LLas evaluaciones de los
acontecimientos revolucionarios
llevan, en general, a distintos
análisis, algunos incluso, en
contradicción. Con relación a la
Comuna de París, por su carácter de
clase y socialista, observamos
distintas evaluaciones, colocando en
posiciones extremas a los
reaccionarios, que asumen posiciones
en su contra y la critican
radicalmente, y los “idealistas”,
que la glorifican. Sin embargo, un
análisis “menos apasionado” y más
objetiva nos permite comprender que
su resonancia y sus consecuencias
van mucho más allá de sus limitados
72 días de existencia.
Algunas de las debilidades que
reflejó la Comuna, ya habían sido
apuntadas por Marx y por la
Internacional, que al considerar que
las condiciones históricas no
comportaban en aquel momento una
revolución de carácter popular y
socialista, llamaban la atención
sobre las debilidades organizativas,
sobre el peligro del aislamiento
político del proletariado en París y
sobre la superioridad numérica de
las tropas de reacción. Incluso, se
habían manifestado en contra de la
deflagración de la insurrección
parisina.
Desde el punto de vista político son
varios los errores cometidos en
general por la benevolencia y
“liberalidad” ante el enemigo de
clase y por la ausencia de una
organización y un comando político
más centralizado, que contribuyó a
la falta de unidad política entre
las distintas iniciativas del
Consejo de la Comuna y de su Comité
Central, lo que repercutió
negativamente en la unidad política
de la reacción.
LOS ERRORES POLÍTICOS DE LA COMUNA
DE PARÍS
Se debe apuntar que uno de los
grandes errores políticos, que tiene
por contenido la visión ideológica
de profundo respecto a la propiedad
burguesa, esta relacionado con el
Banco de Francia.
“Uno de los mayores errores de la
Comuna fue la reverencia con que
miraba el Banco de Francia. Una vez
más, gran parte de este error fue en
consecuencia de la posición de la
minoría. El banco almacenaba
gigantescas reservas de oro de la
burguesía francesa, que estaban
sirviendo para mantener a los de
Versalles, es decir, a la
contrarrevolución. En realidad
conservó en sus puestos al antiguo
director y a los miembros de la
antigua dirección. Nombró solamente
un comisario que tenía la
responsabilidad de resguardar la
seguridad del capital de la
burguesía francesa. El banco tenía
un total de tres mil millones de
francos en oro, billetes y
documentos. La cantidad representada
solamente en oro y brillantes era de
1,3 millones de francos. Ante de los
ojos de la Comuna, el Banco de
Francia abastecía de dinero sin
ninguna dificultad al gobierno de
Versalles. Si la Comuna hubiese
tomado posesión del banco, la
burguesía francesa había ejercido
presión sobre el gobierno de
Versalles para exigir que firmase un
acuerdo con la Comuna. Hubo también
muchas divergencias ideológicas:
anarquistas, blanquistas,
babeufistas y otras corrientes
pequeño-burguesas en el seno de la
clase obrera de la época, que
dificultaron la unidad de decisión
en los momentos cruciales, de lo que
se aprovechó la contrarrevolución
para lograr la victoria.” (MOURA,
1991: 43).
Desde el punto de vista militar debe
considerarse que las innovaciones
acontecidas en los instrumentos de
destrucción (invención de la
ametralladora, ampliación del
diámetro de los cañones, ampliación
de los efectos destructivos de las
granadas...) y la urbanización de
París tras la destrucción de muchas
calles estrechas y construcción de
amplias avenidas, hacía que desde
1848, las insurrecciones
circunscritas a los espacios urbanos
y aisladas política y
geográficamente estuvieron a priori
destinadas al fracaso (BARBOSA,
1999: 5). En este sentido, la
limitación de la Comuna solamente a
París, la deflagración de la
insurrección sin un episodio
antecedente y sin su ampliación a
otras regiones y la concentración
del poder destructivo del Estado
aristocrático-burgués, la condenó a
la derrota, pese al heroísmo y
bravura de los Communards.
Sin embargo, pese a sus debilidades
y a su derrota, aquellos que
defienden una perspectiva
socialista, no se limitan a apuntar
sus errores, sino que intentan
aprender con la experiencia y sacar
el máximo partido de las enseñanzas
proporcionadas por esta heroica
insurrección proletaria.
Desde un punto de vista inmediato y
en el límite del orden
aristocrático-burgués, es posible
detectar algunos resultados bien
visibles, respeto a la propia
Francia y a la Alemania unificada.
“Mientras la Francia derrotada se
dedicaba a una brutal represión de
los comuneros, Bismarck sacaba, a su
manera, las consecuencias políticas
y sociales de la primera experiencia
del poder obrero.” (GONZÁLEZ GARCÍA,
1989: 65). Así, los gobiernos
monárquicos autoritarios de Alemania
y Austria-Hungría, preocupados con
la posibilidad de sublevaciones
generalizadas de las clases
trabajadoras, intentan promocionar
condiciones para una mediación entre
el Capital y el Trabajo, para una
colaboración de clases en las que el
Estado tenía un importante
protagonismo; delinean un “Estado
asistencial”, que algunas décadas
después, caracterizaría el “Estado
del bienestar social”.
“En noviembre de 1872, mientras los
condenados de la Comuna se
encuentran en pleno viaje al
destierro de Nueva Caledonia, la
isla habitada por Francia en la
antípoda para que sirviera como
presidio, tiene lugar una amplia
reunión de delegados de los
Gobiernos de Alemania y de
Austria-Hungría para concretar la
lucha contra la Internacional,
buscar soluciones al problema social
y desarrollar los rudimentos de un
Estado providente preocupados por la
suerte de las clases desposeídas. El
largo viaje a la deportación,
iniciado el 3 de mayo de 1872 y
concluido el 1 de julio de 1875, día
en que Nueva Caledonia recibe 3.859
supervivientes de la Comuna,
coincide con el estudio de las
medidas para solucionar “desde
arriba” y de una vez por todas la
llamada “cuestión obrera. En la
reunión citada de noviembre de 1872
se presentan una serie de propuestas
para la reglamentación estatal del
descanso dominical, la limitación
del trabajo industrial de las
mujeres, la indemnización por
accidentes, la creación de oficinas
de trabajo, la introducción de
inspectores de fábrica según modelos
ingleses, la creación de
instituciones educativas para los
trabajadores, la reforma de la
vivienda, la fundación de los
seguros de enfermedad e invalidez y
la institución de tribunales de
arbitraje y conciliación”. (GONZÁLEZ
GARCÍA, 1989: 66-67).
Así, por “ironía de la historia”, es
el gobierno monárquico autoritario
de Alemania y Austria-Hungría, que
temeroso delante de la “ola roja”
que amenazaba sus intereses de clase,
el que empieza a hacer efectiva la
presencia y el control estatal de la
cuestión obrera y social, y a
delinear el llamado “Estado
asistencial”, estableciendo, en
líneas generales, los fundamentos
del “Estado del bienestar social”.
LA AFIRMACIÓN DE LA REPÚBLICA EN
FRANCIA
En lo que se refiere a Francia, al
contrario de lo que pretendían los
sectores conservadores y
reaccionarios, la insurrección
proletaria en París y en otras
ciudades, la defensa de una
República Social, se aborta las
pretensiones de re-establecimiento
de la monarquía. La Comuna fue
decisiva para la victoria de la
República burguesa y marca
definitivamente un re-alineamiento
de las alianzas de clases y la
formación del nuevo bloque de poder
aristocrático-burgués. Las
diferentes fracciones de la
burguesía abandonan sus veleidades
democráticas y asumen abiertamente,
en cuanto clase y ante el
proletariado, el campo de la
contrarrevolución. Las clases
propietarias, temerosas ante la
posibilidad de una República social
hegemonizada por el proletariado
socialista, articulan un nuevo
bloque de poder orientados por la
lógica de la Contrarrevolución
preventiva y organizan un sistema
electoral cuyo objetivo es
neutralizar el potencial
transformador representado por los
diferentes segmentos populares,
dirigidos por el proletariado
socialista. Desde el punto de vista
de clase, se superaron
definitivamente, las disputas y
antagonismos entre la burguesía y la
nobleza; entre la República y la
Monarquía. Las diferentes facciones
burguesas, aliadas a otros segmentos
sociales, podían, desde entonces,
empezar a disputar "democráticamente"
el control del aparato estatal.
(COSTA, 1998: 101-102).
Desde el punto de vista de los
sectores progresistas y
revolucionarios, socialistas y
comunistas, la derrota de la Comuna
de París de 1871 no produce como
consecuencia la apatía general del
movimiento socialista francés, al
contrario, los communards
sobrevivientes, y los nuevos
communards, continúan el trabajo
revolucionario en distintos partidos
de carácter socialista y se integran
en las luchas democráticas en contra
de la reacción aristocrática y
burguesa y en defensa del ideal
igualitario.
“Y lo que es más importante, y a más
largo plazo, la Comuna, a pesar de
su rápida derrota, consiguió una
especie de victoria porque sirvió de
inspiración desde entonces a los
revolucionarios de toda Europa e
incluso de otros continentes. Su
manifiesto había proclamado “el
final del antiguo mundo”, y muchos a
lo largo del planeta se sentían
alentados porque en el período que
siguió a la guerra y en medio de la
guerra civil un gobierno de hombres
y mujeres trabajadoras fue capaz de
cooperar y regirse por sí mismos.
Aunque sólo duró 72 días, sus
acciones e ideales se estudiaron
detenidamente, y se aprendió y
propagó la lección por parte de Marx
y Engels y, más tarde, por parte de
Lênin y los bolcheviques. En fechas
tan tardías como 1936-1939, los
revolucionarios españoles aseguraron
que eran continuadores de las
tradiciones y prácticas communards.”
(TODD, 2000: 177-178).
Por un lado, la Comuna de París 1871
al ocurrir en un momento histórico
de afirmación de la sociedad
capitalista y del proyecto
civilizatório burgués, define el
campo político de actuación de las
clases; la burguesía, aliada o no a
otras clases propietarias, asume el
campo de la contra-revolución,
expone y revela el carácter
mixtificador, tan brillantemente
elaborado y defendido, del lema
libertad, igualdad y fraternidad,
que había llevado a los sectores
conscientes de la sociedad a
participar en el proceso
revolucionario burgués, y reafirma
la conciencia de que este ideal
solamente será una realidad con la
destrucción de la sociedad de clases,
burguesa-capitalista. Y, por otro
lado, el proletariado parisino, al
asumir el poder, incluso por corto
periodo, organiza un nuevo tipo de
Estado y un modo distinto de dirigir
la sociedad y cierra la denominada
era de las revoluciones burguesas;
demuestra la viabilidad práctica de
la destrucción del Estado burgués,
la posibilidad de organización de
una nueva sociedad solidaria, y,
anuncia la era de las revoluciones
proletarias, iniciada con la
Revolución Rusa en 1917, demostrando
en la práctica, la posibilidad de
construcción de una nueva sociedad
sin explotadores y explotados.
En este sentido, abordaremos a
continuación la cuestión relacionada
con el Estado y la posibilidad de
construcción de una sociedad sin
clases y sin Estado.
UN NUEVO TIPO DE ESTADO
El proletariado al asumir el poder
en París, frente a la
desorganización del aparato estatal,
a la sumisión de gran parte del
funcionalismo al gobierno burgués
que se encontraba en Versalles, y
orientados por principios
democráticos e igualitarios,
comprende la necesidad de organizar
nuevas instituciones, pues las que
existían no correspondían al nuevo
poder que se establecía. Era
necesario organizar un nuevo tipo de
democracia, cualitativamente
distinta de la liberal-burguesa, que
en lo fundamental se destina a la
manutención de la sociedad de clases,
de la explotación y de la opresión a
la gran mayoría de la población.
El nuevo poder se basaba en una
nueva forma de democracia, ampliada,
que atendía de los intereses de la
mayoría de la población; en ella se
pueden destacar los siguientes
aspectos: eliminación de la
separación de responsabilidades
entre el ejecutivo y el legislativo
y organización de un único órgano
representativo; establecimiento de
elecciones para todas los cargos
públicos; eliminación del político
profesional (los representantes
elegidos continuarían con sus
trabajos profesionales) y
establecimiento del mandato
revocable en cualquier momento,
desde el momento en que el candidato
electo no respondiese al compromiso
asumido con sus votantes;
sustitución de la policía y del
ejército permanente por el armamento
popular; institución de los
tribunales populares y organización
de las actividades
político-administrativas y
burocráticas de tal forma que
garantizaban el control de los
obreros. Los sueldos, en los
diferentes niveles de la
administración, se establecen según
el sueldo medio de los obreros, como
eficaz barrera al arribismo y a la
caza de los altos empleos, sin
hablar de la revocabilidad de los
mandatos de los delegados en los
cuerpos representativos que la
Comuna igualmente introdujo (MARX,
1977: 167). Estas medidas
democráticas permitían a las clases
trabajadoras ejercer el control
sobre todas las actividades del
gobierno.
Marx y Engels que ya venían
estudiando y elaborando a partir de
las experiencias, revolucionarias o
no, una nueva concepción de Estado,
con la Comuna de París formulan la
idea de que la realización de la
democracia económica, social y
política sólo es posible con la
eliminación de las relaciones y
estructuras jurídico-políticas,
burocráticas y militares, que
corresponden a la dictadura de la
burguesía. Contraponen a la
dictadura (=democracia) burguesa un
nuevo tipo de Estado, la dictadura
(=democracia) del proletariado, que
responde a una nueva forma de
organización social, con la
atribución fundamental de crear las
condiciones materiales necesarias
para la eliminación de la sociedad
de clases y para la construcción de
una sociedad sin clases, una
sociedad comunista.
LA CONCEPCIÓN MARXISTA DE ESTADO
Marx y Engels, con el análisis de la
Comuna de París de 1871, formulan
con bases en estudios anteriores,
los trazos esenciales del contenido
de clases del Estado y la
posibilidad de extinción de las
clases y construcción de una
sociedad sin clases. Entienden que
en todas las sociedades existentes
hasta entonces, después del
surgimiento de la propiedad privada
de los medios de producción, se
basan en una división de clases
sociales antagónicas, engendradas
por la contradicción entre el
desarrollo de las fuerzas
productivas y las relaciones de
producción; entre la infraestructura
y la superestructura; entre la
apariencia (mitificada) con la que
se presenta, y la esencia (real) de
clases del modo de producción.
En este sentido, el capitalismo se
encuentra seccionado entre los
propietarios de los medios de la
producción, la clase burguesa, que
lucha por el mantenimiento del orden
existente; y los propietarios de su
propia fuerza de trabajo, de la
capacidad productiva, la clase
obrera, que lucha contra la
explotación de la que es víctima y
desde el punto de vista histórico,
por la construcción de una sociedad
sin clases. Por lo tanto, las
relaciones entre el obrero y el
capitalista es una relación
contradictoria, de desigualdad y, al
mismo tiempo, de negación y de
complementariedad. El mantenimiento
de esta ruptura, de este
antagonismo, y de esta explotación
queda asegurado en lo fundamental
por el Estado, que en cuanto sistema
de instituciones, se organiza con el
objetivo de garantizar el orden
capitalista, o sea, la perpetuación
de las relaciones de producción y
jurídico-políticas y de garantizar
la subordinación y la sumisión de la
mayoría de la población a los
intereses de la minoría. En este
sentido, el Estado es un aparato
especial de violencia organizada y
legal-institucional sobre las clases
trabajadoras, sobre todo la clase
obrera.
La violencia institucional,
intentando garantizar y reproducir
la desigualdad, se presenta como
contra-violencia, preventiva y
necesaria contra la violencia
dirigida para la destrucción del
orden, de la (aparente) igualdad
contractual. Así, la realidad
expresa de forma invertida, envuelta
en misterio: la desigualdad, que
segmenta profundase e
irremediablemente la sociedad, se
presenta como igualdad y la
violencia estatal aparece como
contra-violencia al ser
desencadenada en nombre y en
"beneficio" de los contratantes y
contra la "anarquía roja", el
socialismo, el comunismo.
Según la concepción
liberal-burguesa, la sociedad se
forma con individuos “libres” e
“iguales” que establecen entre ellos
un pacto social y político, elaboran
leyes y las consagran en una
Constitución que regula las
relaciones de compra y venta entre
las diferentes mercancías: capital y
fuerza de trabajo. Así, el Estado
tiene como objetivo principal
asegurar la plena libertad de
mercado, pues es el único espacio
que posibilita que las relaciones
desiguales se presenten como una
relación de cambio entre
equivalentes, entre el capital y el
trabajo en una relación de compra y
venta, intermediada por el sueldo.
Esta relación de "igualdad", que
crea la ilusión de un contrato
igualitario, es el punto de arranque
fundamental de la explicación
liberal, tanto para los fenómenos
económicos, como para toda relación
social, es decir, se extiende a toda
la sociedad.
En realidad, la base sobre la que se
construye el Estado (en cuanto
conjunto de instituciones y
relaciones jurídico-políticas entre
las clases) tiene su origen en las
relaciones de producción que al
establecerse, imponen relaciones de
desigualdad entre la forma en que se
organiza la producción y la
distribución de la riqueza y
establece la ruptura entre los
productores y los poseedores de los
bienes producidos. Pero estas
relaciones no pueden presentarse con
su esencia, con su contenido real,
bajo el riesgo de engendrar una
lucha interminable, que
inevitablemente llevaría a la
destrucción de los antagonismos y de
la propia sociedad. Esto hace que lo
aparente se presente como real, como
lo que no-es, como no-esencia, como
mitificación que niega la propia
realidad, es decir, las relaciones
de desigualdad entre las clases se
presentan como iguales, invertidas,
con fetiches, así como la mercancía.
“Es esta interversión, contradicción,
en que debe de ser el punto de
arranque para la presentación del
Estado capitalista" (FAUSTO, 1987:
293).
El análisis del desarrollo del
Estado y de su propia existencia
sólo tiene sentido si se empieza por
la relación contradictoria
engendrada en la organización de la
producción: por la dialéctica entre
la apariencia y la esencia. El
Estado no puede presentarse
“desnudo”, explicitando sus
contradicciones como un conjunto de
instituciones destinadas a
garantizar el mantenimiento de la
apropiación desigual, de la
desigualdad económica, bajo una
aparente igualdad jurídico-política.
En este sentido, las relaciones
entre capital y trabajo, entre
obrero y capitalista, son, al mismo
tiempo, relaciones económicas y
jurídico-políticas. "La relación
jurídica unida a la relación
económica presupone la ley, pero no
la pone. La ley, mientras es ley, la
pone el Estado. El derecho se vuelve
derecho positivo" (FAUSTO, 1987:
297). Por consiguiente, el económico
y el jurídico-político, cada uno con
sus particularidades, establecen una
estrecha relación de
interdependencia e interpenetración.
La superestructura jurídico-política
ya se encuentra en el nivel de las
relaciones de producción y éstas
reaparecen y se manifiestan
determinando el plano
superestructural.
El Estado burgués se presenta así,
de forma sacralizada, como producto
de un pacto social, un acuerdo
tácito entre iguales, consolidado en
la Constitución, que establece
derechos y deberes iguales,
independientes del color de la piel,
de la ideología, del poder
adquisitivo (todos los individuos
son “libres y iguales” ante de la
ley). Así, la Constitución, la Carta
Magna (para algunos, cuando expresa
sus intereses de clase, es
“intocable” y “sagrada”), fundada en
la igualdad jurídica de derechos,
como guardián de la igualdad en lo
abstracto; en principio es, de hecho,
la legalización, político-jurídica,
de la desigualdad real; un
instrumento de mistificación de las
relaciones, reales, entre las clases;
velando para que en la apariencia no
sea explicitada su esencia, es decir,
las contradicciones sobre las que se
funda la sociedad de clases.
El Estado burgués, al crear su ley y
el conjunto de instituciones que
garantiza la igualdad formal entre
los individuos contratantes,
presenta en apariencia, las
relaciones sobre que se basa el
contrato entre “iguales”, que tiende,
necesariamente, a la negación de la
esencia y a no reconocer la
desigualdad en la que
institucionalmente está construida,
porque el productor (el obrero
propietario de la fuerza de trabajo,
de la mercancía que vende en el
mercado), en este acto de venta se
confronta con el comprador (el
capitalista), con el cual establece
correspondencia de reciprocidad. Se
establecen así relaciones entre
portadores de mercancías y de los
mismos "derechos", asegurados por
ley. El Estado burgués, al
individualizar las relaciones,
transformándolas en actos de
voluntad subjetiva, equivalentes
entre individuos “iguales", intenta
"neutralizar la tendencia de los
productores directos a unirse en un
colectivo antagónico al propietario
de los medios de producción: la
clase social" (SAES, 1994: 30).
La igualdad jurídico-política,
aparente y formal, entre
individualidades, es en lo esencial
la negación de la desigualdad real.
En este sentido, el derecho burgués
es un elemento fundamental en la
tentativa de convertir la
desigualdad real en igualdad, como
si fuesen relaciones entre
equivalentes e iguales que
establecen relaciones individuales
de compra y venta de la fuerza de
trabajo. “El Estado burgués – y la
ideología – sólo tiene sentido como
la negación de la esencia, como
negación de la desigualdad, de la
no-identidad; y de la afirmación de
la apariencia, de la igualdad y
identidad entre los contratantes:
obrero y capitalista, es decir, el
Estado, al afirmase y al tener
lugar; afirma y realiza, al mismo
tiempo, su negación: el no-estado.
Esta función el Estado la realiza en
parte como la ideología que si
realiza, pero en parte
diferentemente de ella, en la forma
de la fuerza material y de la
violencia; de la simple presencia de
la fuerza material o de su
efectividad como “policía”
preventiva o represiva” (FAUSTO,
1987: 301).
El Estado, como expresión
mistificadora de los antagonismos
sociales, para mantenerse, necesita
de un conjunto de instituciones
aparentemente neutrales y con
funciones meramente administrativas,
pero, en lo fundamental, puestas al
servicio de las clases propietarias
y dominantes, beneficiarias del
orden existente.
La centralización y la forma de
organización de la jerarquía
burocrática del aparato estatal es
consecuencia y corresponde al
desarrollo de las fuerzas
productivas y de la división de
trabajo (en la fábrica, en la
organización burocrática del Estado,
en los servicios), de los que
"deriva todo carácter despótico del
ejercicio de las tareas del Estado:
compartimentalización vertical
descendiente, ocultación del
conocimiento de los funcionarios (la
preservación de su conocimiento como
secreto de Estado)" (SAES, 1994:
41), que crean condiciones
ideológicas, el burocratismo,
necesarias a la dominación y
reproducción de las relaciones
burguesas.
EL ESTADO COMO MISTIFICACIÓN Y
EXPRESIÓN DE INTERESES
CONTRADICTORIOS
La existencia del Estado burgués,
complementado y auxiliado por la
Iglesia (la religión y las
ideologías oficiales) sólo es
posible a través de la violencia
organizada y legal, sea por la
represión abierta, sea por la
búsqueda del "consenso", de la "adherencia"
de las clases trabajadoras a la
defensa de la igualdad en “el cielo
o en la tierra”. Por lo tanto, la
burguesía, en su lucha por la
hegemonía, no puede utilizar
solamente la represión, debe buscar
la adherencia de otras clases a su
proyecto civilizatório (económico,
político, ético, ideológico,
cultural, etc.), presentándolo como
si fuera de toda de la sociedad,
para ganar esa adhesión, que se ve a
su vez, condicionada a hacer
concesiones secundarias a otras
clases.
La hegemonía burguesa se afirma y
conquista la "legitimidad" cuando
incorpora a su proyecto
reivindicaciones que superan sus
intereses económicos y políticos
exclusivos e inmediatos y
exterioriza como ejemplos de
universalidad de su Estado (GRAMSCI,
1978: 33). Al incorporar y expresar
esas reivindicaciones como
“igualizadoras de todos los hombres,
cualquiera que sea su condición
socio-económica, el Estado burgués
crea la forma ideológica de la
ciudadanía. Esto significa que, bajo
el Estado burgués, todos los hombres
pueden sentirse como si estuviesen
en las mismas condiciones ante el
Estado; es decir, pasan a sentirse
como iguales uno a los otros en
cuanto elementos relacionados con el
Estado. Y significa también que,
bajo el Estado burgués, todos los
hombres se sienten involucrados en
una relación impersonal con el
Estado. El efecto político principal
de la imposición de normas
igualitarias, así como de la
creación de la forma-ciudadanía por
el Estado burgués es la
individualización de los miembros de
las clases sociales antagónicas y la
consecuente atomización de esas
clases sociales antagónicas.” (SAES,
1994: 129-130)
De hecho, el Estado burgués, en
cuanto elemento de mistificación de
las relaciones de desigualdad y del
antagonismo de clases es un
instrumento de las clases
propietarias que lo utiliza para
asegurarse del monopolio del poder
económico, político-jurídico,
cultural e ideológico organizados
para mantener la opresión y la
explotación de la mayoría de la
población, las clases trabajadoras.
Sin embargo, el Estado contiene en
sí distintas contradicciones y no
manifiesta solamente los aspectos
abordados más arriba, “para Marx,
pues, el Estado no es sólo y
exclusivamente un órgano de la clase
dominante; responde también a los
movimientos del conjunto de la
sociedad y de las otras clases
sociales, según, es obvio, las
determinaciones de las relaciones
capitalistas. Conforme al grado de
desarrollo de las fuerzas
productivas, de las relaciones de la
producción y de las fuerzas
políticas de la sociedad, el Estado
puede adquirir contornos más o menos
claros, revelarse más o menos
directamente vinculado a los
intereses exclusivos de la burguesía.
Incluso, hay ocasiones, en que puede
ser totalmente capturado por una
facción de la burguesía, así como,
en otra ocasión, puede ser
políticamente (no económicamente)
capturado por sectores de la clase
media o por militares.” (IANNI,
1988: 39)
La burguesía, en cuanto clase que
mantiene el monopolio sobre el
Estado, se ve presionada por el
proletariado en lucha e, impedida
para destruirlo, se ve obligada a
hacer concesiones expresando
intereses secundarios de otras
clases. Procediendo así, intenta
reafirmar la apariencia como esencia;
la desigualdad como igualdad; y su
dictadura de clase como democracia.
Al final, el propio dominio de la
burguesía, su supervivencia como
clase y la de su Estado, están en
dependencia directa de la
credibilidad de los trabajadores en
su concepción del mundo y de su
Estado.
El movimiento popular y obrero, y
principalmente el proletariado en la
Comuna, llega por su experiencia
histórica, a la idea de que el
Estado, por más democrática que sea
su forma de gobierno, no representa
alteración esencial en el tipo de
Estado o en su esencia de clase. En
más de un siglo de luchas, de
revoluciones y contra-revoluciones,
los ideales de libertad, igualdad y
fraternidad, de una Republica
social, no se transformaron en
realidad incluso en los periodos de
mayor democracia. El "trazo esencial
de la democracia capitalista: ¡los
oprimidos son autorizados, una vez
cada tres o seis años, a decidir
quién, entre los miembros de las
clases dominantes, será él que, en
el parlamento, los representará y
los aplastará!" (LÊNIN, 1987: 109).
“Es directamente, a través del voto
universal, que la clase poseedora
domina. Mientras la clase oprimida (en
nuestro caso, el proletariado) no
está madura para promover su propia
emancipación, la mayoría de sus
miembros considera el orden social
existente como el único posible y,
políticamente, forma la cola de la
clase capitalista, su línea de
extrema izquierda. Sin embargo, en
la medida en que va madurando para
promover su propia emancipación, se
constituye como un partido
independiente y escoge a sus propios
representantes y no los de los
capitalistas. (...) Por el día en
que el termómetro del voto universal
registra para los trabajadores el
punto de ebullición, ellos sabrán
(tanto como los capitalistas) lo que
les corresponde hacer.” (ENGELS,
1984: 231)
LA COMUNA DE PARÍS Y LA ORGANIZACIÓN
DE
UN NUEVO TIPO DE ESTADO
El proletariado en la Comuna de
París, al enfrentarse con la
violencia institucional y organizada
de las clases propietarias, elimina
el servicio militar obligatorio, el
Ejército permanente y proclama a la
Guardia Nacional proletaria como
única fuerza armada, a la que deben
“pertenecer todos los ciudadanos
válidos" (MARX, 1977: 161). En el
esbozo de la organización estatal
nacional, se propuso la organización
de Comunas en todo el país, que
deberían administrar las cuestiones
colectivas con la más amplia
participación, y, sustituir al
Ejército permanente por "una milicia
popular, con un tiempo de servicio
extremadamente corto. Las Comunas
rurales de cada distrito
administrarían sus asuntos
colectivos" (MARX, 1977: 197).
Esta forma de organización comunal
debe presuponer una relación de
complementariedad entre la
descentralización y la
centralización democrática, como
garantía de la unidad nacional. "La
Comuna es el primer esfuerzo de la
revolución proletaria para demoler
la máquina del Estado burgués; es la
forma política, 'finalmente
encontrada', que puede y debe
sustituir lo que fue demolido."
(LÊNIN, 1987: 69-70)
La Comuna de París, al posicionarse
contraria a la sumisión de Francia y
a la entrega de París a la
dominación prusiana, no lo hace
movida simplemente por el
sentimiento nacional (forma en que
se muestra concretamente la lucha de
clases), sino por una serie de
razones, las cuales, en ese momento,
evidenciaban que la lucha de clases
no se limita a las fronteras
nacionales, a sólo un país: es
internacional, como resultado
demostrado cristalinamente de las
posiciones asumidas por el
proletariado de París y por las
clases propietarias francesas en
alianza con las tropas de ocupación
prusianas.
La Comuna oponiéndose al papel
conservador y reaccionario de la
Iglesia y la religión en Francia
hasta aquel momento, proclama el
Estado laico e intenta eliminar la
fuerza espiritual y el poder
político e ideológico de los curas,
decreta la separación del Estado y
de la Iglesia y la expropiación de
todas las Iglesias como
corporaciones propietarias de
innumerables bienes materiales y
terrenos. “Los sacerdotes son
devueltos al retiro de la vida
privada, a vivir de la caridad de
los fieles, como sus predecesores,
los apóstoles. Todas las
instituciones de instrucción son
abiertas gratuitamente al pueblo y
al mismo tiempo emancipados de toda
interferencia de la Iglesia y del
Estado. Así, no solamente se ponía
la enseñanza