigualdad entre la forma en que se
organiza la producción y la
distribución de la riqueza y
establece la ruptura entre los
productores y los poseedores de los
bienes producidos. Pero estas
relaciones no pueden presentarse con
su esencia, con su contenido real,
bajo el riesgo de engendrar una
lucha interminable, que
inevitablemente llevaría a la
destrucción de los antagonismos y de
la propia sociedad. Esto hace que lo
aparente se presente como real, como
lo que no-es, como no-esencia, como
mitificación que niega la propia
realidad, es decir, las relaciones
de desigualdad entre las clases se
presentan como iguales, invertidas,
con fetiches, así como la mercancía.
“Es esta interversión, contradicción,
en que debe de ser el punto de
arranque para la presentación del
Estado capitalista" (FAUSTO, 1987:
293).
El análisis del desarrollo del
Estado y de su propia existencia
sólo tiene sentido si se empieza por
la relación contradictoria
engendrada en la organización de la
producción: por la dialéctica entre
la apariencia y la esencia. El
Estado no puede presentarse
“desnudo”, explicitando sus
contradicciones como un conjunto de
instituciones destinadas a
garantizar el mantenimiento de la
apropiación desigual, de la
desigualdad económica, bajo una
aparente igualdad jurídico-política.
En este sentido, las relaciones
entre capital y trabajo, entre
obrero y capitalista, son, al mismo
tiempo, relaciones económicas y
jurídico-políticas. "La relación
jurídica unida a la relación
económica presupone la ley, pero no
la pone. La ley, mientras es ley, la
pone el Estado. El derecho se vuelve
derecho positivo" (FAUSTO, 1987:
297). Por consiguiente, el económico
y el jurídico-político, cada uno con
sus particularidades, establecen una
estrecha relación de
interdependencia e interpenetración.
La superestructura jurídico-política
ya se encuentra en el nivel de las
relaciones de producción y éstas
reaparecen y se manifiestan
determinando el plano
superestructural.
El Estado burgués se presenta así,
de forma sacralizada, como producto
de un pacto social, un acuerdo
tácito entre iguales, consolidado en
la Constitución, que establece
derechos y deberes iguales,
independientes del color de la piel,
de la ideología, del poder
adquisitivo (todos los individuos
son “libres y iguales” ante de la
ley). Así, la Constitución, la Carta
Magna (para algunos, cuando expresa
sus intereses de clase, es
“intocable” y “sagrada”), fundada en
la igualdad jurídica de derechos,
como guardián de la igualdad en lo
abstracto; en principio es, de hecho,
la legalización, político-jurídica,
de la desigualdad real; un
instrumento de mistificación de las
relaciones, reales, entre las clases;
velando para que en la apariencia no
sea explicitada su esencia, es decir,
las contradicciones sobre las que se
funda la sociedad de clases.
El Estado burgués, al crear su ley y
el conjunto de instituciones que
garantiza la igualdad formal entre
los individuos contratantes,
presenta en apariencia, las
relaciones sobre que se basa el
contrato entre “iguales”, que tiende,
necesariamente, a la negación de la
esencia y a no reconocer la
desigualdad en la que
institucionalmente está construida,
porque el productor (el obrero
propietario de la fuerza de trabajo,
de la mercancía que vende en el
mercado), en este acto de venta se
confronta con el comprador (el
capitalista), con el cual establece
correspondencia de reciprocidad. Se
establecen así relaciones entre
portadores de mercancías y de los
mismos "derechos", asegurados por
ley. El Estado burgués, al
individualizar las relaciones,
transformándolas en actos de
voluntad subjetiva, equivalentes
entre individuos “iguales", intenta
"neutralizar la tendencia de los
productores directos a unirse en un
colectivo antagónico al propietario
de los medios de producción: la
clase social" (SAES, 1994: 30).
La igualdad jurídico-política,
aparente y formal, entre
individualidades, es en lo esencial
la negación de la desigualdad real.
En este sentido, el derecho burgués
es un elemento fundamental en la
tentativa de convertir la
desigualdad real en igualdad, como
si fuesen relaciones entre
equivalentes e iguales que
establecen relaciones individuales
de compra y venta de la fuerza de
trabajo. “El Estado burgués – y la
ideología – sólo tiene sentido como
la negación de la esencia, como
negación de la desigualdad, de la
no-identidad; y de la afirmación de
la apariencia, de la igualdad y
identidad entre los contratantes:
obrero y capitalista, es decir, el
Estado, al afirmase y al tener
lugar; afirma y realiza, al mismo
tiempo, su negación: el no-estado.
Esta función el Estado la realiza en
parte como la ideología que si
realiza, pero en parte
diferentemente de ella, en la forma
de la fuerza material y de la
violencia; de la simple presencia de
la fuerza material o de su
efectividad como “policía”
preventiva o represiva” (FAUSTO,
1987: 301).
El Estado, como expresión
mistificadora de los antagonismos
sociales, para mantenerse, necesita
de un conjunto de instituciones
aparentemente neutrales y con
funciones meramente administrativas,
pero, en lo fundamental, puestas al
servicio de las clases propietarias
y dominantes, beneficiarias del
orden existente.
La centralización y la forma de
organización de la jerarquía
burocrática del aparato estatal es
consecuencia y corresponde al
desarrollo de las fuerzas
productivas y de la división de
trabajo (en la fábrica, en la
organización burocrática del Estado,
en los servicios), de los que
"deriva todo carácter despótico del
ejercicio de las tareas del Estado:
compartimentalización vertical
descendiente, ocultación del
conocimiento de los funcionarios (la
preservación de su conocimiento como
secreto de Estado)" (SAES, 1994:
41), que crean condiciones
ideológicas, el burocratismo,
necesarias a la dominación y
reproducción de las relaciones
burguesas.
EL ESTADO COMO MISTIFICACIÓN Y
EXPRESIÓN DE INTERESES
CONTRADICTORIOS
La existencia del Estado burgués,
complementado y auxiliado por la
Iglesia (la religión y las
ideologías oficiales) sólo es
posible a través de la violencia
organizada y legal, sea por la
represión abierta, sea por la
búsqueda del "consenso", de la "adherencia"
de las clases trabajadoras a la
defensa de la igualdad en “el cielo
o en la tierra”. Por lo tanto, la
burguesía, en su lucha por la
hegemonía, no puede utilizar
solamente la represión, debe buscar
la adherencia de otras clases a su
proyecto civilizatório (económico,
político, ético, ideológico,
cultural, etc.), presentándolo como
si fuera de toda de la sociedad,
para ganar esa adhesión, que se ve a
su vez, condicionada a hacer
concesiones secundarias a otras
clases.
La hegemonía burguesa se afirma y
conquista la "legitimidad" cuando
incorpora a su proyecto
reivindicaciones que superan sus
intereses económicos y políticos
exclusivos e inmediatos y
exterioriza como ejemplos de
universalidad de su Estado (GRAMSCI,
1978: 33). Al incorporar y expresar
esas reivindicaciones como
“igualizadoras de todos los hombres,
cualquiera que sea su condición
socio-económica, el Estado burgués
crea la forma ideológica de la
ciudadanía. Esto significa que, bajo
el Estado burgués, todos los hombres
pueden sentirse como si estuviesen
en las mismas condiciones ante el
Estado; es decir, pasan a sentirse
como iguales uno a los otros en
cuanto elementos relacionados con el
Estado. Y significa también que,
bajo el Estado burgués, todos los
hombres se sienten involucrados en
una relación impersonal con el
Estado. El efecto político principal
de la imposición de normas
igualitarias, así como de la
creación de la forma-ciudadanía por
el Estado burgués es la
individualización de los miembros de
las clases sociales antagónicas y la
consecuente atomización de esas
clases sociales antagónicas.” (SAES,
1994: 129-130)
De hecho, el Estado burgués, en
cuanto elemento de mistificación de
las relaciones de desigualdad y del
antagonismo de clases es un
instrumento de las clases
propietarias que lo utiliza para
asegurarse del monopolio del poder
económico, político-jurídico,
cultural e ideológico organizados
para mantener la opresión y la
explotación de la mayoría de la
población, las clases trabajadoras.
Sin embargo, el Estado contiene en
sí distintas contradicciones y no
manifiesta solamente los aspectos
abordados más arriba, “para Marx,
pues, el Estado no es sólo y
exclusivamente un órgano de la clase
dominante; responde también a los
movimientos del conjunto de la
sociedad y de las otras clases
sociales, según, es obvio, las
determinaciones de las relaciones
capitalistas. Conforme al grado de
desarrollo de las fuerzas
productivas, de las relaciones de la
producción y de las fuerzas
políticas de la sociedad, el Estado
puede adquirir contornos más o menos
claros, revelarse más o menos
directamente vinculado a los
intereses exclusivos de la burguesía.
Incluso, hay ocasiones, en que puede
ser totalmente capturado por una
facción de la burguesía, así como,
en otra ocasión, puede ser
políticamente (no económicamente)
capturado por sectores de la clase
media o por militares.” (IANNI,
1988: 39)
La burguesía, en cuanto clase que
mantiene el monopolio sobre el
Estado, se ve presionada por el
proletariado en lucha e, impedida
para destruirlo, se ve obligada a
hacer concesiones expresando
intereses secundarios de otras
clases. Procediendo así, intenta
reafirmar la apariencia como esencia;
la desigualdad como igualdad; y su
dictadura de clase como democracia.
Al final, el propio dominio de la
burguesía, su supervivencia como
clase y la de su Estado, están en
dependencia directa de la
credibilidad de los trabajadores en
su concepción del mundo y de su
Estado.
El movimiento popular y obrero, y
principalmente el proletariado en la
Comuna, llega por su experiencia
histórica, a la idea de que el
Estado, por más democrática que sea
su forma de gobierno, no representa
alteración esencial en el tipo de
Estado o en su esencia de clase. En
más de un siglo de luchas, de
revoluciones y contra-revoluciones,
los ideales de libertad, igualdad y
fraternidad, de una Republica
social, no se transformaron en
realidad incluso en los periodos de
mayor democracia. El "trazo esencial
de la democracia capitalista: ¡los
oprimidos son autorizados, una vez
cada tres o seis años, a decidir
quién, entre los miembros de las
clases dominantes, será él que, en
el parlamento, los representará y
los aplastará!" (LÊNIN, 1987: 109).
“Es directamente, a través del voto
universal, que la clase poseedora
domina. Mientras la clase oprimida (en
nuestro caso, el proletariado) no
está madura para promover su propia
emancipación, la mayoría de sus
miembros considera el orden social
existente como el único posible y,
políticamente, forma la cola de la
clase capitalista, su línea de
extrema izquierda. Sin embargo, en
la medida en que va madurando para
promover su propia emancipación, se
constituye como un partido
independiente y escoge a sus propios
representantes y no los de los
capitalistas. (...) Por el día en
que el termómetro del voto universal
registra para los trabajadores el
punto de ebullición, ellos sabrán
(tanto como los capitalistas) lo que
les corresponde hacer.” (ENGELS,
1984: 231)
LA COMUNA DE PARÍS Y LA ORGANIZACIÓN
DE
UN NUEVO TIPO DE ESTADO
El proletariado en la Comuna de
París, al enfrentarse con la
violencia institucional y organizada
de las clases propietarias, elimina
el servicio militar obligatorio, el
Ejército permanente y proclama a la
Guardia Nacional proletaria como
única fuerza armada, a la que deben
“pertenecer todos los ciudadanos
válidos" (MARX, 1977: 161). En el
esbozo de la organización estatal
nacional, se propuso la organización
de Comunas en todo el país, que
deberían administrar las cuestiones
colectivas con la más amplia
participación, y, sustituir al
Ejército permanente por "una milicia
popular, con un tiempo de servicio
extremadamente corto. Las Comunas
rurales de cada distrito
administrarían sus asuntos
colectivos" (MARX, 1977: 197).
Esta forma de organización comunal
debe presuponer una relación de
complementariedad entre la
descentralización y la
centralización democrática, como
garantía de la unidad nacional. "La
Comuna es el primer esfuerzo de la
revolución proletaria para demoler
la máquina del Estado burgués; es la
forma política, 'finalmente
encontrada', que puede y debe
sustituir lo que fue demolido."
(LÊNIN, 1987: 69-70)
La Comuna de París, al posicionarse
contraria a la sumisión de Francia y
a la entrega de París a la
dominación prusiana, no lo hace
movida simplemente por el
sentimiento nacional (forma en que
se muestra concretamente la lucha de
clases), sino por una serie de
razones, las cuales, en ese momento,
evidenciaban que la lucha de clases
no se limita a las fronteras
nacionales, a sólo un país: es
internacional, como resultado
demostrado cristalinamente de las
posiciones asumidas por el
proletariado de París y por las
clases propietarias francesas en
alianza con las tropas de ocupación
prusianas.
La Comuna oponiéndose al papel
conservador y reaccionario de la
Iglesia y la religión en Francia
hasta aquel momento, proclama el
Estado laico e intenta eliminar la
fuerza espiritual y el poder
político e ideológico de los curas,
decreta la separación del Estado y
de la Iglesia y la expropiación de
todas las Iglesias como
corporaciones propietarias de
innumerables bienes materiales y
terrenos. “Los sacerdotes son
devueltos al retiro de la vida
privada, a vivir de la caridad de
los fieles, como sus predecesores,
los apóstoles. Todas las
instituciones de instrucción son
abiertas gratuitamente al pueblo y
al mismo tiempo emancipados de toda
interferencia de la Iglesia y del
Estado. Así, no solamente se ponía
la enseñanza al alcance de todos,
sino que la propia ciencia se
redimía de los prejuicios de clase y
del poder del gobierno.” (MARX,
1977: 197).
La organización proletaria en la
Comuna, como primer paso a la
socialización de los medios de
producción, expropia y entrega a
“las organizaciones obreras, bajo la
reservación del dominio, todas las
tiendas y fábricas cerradas, tanto
en los casos de los patrones huidos,
como en el caso de preferir
suspender el trabajo" (MARX, 1977:
203). Progresivamente, “la Comuna
pretendía abolir esa propiedad de
clase que convertía el trabajo de
muchos en la riqueza de algunos
pocos. La Comuna aspiraba a la
expropiación de los expropiadores.
Pretendía hacer de la propiedad
individual una realidad,
transformando los medios de
producción, la tierra y el capital,
que hoy son fundamentalmente medios
de esclavización y de explotación
del trabajo, en simples instrumentos
del trabajo libre y asociado. (...)
La clase obrera no esperaba de la
Comuna ningún milagro. Los obreros
ya no tienen ninguna utopía lista
para introducir “par décret du
peuple”. Ellos Saben que para
conseguir su propia emancipación, y
con ella esa forma superior de vida
para la que tiende irresistiblemente
la sociedad actual, por su propio
desarrollo económico, tendrán que
enfrentar largas luchas, toda una
serie de procesos históricos que
transformarán las circunstancias y
los hombres. Ellos no tienen que
lograr ningún ideal, sino
simplemente librar los elementos de
la nueva sociedad que la vieja
sociedad burguesa agonizante trae en
su pecho.” (MARX, 1977: 200).
La dictadura del proletariado, como
organización estatal transitoria,
expresa los intereses fundamentales
de la clase obrera y de las clases
trabajadoras en general, por ser el
instrumento para la eliminación de
la propiedad privada de los medios
de producción y del capital; la
destrucción de la sociedad de clases;
la liquidación de las clases
explotadoras; y la construcción de
la sociedad sin las clases, el
comunismo. “Así, el concepto de
“dictadura del proletariado”
significa, simplemente, el poder de
Estado (dictadura) de la clase
obrera (del proletariado), que
compone junto con los otros
trabajadores, la mayoría de la
sociedad. Como el objetivo más
amplio de la revolución proletaria
está exactamente superar la división
de la sociedad en clases, el Estado
(como órgano de la dominación)
también debe ser superado. El
reconocimiento de que incluso el
poder político de los trabajadores
(como cualquier poder político) es
una dictadura, mantiene la
perspectiva de que es un Estado
transitorio a ser superado, y no
perpetuado.” (FERNANDES, 1990: 9).
El socialismo, entendido como la
primera fase del comunismo, es una
necesidad y corresponde a un periodo
de transición, necesario para la
construcción de las condiciones para
la sociedad sin clases. “Entre la
sociedad capitalista y la sociedad
comunista media el periodo de la
transformación revolucionaria del
primero en el segundo. Este periodo
también corresponde a un periodo
político de transición, cuyo Estado
no puede ser otro que la dictadura
revolucionaria del proletariado.”
(MARX, 1977: 239).
La dictadura del proletariado se
relaciona con la forma asumida por
el Estado proletario en el
socialismo. Aquí es necesario
diferenciar la apariencia, respecto
a la forma, de la esencia, que se
relaciona con el contenido de clase
del Estado. El análisis político de
Marx revela la idea principal de
clase del Estado, permitiendo
entenderlo como un órgano de
dominación, y su contenido social,
como definido por la(s) clase(s) que
ejerce(m) su dominación a través del
aparato estatal. En este sentido (y
solamente en este), todo Estado es,
en su esencia, una dictadura. Por
consiguiente, el Estado socialista,
que corresponde al periodo de la
transición del capitalismo al
comunismo, el no-estado, al
presentarse fundamentalmente como
proletario, se revela como una
dictadura del proletariado; es decir,
una organización estatal con el
objetivo de construir las
condiciones que permitan que va se
extinguiendo hasta su extinción
completa.
La duración de este periodo aparece
determinado por la persistencia y
por la necesidad de superación de
factores económicos, sociales,
políticos, culturales, etc., que
impiden el pleno desarrollo de las
fuerzas productivas que dificultan
la superación de la escasez, de la
persistencia de las diferencias
fundamentales entre la clase obrera
y el campesinado, entre el campo y
la ciudad, entre trabajo físico y el
trabajo intelectual; factores que
separan al capitalismo del
comunismo.
En este sentido, puede afirmarse que
la dictadura del proletariado, forma
proletaria del Estado socialista,
corresponde a la más amplia
democracia (apariencia bajo la que
se ejerce el poder político), y es
un poder estatal que, al explicitar
su contenido de clase, se afirma
como no-estado y permite que sean
creadas las condiciones para su
extinción. La democracia proletaria
sirve para designar no sólo el
Estado socialista-proletario, sino
también el componente no-estatal de
la dominación de la clase proletaria,
es decir, la necesidad de que, en el
propio momento en que se implanta el
socialista-proletario, empiece la
desestatización progresiva de las
tareas administrativas y militares.
En este nivel específico, democracia
proletaria designa la esfera
no-estatal: la gestión de masa,
realizada para las organizaciones de
trabajadores de cada unidad de
producción particular y del conjunto
del aparato productivo; el desempeño
directo, por la población armada, de
las tareas de defensa nacional; la
resolución de los conflictos ínter
individuales no sumisa a la
magistratura formal y realizada en
los propios lugares de trabajo
(fábrica, granja) o de habitación (barrios,
bloques). (SAES, 1987: 31).
La persistencia de esas
características, hace indispensable
la planificación, la intervención
estatal proletaria, con el objetivo
de eliminar las diferencias y los
restos de las viejas relaciones
entre clases; y de disminuir,
minimizar y eliminar esas
contradicciones. La dictadura del
proletariado, durante la
organización estatal necesaria al
periodo de la transición del
capitalismo al comunismo, se
extingue gradualmente, en la medida
en que se da el pleno desarrollo de
las fuerzas productivas y se crean
las condiciones objetivas y
subjetivas para la extinción del
Estado.
El Estado no es un fenómeno eterno.
Surgió y desaparecerá en
determinadas condiciones históricas
(económicas, sociales, políticas).
No de una hora a otra,
inesperadamente, por ordenanza o
deseo subjetivo, sino, gradualmente,
en la proporción en que se creen las
condiciones para la extinción de las
clases y la construcción de la
sociedad sin clases, el Comunismo.
Madrid, invierno/2001.
BIBLIOGRAFÍA
COSTA, Silvio (1998): Comuna de
Paris: o proletariado toma o céu de
assalto. São Paulo / Goiânia: Anita
Garibaldi / Universidade Católica de
Goiás.
ENGELS, F. (1984): A origem da
família, da propriedade privada e do
Estado. São Paulo: Global.
__________ (1977): “Introdução a
Guerra civil na França”. En MARX &
ENGELS (1977): Textos. São Paulo:
Alfa-Ômega.
FAUSTO, Ruy (1987): Marx: lógica e
política: investigações para uma
reconstituição do sentido da
dialética. 2 v. São Paulo:
Brasiliense.
FERNANDES, Luís (1990): “Democracia:
Valor Histórico”. In Princípios, nº
19. São Paulo: Anita Garibaldi,
noviembre-enero.
GONZÁLEZ GARCÍA, José M. (1989): La
máquina burocrática. (Afinidades
electivas entre Max Weber y Kafka).
Madrid: Visor. Colección La balsa de
Medusa 29.
GRAMSCI, Antônio (1978): Maquiavel,
a política e o Estado moderno. 3 ed.
Rio de Janeiro: Civilização
Brasileira.
IANNI, Octávio (1988): Dialética &
Capitalismo. Ensaios sobre o
pensamento de Marx. Petrópolis:
Vozes.
LÊNIN, V. I. (1987): O Estado e a
Revolução: o que ensina o marxismo
sobre o Estado e o papel do
proletariado na Revolução. São
Paulo: Hucitec.
__________ (1979): “A falência da II
Internacional”. En LÊNIN, V. I.
(1979): Obras escolhidas. 3 vol. São
Paulo: Hucitec.
LISSAGARAY, Hippolyte
Prosper-Olivier (1991): História da
Comuna de 1871. São Paulo: Ensaio.
MARX, KARL (1975): “O 18 Brumário de
Luís Bonaparte”. En Marx. 2. ed. São
Paulo: Abril Cultural. (Col. Os
Pensadores).
__________ (1975): “Para a crítica
da economia política”. En Marx. 2.
ed. São Paulo: Abril Cultural. (Col.
Os Pensadores)
__________ (1987): A Burguesia e a
contra-revolução. São Paulo: Ensaio.
__________ (1977): “A guerra civil
na França”. En MARX, K.; ENGELS, F.:
Textos. 3 v. São Paulo: Alfa-Omega.
MARX, K.; ENGELS, F (1978): O
Manifesto Comunista. 2. ed. Prefácio
e introdução Harold Laski. Rio de
Janeiro: Zahar.
MOURA, Clovis (1991): “París, 1871:
Revolução e Contra-Revolução”. En
Principios, nº 21. São Paulo: Anita
Garibaldi, mayo-julio.
PALÁCIOS, Gonçalo Armijos (1995): A
verdade sobre “A Ideologia Alemã”.
Goiania.
POULANTZAS, Nicos (1977): Poder
político e classes sociais. São
Paulo: Martins Fontes.
RUY, José Carlos (1991): “O
socialismo está morto. Viva o
socialismo!”. En Principios, nº 21.
São Paulo: Anita Garibaldi,
mayo-julio.
SAES, Décio (1987): Democracia. São
Paulo: Ática. (Série Princípios,
112)
__________ (1994): Estado e
Democracia: ensaios teóricos.
Campinas: IFCH/Unicamp. (Col.
Trajetória 1)
TODD, Allan (2000): Las
revoluciones. 1789-1917. Madrid:
Alianza.
__________
(*) . Autorizada la reproducción (impresión
y publicación) integral o de
cualquier ensayo. En caso de
publicación, se solicita la
gentileza de comunicárselo al autor
y de enviarle copia. Contactos por
E-mail: silviocostabrasil@hotmail.com
o silvio.costa@terra.com.br
(**) . Profesor de Sociología y
Ciencias Políticas en la Universidad
Católica de Goiás (Brasil).
Actualmente, doctorando en la
Universidad Complutense de Madrid.
Es autor de Tendências e Centrais
Sindicais: o movimento sindical
brasileiro de 1978 a 1994 (1995);
Comuna de Paris: o proletariado toma
o céu de assalto (1998), y Revolução
e Contra-Revolução na França (1999),
publicados en Brasil, por las
Editoriales de la Universidad
Católica de Goiás (Goiânia) y Anita
Garibaldi (São Paulo). Es
organizador de: Estado e poder
político: do realismo político à
radicalidade da soberania popular
(1998. Editorial de la Universidad
Católica de Goiás) y Concepções e
formação do Estado brasileiro (1999.
Editorial Anita Garibaldi). E-mail:
silviocostabrasil@hotmail.com
RESUMEN
La evaluación de la Comuna produce
análisis antagónicos: de un lado, el
de los conservadores y liberales y
de otro, de los marxistas. La teoría
marxista, nos permite señalar no
solo sus debilidades, sino sus
enseñamientos. De entre sus errores:
la “liberalidad” ante el enemigo, la
ausencia de una organización y un
comando político centralizado, la
falta de unidad política y el
profundo respecto a la propiedad
burguesa. De entre sus enseñamientos:
su contribución a la consolidación y
profundización de una teoría
revolucionaria, donde tiene destaque
la posibilidad de la organización de
una nueva sociedad – una República
social – y de un nuevo tipo de
Estado. Demostró que el Estado no es
un fenómeno eterno. Surgió y
desaparecerá en determinadas
condiciones históricas, no de una
hora a otra, inesperadamente, sino,
gradualmente, a la proporción en que
se crean las condiciones para la
extinción de las clases y la
construcción de la sociedad sin
clases, el Comunismo.
ABSTRACT
The evaluation of the Commune
produces an antagonistic analysis:
As one side, that of the
conservatives and liberal and on the
other, that of the Marxists. The
Marxist theory, allows us to point
out not only its weaknesses, but
also its lessons to be learnt. Among
their errors: the "liberality"
before the enemy, the absence of an
organization and a centralized
political commanding body, the lack
of political unity and the profound
respect towards the bourgeois
property. Among the lessons: their
contribution to the consolidation
and extensive study of a
revolutionary theory, in which it
highlights the possibility of
organizing a new society – a social
Republic – and of a new type of
State. It demonstrated that the
State is not an eternal phenomenon.
It emerged and it will disappear
under certain historical conditions,
not a rapid unexpected, but gradual,
to the expert that conditions are
created for the extinction of the
class system and the construction of
a society without classes, Communism.
ANEXOS
Decidi por publicar os dois anexos a
seguir, pois considero que os mesmos
são completares e preenchem lacunas
na série de artigos que redigi sobre
a Comuna de Paris de 1871. Soma-se a
isto, a expectativa em contribuir
com o debate, de grande atualidade e
significado político, sobre alguns
princípios de organização partidária
que vieram a público a propósito das
recentes votações da Reforma da
Previdência e que, sem dúvida,
repercutirão nos debates
relacionados à reforma partidária,
atualmente em tramitação no
Congresso Nacional.
O primeiro anexo , tece algumas
considerações sobre a série de
artigos que redigi, a propósito das
atividades comemorativas aos 150
anos da Comuna de Paris de 1871.
Elaboradas pelo Grupo de Propaganda
Marxista (GPM), de Madri, as
considero pertinentes e, de certa
forma, complementares aos textos em
questão.
O segundo anexo, de autoria de
Rogério Lustosa (de saudosa
memória), trata de um tema
criticado, atacado e de forma
sectária, é distorcido e
tergiversado. Mas, esse principio
básico, o denominado
centralismo-democrático, é adotado e
aplicado não só pelo Partido
Comunista do Brasil (PC do B),
partido reconhecidamente
marxista-leninista, quando puniu em
novembro de 2003, a três de seus
deputados federais que votaram
contrariando orientação partidária
em relação à Reforma da Previdência,
e o Partido dos Trabalhadores (PT),
que em dezembro de 2003, mesmo sendo
critico aos princípios
marxista-leninistas de organização
partidária, adota-o como válido e,
baseado no principio de existência
de um centro dirigente unificado e
de acatamento pela minoria, das
decisões majoritárias, aplica-o aos
chamados dissidentes, ou seja, aos
militantes da esquerda petista, que
dizendo-se defensores do programa
partidário, manifestaram-se
publicamente e votaram no Congresso
Nacional, contrários a orientação
majoritária.
Esperamos estar, que com estes
anexos, contribuindo para ampliar as
informações transmitidas, através da
série de artigos sobre a Comuna de
Paris e fornecer algumas informações
que possam contribuir nos debates
sobre os princípios de organização
partidária, que sem dúvidas, serão
proporcionados no decorrer das
polêmicas suscitadas pela Reforma
Partidária.
1 . Avaliação e posicionamento do
Grupo de Propaganda Marxista
(Madrid – España)
Estimado Silvio Costa:
Recibimos tu mensaje con el
documento anexado al que hacías
referencia. Al respecto comentarte
que ya teníamos conocimiento de él,
puesto que nos fue remitido por el
compañero paraguayo Nicolás, de
"Tribuna Obrera", que recibimos
adjunto a una nota en la que nos
recomendó la lectura de tu ensayo
que consideró meritorio, cosa que
nosotros hemos podido confirmar y te
felicitamos.
Como quiera que somos pocos y
estamos bastante urgidos por otras
tareas que también llevamos
atrasadas, dada la extensión del
documento no hemos podido emitir
nuestro juicio antes de las
efemérides que, según nos anunciaste
en otro mensaje, ha debido tener
lugar en Sao Paulo.
Es laudable el esfuerzo realizado
por ti para rescatar del ostracismo
al que se ha visto relegada una -
breve pero trascendental -
experiencia de poder de la clase
obrera, cuyos errores se explican
por ser la primera, por no haber
podido recibir el testigo de
generaciones precedentes que no
pudieron dejar siquiera por unos
días su condición de clase
subalterna. De ahí que la Comuna de
París esté preñada de enseñanzas
imposibles de dejar al margen a la
hora de reemprender la construcción
de un futuro cuyos auténticos
protagonistas sean los asalariados
emancipados.
A las organizaciones revolucionarias
que aspiran a transformar de verdad
la realidad social que padecemos,
nos es necesario rescatar la memoria
histórica, pero no para recrearnos
en ella, sino para sumar a nuestro
acervo lo que de positivo hay en
ella y criticar, sin prejuicios ni
compasión los errores pretéritos,
para no volver a cometerlos.
En el capítulo titulado “La Comuna
de París y el internacionalismo
proletario” describes cómo la idea
de Nación impulsada por la burguesía
francesa desde 1793, ha servido para
diluir la contradicción entre
capital y trabajo, que de forma
subjetiva encarnan los burgueses y
los proletarios, unificando a los
poseedores y desposeídos con el
objetivo común de la defensa del
Estado-Nación; es decir, que la idea
de la Patria sólo sirve para que las
clases subalternas, entre las que se
encuentra la clase obrera, se
identifiquen con los objetivos de la
burguesía. Estamos de acuerdo en eso,
pero quizás sería conveniente añadir
que la idea de Estado-Nación, que ha
servido a los intereses de las
burguesías unificadas en torno a una
lengua y cultura comunes, ha surgido
como una necesidad objetiva sobre la
cual cabalgó su instrumentación
ideológica y política, la de
conformar el nuevo mercado
capitalista nacional, eliminando los
obstáculos que, bajo la forma de
tributos, los distintos feudos
habían venido erigiendo a la libre
circulación de la riqueza al
interior de un mismo territorio
nacional, condición sine qua non,
para concretar el proceso de
acumulación del capital nacional en
la etapa temprana de la sociedad
burguesa.
Aun cuando a costa de su propia
derrota, en 1871 el proletariado
parisino comprendió perfectamente
cómo, llegado el momento decisivo,
las distintas burguesías nacionales
de diferentes países están
dispuestas a dejar de lado sus
diferentes intereses fraccionales de
clase para dejar a salvo su común
interés como clase universal: la
propiedad privada sobre los medios
de producción, fundamento absoluto
del modo de producción capitalista.
Esta verdad teórica del
internacionalismo burgués
empíricamente confirmada por los
comuneros de París, es hoy cada día
más real en la práctica, cuando el
capitalismo tardío encuentra cada
vez menos trabas a la movilidad de
los capitales, moviendo miles de
millones de unidades monetarias en
fracciones de segundo de un lado a
otro del planeta; disolviendo las
limitaciones políticas que le
imponen las fronteras nacionales;
desprendiéndose como las serpientes
de su piel para poder crecer en otra
fase superior, en este caso, lo que
los capitalistas mudan son las
fronteras de los actuales
Estados-Nación, para conformar otros
espacios económicos más amplios,
como la U.E. o el Mercosur. Esta
lógica de desarrollo, que está en la
esencia misma del capital, es la que
está sentando las bases de forma
objetiva para que hoy, más que
nunca, sea posible el
internacionalismo proletario.
Cuando tú dices en el capítulo
titulado “enseñamientos (enseñanzas)
de la Comuna de París” que:
Desde el punto de vista político son
varios los errores cometidos en
general por la benevolencia y
“liberalidad” ante el enemigo de
clase y por la ausencia de una
organización y un comando político
más centralizado, que contribuyó a
la falta de unidad política entre
las distintas iniciativas del
Consejo de la Comuna y de su Comité
Central, lo que repercutió
negativamente en la unidad política
de la reacción. (el subrayado es
nuestro)
Lo que estás poniendo de manifiesto,
aunque no lo mencionas en ninguna
parte del trabajo, es la necesidad
de un partido comunista con
capacidad teórica y política para
aglutinar al proletariado,
conducirle a la toma del poder e
iniciar la construcción del
comunismo; para que triunfos como el
que los comuneros de París ganaron
en las barricadas no se pierdan a la
hora de construir otro orden social
nuevo, orden social que para su
construcción implica la destrucción
del anterior sistema, como tú te
encargas de explicar más adelante en
el texto:
Marx y Engels que ya venían
estudiando y elaborando a partir de
las experiencias, revolucionarias o
no, una nueva concepción de Estado,
con la Comuna de París formulan la
idea de que la realización de la
democracia económica, social y
política sólo es posible con la
eliminación de las relaciones y
estructuras jurídico-políticas,
burocráticas y militares, que
corresponden a la dictadura de la
burguesía. Contraponen a la
dictadura (=democracia) burguesa un
nuevo tipo de Estado, la dictadura
(=democracia) del proletariado, que
responde a una nueva forma de
organización social, con la
atribución fundamental de crear las
condiciones materiales necesarias
para la eliminación de la sociedad
de clases y para la construcción de
una sociedad sin clases, una
sociedad comunista.
Y, como ya dijera Marx en “El 18
Brumario de Luis Bonaparte”
distinguiendo entre la revolución de
carácter comunista y todas las
revoluciones habidas hasta la
aparición del proletariado moderno:
...Todas las revoluciones
perfeccionaban esta máquina en vez
de destrozarla. Los partidos que
luchaban alternativamente por la
dominación, consideraban la toma de
posesión de este inmenso edificio
del Estado como el botín principal
del vencedor... ( Karl. Marx: Op.
Cit. Cap. VII)
En "El Estado y la Revolución" Lenin
cita este pasaje al que califica de
notable avance -"un trecho enorme",
dice- en el análisis de Marx sobre
la cuestión del Estado en general
respecto de lo que él y Engels
habían pensado y dicho en el "Manifiesto".
En efecto, en 1848, Marx y Engels
pensaban que:
El objetivo inmediato de los
comunistas es el mismo que el de
todos los demás partidos proletarios:
constitución de los proletarios en
clase, derrocamiento de la
dominación burguesa, conquista del
poder político por el proletariado.
(Marx-Engels: Op.cit. cap II.
Subrayado nuestro)
En 1852 Marx llegó a la conclusión
de que para hacer efectiva la
revolución comunista, al
proletariado no le basta con la
conquista del Estado burgués,
necesita destruir esa maquinaria de
poder. Y no sólo eso, sino que debe
empezar a destruir el Estado en
general, como maquinaria burocrática
y militar represiva al servicio de
la clase o casta social dominante. Y
ese primer paso impostergable
consiste en implantar la democracia
obrera plena y el armamento del
pueblo, dos conceptos que Marx
aprendió en 1871 de los comuneros
parisinos e hizo suyos para
completar el concepto de "dictadura
del proletariado" como un tipo de
Estado -"distinto por principio",
dice Lenin comentando los pasajes de
Marx en su "Guerra Civil en
Francia"- que lleva la
sustancia-sujeto de su propia
destrucción:
Por tanto, la Comuna sustituye la
maquinaria estatal destruida, en
apariencia "sólo" por una democracia
más completa: supresión del ejército
permanente y completa elegibilidad y
amovilidad de todos los funcionarios.
Pero, en realidad, este "sólo"
representa un cambio gigantesco de
unas instituciones por otras de un
tipo distinto por principio. Aquí
estamos precisamente ante uno de
esos casos de "transformación de la
cantidad en calidad": la democracia
llevada a la práctica del modo más
completo y consecuente que puede
concebirse, se convierte de
democracia burguesa en democracia
proletaria, de un Estado (fuerza
especial para la represión de una
determinada clase) en algo que ya no
es un Estado propiamente dicho.
(V.I. Lenin: "El Estado y la
revolución" Cap. III.2. Subrayado
nuestro)
Para ser del todo didácticos al
explicar la transformación del
Estado por la dialéctica entre
cantidad y calidad, es necesario ser
más explícitos. Porque con la
revolución obrera no estamos ante un
simple cambio de gobierno que
conserva la misma esencia social,
como es el caso del agua cuando, por
efecto de las cantidades de calor
alcanza la medida en que cambia del
estado líquido al gaseoso pero sin
dejar por eso de ser esencialmente
agua. Lo mismo puede decirse del
capital acumulado cuando su masa
colma la medida en que le hace pasar
del estado de libre competencia al
de monopolio; sigue siendo el mismo
capital aun cuando bajo otra forma
de dominio. En el contexto del
pasaje que acabamos de citar, no hay
duda de que, por efecto de la lucha
revolucionaria, el Estado cambia de
cualidad o forma de manifestación.
Pero como bien dice Lenin, es una
forma "distinta" que afecta a su
esencia social, de modo que, en
efecto, el Estado cambia de cualidad
o forma de manifestación, pero es un
cambio que le hace perder sustancia
represiva -que esa es su razón de
ser como Estado en general- hasta el
punto de que se puede hablar con
todo rigor y legitimidad teórica, de
un Estado en proceso catabólico de
extinción. Y el principio activo
garante de este proceso está en el
accionar político y orgánico
independiente del proletariado
consciente: el partido.
Esto quiere decir inequívocamente
que, desde el momento en que
mediante el partido o conciencia de
clase en acción, el proletariado
alumbra su propio Estado de clase,
mientras esa condición suficiente de
la conciencia de clase trasmutada en
acción independiente del partido no
remita hasta la completa inacción -sea
por aniquilamiento o por
degeneración ideológica y política-
el Estado en general, esto es, como
maquinaria represiva, tiende a
desaparecer:
Esta conclusión es lo principal, lo
fundamental en la doctrina del
marxismo sobre el Estado. Y
precisamente esto, que es lo
fundamental, es lo que no sólo ha
sido olvidado completamente por los
partidos socialdemócratas oficiales
imperantes, sino que ha sido
evidentemente tergiversado (...) por
el más destacado teórico de la IIª
Internacional, K. Kautsky. (V.I.
Lenin: Ibíd)
En efecto, una vez que renegó del
marxismo, sin dejar pasar un minuto
Kautsky hizo valer su prestigio y
fama de preclaro marxista europeo
para falsificar aviesamente el
pensamiento de Marx. Así fue cómo,
respecto del concepto de "dictadura
del proletariado", Kautsky se
inventó que Marx se refería a una
eventual "situación de dominio"
político ejercido por los
asalariados dentro del Estado
burgués en virtud de la democracia
comicial; no para destruir ese
Estado sino para conservarlo
quitándole su esencia represiva,
esto es, su condición de Estado.
Toda una contradicción en sí misma.
...debido a que el Estado ha nacido
de los antagonismos de clase, su
naturaleza es bélica; es un
instrumento de lucha de las clases
dominantes en el Estado y por medio
del Estado, contra los enemigos
internos y externos. Nosotros
queremos extirpar del Estado esta
naturaleza bélica; queremos que no
esté en condiciones de sostener una
guerra contra los estratos
explotados y oprimidos del propio
país, ni que emplee la guerra para
la explotación y la opresión del
extranjero... (K. Kautsky:
"Democracia y parlamentarismo"
Prólogo a la segunda edición.
Febrero de 1911)
Con esta interpretación Kautsky
intentó enterrar la idea
revolucionaria anunciada por Marx en
1852, según la cual, la existencia
de un Estado sin esencia represiva
en una contradicción en sí misma, y
que el primer acto del proletariado
en el ejercicio de su dictadura de
clase consiste no ya en ocupar el
Estado burgués típico, sino en
destruirle junto con su democracia
formal parlamentaria, dando así el
primer paso en dirección a la
destrucción de todo tipo de Estado.
En otro orden de cosas, quisiéramos
hacerte llegar la reflexión que
hicimos hace unos años sobre la
actual situación de derrota
ideológica de la clase obrera a raíz
de la caída de los regímenes de los
países del llamado “socialismo
real”:
Estamos ante un retroceso
estratégico del proletariado mundial
de dimensiones semejantes al que
tuvo lugar tras la derrota de la
Comuna de París en 1871, que preparó
las condiciones para la
relanzamiento de largo plazo del
capitalismo internacional.
Estimamos que el proceso de
consolidación del capitalismo en
Europa del Este, tanto como la
contrarrevolución burguesa en curso
administrada por la burocracia
“comunista” en China y la URSS,
suponen una derrota estratégica del
proletariado a escala mundial.
Sin duda es ésta una tragedia de
mayor trascendencia ideológica y
política que la caída de la Comuna
de París. ¿Por qué?
Pues, porque el ejercicio del poder
obrero en aquellas circunstancias se
agotó en tres meses y fue muy poco
más allá de la lucha en las
barricadas contra la Guardia
Nacional francesa y el ejército
alemán.
Aunque dejó valiosísimas enseñanzas
para el futuro, aquella experiencia
de ejercicio del poder por parte de
los comuneros duró muy poco, de modo
que el proletariado internacional no
vio todo aquello como un fracaso de
la gestión socialista, sino como la
derrota militar de un alzamiento.
En cambio, la autodisolución de lo
que el mundo conoció como
“socialismo real”, constituye la más
profunda incursión del dominio
burgués al interior de la conciencia
individual de los asalariados en
toda su historia, porque a los ojos
del proletariado este hecho aparece
hoy como el resultado final sin
solución de continuidad de la
gloriosa revolución obrera de
octubre, con lo cual, la burguesía
ve reforzada su idea ante la opinión
pública mundial, de que los
asalariados no están hechos más que
para ser mandados por los patrones
capitalistas y que todo nuevo
intento no puede desembocar sino en
otro fracaso.
Para nosotros este hecho es, pues,
de una proyección política
contrarrevolucionaria que tal vez no
alcance a medirse en decenios,
aunque sí en varios lustros. ”Qué
somos” apartado “breve apunte de la
situación actual” http://www.nodo50.org/gpm
Esperamos que esté de acuerdo en los
tres aspectos sobre los que nos
manifestamos, es decir, la necesidad
del Partido revolucionario de la
clase obrera, el cambio fundamental
de la concepción de Marx sobre cómo
debe ser el Estado Socialista y
sobre el distinto peso que sobre la
conciencia de la clase obrera
ejercen las derrotas, como las de la
Comuna o la Revolución Socialista de
Octubre, mucho antes de la caída del
muro de Berlín. Si no fuera así,
esperamos tu respuesta.
Por lo demás, decirte que, en
esencia, estamos de acuerdo con tu
trabajo sobre la “Comuna de París”.
Saludos revolucionários
Grupo de Propaganda Marxista (GPM)
2. Valiosas indicações para a
construção do Partido
Rogério Lustosa
O movimento abriu caminho pelo
ímpeto do povo.
Mas carecia de um programa e
definição
Das tarefas essenciais, coisas que
só um Partido pode orientar.
A Comuna é um exemplo da fantástica
capacidade transformadora das
massas. Diante de uma oportunidade
concreta de enfrentar seus inimigos,
os trabalhadores realizaram
prodígios com os poucos recursos que
tinham à mão. Enfrentaram forças
muito superiores, revelaram imensa
criatividade e, apesar da falta de
um programa sistemático e coerente,
tomaram iniciativas revolucionárias
de grande significado.
Embora seja uma experiência limitada
– pelas circunstâncias concretas da
situação – representa uma
demonstração convincente de como
transformações sociais são obras das
grandes massas e não um processo
esquemático, traçado previamente por
cérebros iluminados.
A revolução assemelha-se à explosão
das águas que rompem uma barreira e,
no choque com os obstáculos, procura
o caminho apropriado.
Mas, por outro lado, a atividade dos
comunardos comprovou que a energia
revolucionária se perde quando não é
canalizada e organizada por um
Partido. Um destacamento de combate
capaz de compreender cientificamente
a situação e, de forma global,
avaliar as tarefas mais importantes,
traçar uma estratégia e as táticas
adequadas a unir os esforços de
milhares de braços que se levantam.
Um núcleo que oriente o centro de
explosão para o coração do inimigo
e, com isto, utilize plenamente o
potencial das forças acumuladas.
Os combatentes de Paris eram, na
grande maioria, operária. Mas eram
lutadores apoiados mais no instinto
de classe do que em conceitos e
programas. Nesta época, o marxismo
já tinha razoável penetração no
movimento operário. Esta influência,
entretanto, ainda não se traduzia em
organização política do
proletariado. Faltava aos comunardos
um partido com visão revolucionária
da sociedade e das transformações
exigidas. Mesmo assim, no curso da
luta, as idéias socialistas fizeram
com que a maioria das orientações
adotada tivesse nítido caráter
revolucionário e, inclusive, fossem
contra as doutrinas
pequeno-burguesas então dominantes –
mesmo entre os dirigentes do
movimento.
Os trabalhadores parisienses
contavam com os sindicatos e com as
seções francesas da Associação
Internacional dos Trabalhadores,
ainda muito débeis. Com o
desenvolver da luta, o povo se
organizava em clubes que já existiam
antes da Comuna, mas com papel muito
limitado.
Tais clubes, entretanto, formados
espontaneamente, não se construíam
em bases político-ideológicas
unificadas, possuíam uma estrutura
muito rudimentar e pouca ligação uns
com os outros, não tinham capacidade
de dirigir um movimento
revolucionário tão vasto.
Dedicavam-se a elevar a “educação do
povo pelo povo”, como proclamavam os
estatutos dos Clubes Proletários, e
“uniam-se para fazer triunfar a
revolução”, como declarava o Clube
Nicolas-des-Champs.
A variedade de concepções entre os
comunardos dificultava a definição
de objetivos comuns e a unidade de
ação mais ampla. O movimento abria
seu caminho um pouco pelo ímpeto
revolucionário das massas, um pouco
por iniciativas dos mais avançados,
um pouco pelo espírito prático dos
trabalhadores, com base em
formulações bastante gerais sobre a
nova sociedade. A ideologia do
proletariado, sistematizada pelo
marxismo, ainda não tinha condições
de galvanizar o processo social.
Entre os representantes eleitos para
o Conselho da Comuna, a maioria se
dizia de revolucionários
independentes – com muitas idéias,
mas sem capacidade de transformá-las
em um plano revolucionário.
Outra parte era de republicanos,
defensores de um socialismo um pouco
romântico, impreciso (Lênin os chama
de jacobinos sem povo). Uma parte
era de blanquistas, seguidores de
Blanqui (preso em Versalhes), velho
revolucionário, abnegado, mas preso
a uma visão imediatista com grande
incompreensão sobre o papel das
massas e do próprio processo
revolucionário. Cerca de 30
conselheiros eram ligados à
internacional, porém com pouca
unidade ideológica. Boa parte deles
estava sob domínio das concepções
anarquistas – e reformistas – de
Proudhon. Só uns poucos, como
Frankel e Varlin, tinham proximidade
com as idéias de Marx – mesmo assim,
exerceram razoável influência sobre
os demais e fizeram enorme esforço
para manter Marx informado dos
acontecimentos. E este, por sua vez,
mesmo à distância, dedicou-se com
entusiasmo à tarefa de ajudar os
insurretos com algumas orientações.
Dos 90 membros do Conselho, 25 eram
operários. Militantes autênticos,
conhecidos do povo. Mas não
representavam um partido. Nem mesmo
se inspiravam na ideologia operária.
Eram também portadores de concepções
marcadamente pequeno-burguesas,
republicanas e proudhonista. Apesar
disto, revelaram-se os mais lúcidos
e coerentes. Embora não fossem
marxistas, na ação prática se
aproximaram das orientações mais
revolucionárias. Por sua bravura e
combatividade, eles arrastaram a
maioria para um caminho mais próximo
às exigências da luta de classes,
com as debilidades já vistas.
Entretanto, a vida ensinou – e vem
confirmando seguidamente – que só o
instinto revolucionário não é capaz
de conduzir à revolução. Sem
compreender o alcance da luta de
classes, os comunardos não
perceberam que a burguesia, ao
retirar-se para Versalhes, realizava
uma manobra estratégica para
acumular forças e, a seguir, esmagar
a revolta de Paris. Tiveram
excessivo respeito pelas
formalidades e pelas instituições.
Vacilaram em reprimir os inimigos,
apressaram-se em fazer eleições,
tiveram escrúpulos em se apoderarem
do Banco da França. A afobação em
fazer eleições resultou, inclusive,
em que 15 representantes da
burguesia conseguissem votação
suficiente para ocupar cadeiras no
Conselho da Comuna (logo passaram a
sabotar o movimento e se demitiram).
Também por falta de visão histórica,
não buscaram apoio dos camponeses.
Só muito mais tarde, a 28 de abril,
aprovou-se um “Apelo aos
Trabalhadores do Campo”. Por tudo
isto, como afirmou Lênin, ficaram a
meio caminho. E permitiram à
burguesia retomar a ofensiva.
É fácil compreender tais
debilidades. O nível de
desenvolvimento das forças
produtivas era pequeno. Boa parte
dos operários trabalhava em fábricas
pequenas ou médias. A classe
operária não tinha noção exata de
sua força e de suas tarefas no
movimento revolucionário.
A Comuna, e inúmeras experiências
posteriores, demonstraram que o
proletáriado não tem como exercer
sua hegemonia sem a constituição de
um partido de classe, diferente, com
visão cientifica da sociedade, que
saiba como agem as outras classes,
que interprete corretamente o que
cabe aos trabalhadores realizar e
que alianças devem consolidar, assim
como os alvos principais a serem
atacados. Uma organização com
perspectiva histórica e idéias
revolucionarias, que reúna os
elementos avançados e faça com que,
através da estreita ligação destes
com as grandes massas, o conjunto do
movimento popular tenha uma direção
conseqüente.
Não se pode pensar conseqüentemente
em revolução sem tratar da
organização de sua força mais
destacada, que é a classe operária.
Este foi um problema na Comuna e é
um problema geral, para todos os
países na atualidade.
Mas a ligação com as massas e a
capacidade de disputar posições e
influenciar a maioria – mesmo em
situação difícil – como fizeram os
operários da Comuna, precisam ser
relembrados em nossos dias.
Em não raras ocasiões, destacamentos
operários agem, até hoje, como se
bastasse a definição pelo
marxismo-leninismo e a decisão
formal aos princípios para assegurar
a posição dirigente. Transformam,
assim, o posto de vanguarda em um
“status” automaticamente
estabelecido e não uma condição dia
a dia conquistada, teórica e
praticamente.
Tal atitude tem provocado o
afastamento dos trabalhadores,
deliberações fora da realidade,
conclamações pomposas e vazias. E ao
esvaziamento de tais partidos.
Em países onde se iniciou a
construção do socialismo, este
fenômeno se manifestou de forma mais
aguda. A posição de vanguarda passou
a ser definida em Constituição: “A
força dirigente é o Partido
Comunista.” E pronto. A atividade
apoiada na dialética foi então
substituída por procedimentos
burocráticos. O Partido assumiu uma
postura acima do povo, isolando-se e
perdendo seu caráter avançado. Mais
do que isto, passou-se a considerar
o Partido como única forma do
proletariado exercer sua direção
política, diminuindo-se o papel dos
sindicatos, dos soviets, das
cooperativas e outras organizações
de massas.
Os acontecimentos na URSS e no Leste
europeu evidenciaram todo o dano que
isto acarreta. No socialismo, a
batalha pela hegemonia, no terreno
das idéias e da prática, prossegue,
com novas formas e, muitas vezes,
mais acirrada. Trocar bons
argumentos, a vinculação com o povo,
o desenvolvimento da teoria, a
sistematização das experiências, o
aprendizado com as massas, por
mandonismo, não pode conduzir a um
bom final.
Estudar a Comuna não é saudosismo ou
exercício cultural diletante. É
sobretudo extrair e aproveitar os
ensinamentos para a prática
presente. A luta dos comunardos
chama a atenção para a necessidade
do Partido e fornece indicações
importantes para o processo de sua
construção. O papel do Partido é
canalizar as imensas energias das
massas e não substituí-las ou
comportar-se como um ser superior
que dita regras e dá ordens.
Notas
El presente texto es una versión reducida y modificada del artículo
“Concepción marxista del Estado”,
publicado como anexo al libro Comuna
de París: el proletariado toma el
cielo por asalto, publicado en 1998.
Procurando, manter a mais estreita
fidelidade, optamos por manter a
redação original em espanhol, mesmo
porque atualmente este língua é
considerada o segundo idioma em
nosso país.
Para obtenção de informações mais
detalhadas, consultar a Portal
www.vermelho.org.br
Página eletrônica http://www.nodo50.org/gpm
Extraído da Revista Princípios,
Edição especial. Abril/2001. São
Paulo / Brasil, Editora Anita
Garibaldi.
Jornalista e ex-Editor da revista
Princípios.
Sumario
1. HISTORIA, CRISIS POLÍTICA Y
REVOLUCIÓN
2. EL PROLETARIADO INTENTA TOMAR EL
CIELO POR ASALTO
3. IDEOLOGÍA, TENDENCIAS E
INTERNACIONALISMO PROLETARIO
4. EL PROLETARIADO ASUME EL PODER Y
LA SEMAINE SANGLANTE
5. LA COMUNA DE PARÍS Y LAS MUJERES
REVOLUCIONARIAS
6. ENSEÑAMIENTOS DE LA COMUNA DE
PARÍS |