Fale Conosco | Marxismo + Brasil | Editorial | Busca: 

Visite a página do Partido Comunista do Brasil

Nova pagina 1

Especiais

 

 

11º Congresso do PCdoB

Crise e corrupção - O Governo sob ataque

Guerra no Iraque

Brasil Sim 
Alca Não

Cuba

Governo Lula

Sindicais

Guerrilha do Araguaia

Juventude

Visite a página da União da Juventude Socialista

Cadastre-se

Receba notícias do Vermelho por e-mail
 


2003 - Top 3
2004 - 1º Lugar
2005 - Top 10

  Brasil

Brasil, sexta-feira, 10 de outubro de 2008
febrero 16, 2004
ENSEÑAMIENTOS DE LA COMUNA DE PARÍS*
 

Silvio Costa**

LLas evaluaciones de los acontecimientos revolucionarios llevan, en general, a distintos análisis, algunos incluso, en contradicción. Con relación a la Comuna de París, por su carácter de clase y socialista, observamos distintas evaluaciones, colocando en posiciones extremas a los reaccionarios, que asumen posiciones en su contra y la critican radicalmente, y los “idealistas”, que la glorifican. Sin embargo, un análisis “menos apasionado” y más objetiva nos permite comprender que su resonancia y sus consecuencias van mucho más allá de sus limitados 72 días de existencia.
Algunas de las debilidades que reflejó la Comuna, ya habían sido apuntadas por Marx y por la Internacional, que al considerar que las condiciones históricas no comportaban en aquel momento una revolución de carácter popular y socialista, llamaban la atención sobre las debilidades organizativas, sobre el peligro del aislamiento político del proletariado en París y sobre la superioridad numérica de las tropas de reacción. Incluso, se habían manifestado en contra de la deflagración de la insurrección parisina.
Desde el punto de vista político son varios los errores cometidos en general por la benevolencia y “liberalidad” ante el enemigo de clase y por la ausencia de una organización y un comando político más centralizado, que contribuyó a la falta de unidad política entre las distintas iniciativas del Consejo de la Comuna y de su Comité Central, lo que repercutió negativamente en la unidad política de la reacción.

LOS ERRORES POLÍTICOS DE LA COMUNA DE PARÍS

Se debe apuntar que uno de los grandes errores políticos, que tiene por contenido la visión ideológica de profundo respecto a la propiedad burguesa, esta relacionado con el Banco de Francia.
“Uno de los mayores errores de la Comuna fue la reverencia con que miraba el Banco de Francia. Una vez más, gran parte de este error fue en consecuencia de la posición de la minoría. El banco almacenaba gigantescas reservas de oro de la burguesía francesa, que estaban sirviendo para mantener a los de Versalles, es decir, a la contrarrevolución. En realidad conservó en sus puestos al antiguo director y a los miembros de la antigua dirección. Nombró solamente un comisario que tenía la responsabilidad de resguardar la seguridad del capital de la burguesía francesa. El banco tenía un total de tres mil millones de francos en oro, billetes y documentos. La cantidad representada solamente en oro y brillantes era de 1,3 millones de francos. Ante de los ojos de la Comuna, el Banco de Francia abastecía de dinero sin ninguna dificultad al gobierno de Versalles. Si la Comuna hubiese tomado posesión del banco, la burguesía francesa había ejercido presión sobre el gobierno de Versalles para exigir que firmase un acuerdo con la Comuna. Hubo también muchas divergencias ideológicas: anarquistas, blanquistas, babeufistas y otras corrientes pequeño-burguesas en el seno de la clase obrera de la época, que dificultaron la unidad de decisión en los momentos cruciales, de lo que se aprovechó la contrarrevolución para lograr la victoria.” (MOURA, 1991: 43).
Desde el punto de vista militar debe considerarse que las innovaciones acontecidas en los instrumentos de destrucción (invención de la ametralladora, ampliación del diámetro de los cañones, ampliación de los efectos destructivos de las granadas...) y la urbanización de París tras la destrucción de muchas calles estrechas y construcción de amplias avenidas, hacía que desde 1848, las insurrecciones circunscritas a los espacios urbanos y aisladas política y geográficamente estuvieron a priori destinadas al fracaso (BARBOSA, 1999: 5). En este sentido, la limitación de la Comuna solamente a París, la deflagración de la insurrección sin un episodio antecedente y sin su ampliación a otras regiones y la concentración del poder destructivo del Estado aristocrático-burgués, la condenó a la derrota, pese al heroísmo y bravura de los Communards.
Sin embargo, pese a sus debilidades y a su derrota, aquellos que defienden una perspectiva socialista, no se limitan a apuntar sus errores, sino que intentan aprender con la experiencia y sacar el máximo partido de las enseñanzas proporcionadas por esta heroica insurrección proletaria.
Desde un punto de vista inmediato y en el límite del orden aristocrático-burgués, es posible detectar algunos resultados bien visibles, respeto a la propia Francia y a la Alemania unificada.
“Mientras la Francia derrotada se dedicaba a una brutal represión de los comuneros, Bismarck sacaba, a su manera, las consecuencias políticas y sociales de la primera experiencia del poder obrero.” (GONZÁLEZ GARCÍA, 1989: 65). Así, los gobiernos monárquicos autoritarios de Alemania y Austria-Hungría, preocupados con la posibilidad de sublevaciones generalizadas de las clases trabajadoras, intentan promocionar condiciones para una mediación entre el Capital y el Trabajo, para una colaboración de clases en las que el Estado tenía un importante protagonismo; delinean un “Estado asistencial”, que algunas décadas después, caracterizaría el “Estado del bienestar social”.
“En noviembre de 1872, mientras los condenados de la Comuna se encuentran en pleno viaje al destierro de Nueva Caledonia, la isla habitada por Francia en la antípoda para que sirviera como presidio, tiene lugar una amplia reunión de delegados de los Gobiernos de Alemania y de Austria-Hungría para concretar la lucha contra la Internacional, buscar soluciones al problema social y desarrollar los rudimentos de un Estado providente preocupados por la suerte de las clases desposeídas. El largo viaje a la deportación, iniciado el 3 de mayo de 1872 y concluido el 1 de julio de 1875, día en que Nueva Caledonia recibe 3.859 supervivientes de la Comuna, coincide con el estudio de las medidas para solucionar “desde arriba” y de una vez por todas la llamada “cuestión obrera. En la reunión citada de noviembre de 1872 se presentan una serie de propuestas para la reglamentación estatal del descanso dominical, la limitación del trabajo industrial de las mujeres, la indemnización por accidentes, la creación de oficinas de trabajo, la introducción de inspectores de fábrica según modelos ingleses, la creación de instituciones educativas para los trabajadores, la reforma de la vivienda, la fundación de los seguros de enfermedad e invalidez y la institución de tribunales de arbitraje y conciliación”. (GONZÁLEZ GARCÍA, 1989: 66-67).
Así, por “ironía de la historia”, es el gobierno monárquico autoritario de Alemania y Austria-Hungría, que temeroso delante de la “ola roja” que amenazaba sus intereses de clase, el que empieza a hacer efectiva la presencia y el control estatal de la cuestión obrera y social, y a delinear el llamado “Estado asistencial”, estableciendo, en líneas generales, los fundamentos del “Estado del bienestar social”.

LA AFIRMACIÓN DE LA REPÚBLICA EN FRANCIA

En lo que se refiere a Francia, al contrario de lo que pretendían los sectores conservadores y reaccionarios, la insurrección proletaria en París y en otras ciudades, la defensa de una República Social, se aborta las pretensiones de re-establecimiento de la monarquía. La Comuna fue decisiva para la victoria de la República burguesa y marca definitivamente un re-alineamiento de las alianzas de clases y la formación del nuevo bloque de poder aristocrático-burgués. Las diferentes fracciones de la burguesía abandonan sus veleidades democráticas y asumen abiertamente, en cuanto clase y ante el proletariado, el campo de la contrarrevolución. Las clases propietarias, temerosas ante la posibilidad de una República social hegemonizada por el proletariado socialista, articulan un nuevo bloque de poder orientados por la lógica de la Contrarrevolución preventiva y organizan un sistema electoral cuyo objetivo es neutralizar el potencial transformador representado por los diferentes segmentos populares, dirigidos por el proletariado socialista. Desde el punto de vista de clase, se superaron definitivamente, las disputas y antagonismos entre la burguesía y la nobleza; entre la República y la Monarquía. Las diferentes facciones burguesas, aliadas a otros segmentos sociales, podían, desde entonces, empezar a disputar "democráticamente" el control del aparato estatal. (COSTA, 1998: 101-102).
Desde el punto de vista de los sectores progresistas y revolucionarios, socialistas y comunistas, la derrota de la Comuna de París de 1871 no produce como consecuencia la apatía general del movimiento socialista francés, al contrario, los communards sobrevivientes, y los nuevos communards, continúan el trabajo revolucionario en distintos partidos de carácter socialista y se integran en las luchas democráticas en contra de la reacción aristocrática y burguesa y en defensa del ideal igualitario.
“Y lo que es más importante, y a más largo plazo, la Comuna, a pesar de su rápida derrota, consiguió una especie de victoria porque sirvió de inspiración desde entonces a los revolucionarios de toda Europa e incluso de otros continentes. Su manifiesto había proclamado “el final del antiguo mundo”, y muchos a lo largo del planeta se sentían alentados porque en el período que siguió a la guerra y en medio de la guerra civil un gobierno de hombres y mujeres trabajadoras fue capaz de cooperar y regirse por sí mismos. Aunque sólo duró 72 días, sus acciones e ideales se estudiaron detenidamente, y se aprendió y propagó la lección por parte de Marx y Engels y, más tarde, por parte de Lênin y los bolcheviques. En fechas tan tardías como 1936-1939, los revolucionarios españoles aseguraron que eran continuadores de las tradiciones y prácticas communards.” (TODD, 2000: 177-178).
Por un lado, la Comuna de París 1871 al ocurrir en un momento histórico de afirmación de la sociedad capitalista y del proyecto civilizatório burgués, define el campo político de actuación de las clases; la burguesía, aliada o no a otras clases propietarias, asume el campo de la contra-revolución, expone y revela el carácter mixtificador, tan brillantemente elaborado y defendido, del lema libertad, igualdad y fraternidad, que había llevado a los sectores conscientes de la sociedad a participar en el proceso revolucionario burgués, y reafirma la conciencia de que este ideal solamente será una realidad con la destrucción de la sociedad de clases, burguesa-capitalista. Y, por otro lado, el proletariado parisino, al asumir el poder, incluso por corto periodo, organiza un nuevo tipo de Estado y un modo distinto de dirigir la sociedad y cierra la denominada era de las revoluciones burguesas; demuestra la viabilidad práctica de la destrucción del Estado burgués, la posibilidad de organización de una nueva sociedad solidaria, y, anuncia la era de las revoluciones proletarias, iniciada con la Revolución Rusa en 1917, demostrando en la práctica, la posibilidad de construcción de una nueva sociedad sin explotadores y explotados.
En este sentido, abordaremos a continuación la cuestión relacionada con el Estado y la posibilidad de construcción de una sociedad sin clases y sin Estado.

UN NUEVO TIPO DE ESTADO

El proletariado al asumir el poder en París, frente a la desorganización del aparato estatal, a la sumisión de gran parte del funcionalismo al gobierno burgués que se encontraba en Versalles, y orientados por principios democráticos e igualitarios, comprende la necesidad de organizar nuevas instituciones, pues las que existían no correspondían al nuevo poder que se establecía. Era necesario organizar un nuevo tipo de democracia, cualitativamente distinta de la liberal-burguesa, que en lo fundamental se destina a la manutención de la sociedad de clases, de la explotación y de la opresión a la gran mayoría de la población.
El nuevo poder se basaba en una nueva forma de democracia, ampliada, que atendía de los intereses de la mayoría de la población; en ella se pueden destacar los siguientes aspectos: eliminación de la separación de responsabilidades entre el ejecutivo y el legislativo y organización de un único órgano representativo; establecimiento de elecciones para todas los cargos públicos; eliminación del político profesional (los representantes elegidos continuarían con sus trabajos profesionales) y establecimiento del mandato revocable en cualquier momento, desde el momento en que el candidato electo no respondiese al compromiso asumido con sus votantes; sustitución de la policía y del ejército permanente por el armamento popular; institución de los tribunales populares y organización de las actividades político-administrativas y burocráticas de tal forma que garantizaban el control de los obreros. Los sueldos, en los diferentes niveles de la administración, se establecen según el sueldo medio de los obreros, como eficaz barrera al arribismo y a la caza de los altos empleos, sin hablar de la revocabilidad de los mandatos de los delegados en los cuerpos representativos que la Comuna igualmente introdujo (MARX, 1977: 167). Estas medidas democráticas permitían a las clases trabajadoras ejercer el control sobre todas las actividades del gobierno.
Marx y Engels que ya venían estudiando y elaborando a partir de las experiencias, revolucionarias o no, una nueva concepción de Estado, con la Comuna de París formulan la idea de que la realización de la democracia económica, social y política sólo es posible con la eliminación de las relaciones y estructuras jurídico-políticas, burocráticas y militares, que corresponden a la dictadura de la burguesía. Contraponen a la dictadura (=democracia) burguesa un nuevo tipo de Estado, la dictadura (=democracia) del proletariado, que responde a una nueva forma de organización social, con la atribución fundamental de crear las condiciones materiales necesarias para la eliminación de la sociedad de clases y para la construcción de una sociedad sin clases, una sociedad comunista.

LA CONCEPCIÓN MARXISTA DE ESTADO

Marx y Engels, con el análisis de la Comuna de París de 1871, formulan con bases en estudios anteriores, los trazos esenciales del contenido de clases del Estado y la posibilidad de extinción de las clases y construcción de una sociedad sin clases. Entienden que en todas las sociedades existentes hasta entonces, después del surgimiento de la propiedad privada de los medios de producción, se basan en una división de clases sociales antagónicas, engendradas por la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción; entre la infraestructura y la superestructura; entre la apariencia (mitificada) con la que se presenta, y la esencia (real) de clases del modo de producción.
En este sentido, el capitalismo se encuentra seccionado entre los propietarios de los medios de la producción, la clase burguesa, que lucha por el mantenimiento del orden existente; y los propietarios de su propia fuerza de trabajo, de la capacidad productiva, la clase obrera, que lucha contra la explotación de la que es víctima y desde el punto de vista histórico, por la construcción de una sociedad sin clases. Por lo tanto, las relaciones entre el obrero y el capitalista es una relación contradictoria, de desigualdad y, al mismo tiempo, de negación y de complementariedad. El mantenimiento de esta ruptura, de este antagonismo, y de esta explotación queda asegurado en lo fundamental por el Estado, que en cuanto sistema de instituciones, se organiza con el objetivo de garantizar el orden capitalista, o sea, la perpetuación de las relaciones de producción y jurídico-políticas y de garantizar la subordinación y la sumisión de la mayoría de la población a los intereses de la minoría. En este sentido, el Estado es un aparato especial de violencia organizada y legal-institucional sobre las clases trabajadoras, sobre todo la clase obrera.
La violencia institucional, intentando garantizar y reproducir la desigualdad, se presenta como contra-violencia, preventiva y necesaria contra la violencia dirigida para la destrucción del orden, de la (aparente) igualdad contractual. Así, la realidad expresa de forma invertida, envuelta en misterio: la desigualdad, que segmenta profundase e irremediablemente la sociedad, se presenta como igualdad y la violencia estatal aparece como contra-violencia al ser desencadenada en nombre y en "beneficio" de los contratantes y contra la "anarquía roja", el socialismo, el comunismo.
Según la concepción liberal-burguesa, la sociedad se forma con individuos “libres” e “iguales” que establecen entre ellos un pacto social y político, elaboran leyes y las consagran en una Constitución que regula las relaciones de compra y venta entre las diferentes mercancías: capital y fuerza de trabajo. Así, el Estado tiene como objetivo principal asegurar la plena libertad de mercado, pues es el único espacio que posibilita que las relaciones desiguales se presenten como una relación de cambio entre equivalentes, entre el capital y el trabajo en una relación de compra y venta, intermediada por el sueldo. Esta relación de "igualdad", que crea la ilusión de un contrato igualitario, es el punto de arranque fundamental de la explicación liberal, tanto para los fenómenos económicos, como para toda relación social, es decir, se extiende a toda la sociedad.
En realidad, la base sobre la que se construye el Estado (en cuanto conjunto de instituciones y relaciones jurídico-políticas entre las clases) tiene su origen en las relaciones de producción que al establecerse, imponen relaciones de desigualdad entre la forma en que se organiza la producción y la distribución de la riqueza y establece la ruptura entre los productores y los poseedores de los bienes producidos. Pero estas relaciones no pueden presentarse con su esencia, con su contenido real, bajo el riesgo de engendrar una lucha interminable, que inevitablemente llevaría a la destrucción de los antagonismos y de la propia sociedad. Esto hace que lo aparente se presente como real, como lo que no-es, como no-esencia, como mitificación que niega la propia realidad, es decir, las relaciones de desigualdad entre las clases se presentan como iguales, invertidas, con fetiches, así como la mercancía. “Es esta interversión, contradicción, en que debe de ser el punto de arranque para la presentación del Estado capitalista" (FAUSTO, 1987: 293).
El análisis del desarrollo del Estado y de su propia existencia sólo tiene sentido si se empieza por la relación contradictoria engendrada en la organización de la producción: por la dialéctica entre la apariencia y la esencia. El Estado no puede presentarse “desnudo”, explicitando sus contradicciones como un conjunto de instituciones destinadas a garantizar el mantenimiento de la apropiación desigual, de la desigualdad económica, bajo una aparente igualdad jurídico-política. En este sentido, las relaciones entre capital y trabajo, entre obrero y capitalista, son, al mismo tiempo, relaciones económicas y jurídico-políticas. "La relación jurídica unida a la relación económica presupone la ley, pero no la pone. La ley, mientras es ley, la pone el Estado. El derecho se vuelve derecho positivo" (FAUSTO, 1987: 297). Por consiguiente, el económico y el jurídico-político, cada uno con sus particularidades, establecen una estrecha relación de interdependencia e interpenetración. La superestructura jurídico-política ya se encuentra en el nivel de las relaciones de producción y éstas reaparecen y se manifiestan determinando el plano superestructural.
El Estado burgués se presenta así, de forma sacralizada, como producto de un pacto social, un acuerdo tácito entre iguales, consolidado en la Constitución, que establece derechos y deberes iguales, independientes del color de la piel, de la ideología, del poder adquisitivo (todos los individuos son “libres y iguales” ante de la ley). Así, la Constitución, la Carta Magna (para algunos, cuando expresa sus intereses de clase, es “intocable” y “sagrada”), fundada en la igualdad jurídica de derechos, como guardián de la igualdad en lo abstracto; en principio es, de hecho, la legalización, político-jurídica, de la desigualdad real; un instrumento de mistificación de las relaciones, reales, entre las clases; velando para que en la apariencia no sea explicitada su esencia, es decir, las contradicciones sobre las que se funda la sociedad de clases.
El Estado burgués, al crear su ley y el conjunto de instituciones que garantiza la igualdad formal entre los individuos contratantes, presenta en apariencia, las relaciones sobre que se basa el contrato entre “iguales”, que tiende, necesariamente, a la negación de la esencia y a no reconocer la desigualdad en la que institucionalmente está construida, porque el productor (el obrero propietario de la fuerza de trabajo, de la mercancía que vende en el mercado), en este acto de venta se confronta con el comprador (el capitalista), con el cual establece correspondencia de reciprocidad. Se establecen así relaciones entre portadores de mercancías y de los mismos "derechos", asegurados por ley. El Estado burgués, al individualizar las relaciones, transformándolas en actos de voluntad subjetiva, equivalentes entre individuos “iguales", intenta "neutralizar la tendencia de los productores directos a unirse en un colectivo antagónico al propietario de los medios de producción: la clase social" (SAES, 1994: 30).
La igualdad jurídico-política, aparente y formal, entre individualidades, es en lo esencial la negación de la desigualdad real. En este sentido, el derecho burgués es un elemento fundamental en la tentativa de convertir la desigualdad real en igualdad, como si fuesen relaciones entre equivalentes e iguales que establecen relaciones individuales de compra y venta de la fuerza de trabajo. “El Estado burgués – y la ideología – sólo tiene sentido como la negación de la esencia, como negación de la desigualdad, de la no-identidad; y de la afirmación de la apariencia, de la igualdad y identidad entre los contratantes: obrero y capitalista, es decir, el Estado, al afirmase y al tener lugar; afirma y realiza, al mismo tiempo, su negación: el no-estado. Esta función el Estado la realiza en parte como la ideología que si realiza, pero en parte diferentemente de ella, en la forma de la fuerza material y de la violencia; de la simple presencia de la fuerza material o de su efectividad como “policía” preventiva o represiva” (FAUSTO, 1987: 301).
El Estado, como expresión mistificadora de los antagonismos sociales, para mantenerse, necesita de un conjunto de instituciones aparentemente neutrales y con funciones meramente administrativas, pero, en lo fundamental, puestas al servicio de las clases propietarias y dominantes, beneficiarias del orden existente.
La centralización y la forma de organización de la jerarquía burocrática del aparato estatal es consecuencia y corresponde al desarrollo de las fuerzas productivas y de la división de trabajo (en la fábrica, en la organización burocrática del Estado, en los servicios), de los que "deriva todo carácter despótico del ejercicio de las tareas del Estado: compartimentalización vertical descendiente, ocultación del conocimiento de los funcionarios (la preservación de su conocimiento como secreto de Estado)" (SAES, 1994: 41), que crean condiciones ideológicas, el burocratismo, necesarias a la dominación y reproducción de las relaciones burguesas.

EL ESTADO COMO MISTIFICACIÓN Y
EXPRESIÓN DE INTERESES CONTRADICTORIOS

La existencia del Estado burgués, complementado y auxiliado por la Iglesia (la religión y las ideologías oficiales) sólo es posible a través de la violencia organizada y legal, sea por la represión abierta, sea por la búsqueda del "consenso", de la "adherencia" de las clases trabajadoras a la defensa de la igualdad en “el cielo o en la tierra”. Por lo tanto, la burguesía, en su lucha por la hegemonía, no puede utilizar solamente la represión, debe buscar la adherencia de otras clases a su proyecto civilizatório (económico, político, ético, ideológico, cultural, etc.), presentándolo como si fuera de toda de la sociedad, para ganar esa adhesión, que se ve a su vez, condicionada a hacer concesiones secundarias a otras clases.
La hegemonía burguesa se afirma y conquista la "legitimidad" cuando incorpora a su proyecto reivindicaciones que superan sus intereses económicos y políticos exclusivos e inmediatos y exterioriza como ejemplos de universalidad de su Estado (GRAMSCI, 1978: 33). Al incorporar y expresar esas reivindicaciones como “igualizadoras de todos los hombres, cualquiera que sea su condición socio-económica, el Estado burgués crea la forma ideológica de la ciudadanía. Esto significa que, bajo el Estado burgués, todos los hombres pueden sentirse como si estuviesen en las mismas condiciones ante el Estado; es decir, pasan a sentirse como iguales uno a los otros en cuanto elementos relacionados con el Estado. Y significa también que, bajo el Estado burgués, todos los hombres se sienten involucrados en una relación impersonal con el Estado. El efecto político principal de la imposición de normas igualitarias, así como de la creación de la forma-ciudadanía por el Estado burgués es la individualización de los miembros de las clases sociales antagónicas y la consecuente atomización de esas clases sociales antagónicas.” (SAES, 1994: 129-130)
De hecho, el Estado burgués, en cuanto elemento de mistificación de las relaciones de desigualdad y del antagonismo de clases es un instrumento de las clases propietarias que lo utiliza para asegurarse del monopolio del poder económico, político-jurídico, cultural e ideológico organizados para mantener la opresión y la explotación de la mayoría de la población, las clases trabajadoras. Sin embargo, el Estado contiene en sí distintas contradicciones y no manifiesta solamente los aspectos abordados más arriba, “para Marx, pues, el Estado no es sólo y exclusivamente un órgano de la clase dominante; responde también a los movimientos del conjunto de la sociedad y de las otras clases sociales, según, es obvio, las determinaciones de las relaciones capitalistas. Conforme al grado de desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones de la producción y de las fuerzas políticas de la sociedad, el Estado puede adquirir contornos más o menos claros, revelarse más o menos directamente vinculado a los intereses exclusivos de la burguesía. Incluso, hay ocasiones, en que puede ser totalmente capturado por una facción de la burguesía, así como, en otra ocasión, puede ser políticamente (no económicamente) capturado por sectores de la clase media o por militares.” (IANNI, 1988: 39)
La burguesía, en cuanto clase que mantiene el monopolio sobre el Estado, se ve presionada por el proletariado en lucha e, impedida para destruirlo, se ve obligada a hacer concesiones expresando intereses secundarios de otras clases. Procediendo así, intenta reafirmar la apariencia como esencia; la desigualdad como igualdad; y su dictadura de clase como democracia. Al final, el propio dominio de la burguesía, su supervivencia como clase y la de su Estado, están en dependencia directa de la credibilidad de los trabajadores en su concepción del mundo y de su Estado.
El movimiento popular y obrero, y principalmente el proletariado en la Comuna, llega por su experiencia histórica, a la idea de que el Estado, por más democrática que sea su forma de gobierno, no representa alteración esencial en el tipo de Estado o en su esencia de clase. En más de un siglo de luchas, de revoluciones y contra-revoluciones, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, de una Republica social, no se transformaron en realidad incluso en los periodos de mayor democracia. El "trazo esencial de la democracia capitalista: ¡los oprimidos son autorizados, una vez cada tres o seis años, a decidir quién, entre los miembros de las clases dominantes, será él que, en el parlamento, los representará y los aplastará!" (LÊNIN, 1987: 109). “Es directamente, a través del voto universal, que la clase poseedora domina. Mientras la clase oprimida (en nuestro caso, el proletariado) no está madura para promover su propia emancipación, la mayoría de sus miembros considera el orden social existente como el único posible y, políticamente, forma la cola de la clase capitalista, su línea de extrema izquierda. Sin embargo, en la medida en que va madurando para promover su propia emancipación, se constituye como un partido independiente y escoge a sus propios representantes y no los de los capitalistas. (...) Por el día en que el termómetro del voto universal registra para los trabajadores el punto de ebullición, ellos sabrán (tanto como los capitalistas) lo que les corresponde hacer.” (ENGELS, 1984: 231)

LA COMUNA DE PARÍS Y LA ORGANIZACIÓN DE
UN NUEVO TIPO DE ESTADO

El proletariado en la Comuna de París, al enfrentarse con la violencia institucional y organizada de las clases propietarias, elimina el servicio militar obligatorio, el Ejército permanente y proclama a la Guardia Nacional proletaria como única fuerza armada, a la que deben “pertenecer todos los ciudadanos válidos" (MARX, 1977: 161). En el esbozo de la organización estatal nacional, se propuso la organización de Comunas en todo el país, que deberían administrar las cuestiones colectivas con la más amplia participación, y, sustituir al Ejército permanente por "una milicia popular, con un tiempo de servicio extremadamente corto. Las Comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos" (MARX, 1977: 197).
Esta forma de organización comunal debe presuponer una relación de complementariedad entre la descentralización y la centralización democrática, como garantía de la unidad nacional. "La Comuna es el primer esfuerzo de la revolución proletaria para demoler la máquina del Estado burgués; es la forma política, 'finalmente encontrada', que puede y debe sustituir lo que fue demolido." (LÊNIN, 1987: 69-70)
La Comuna de París, al posicionarse contraria a la sumisión de Francia y a la entrega de París a la dominación prusiana, no lo hace movida simplemente por el sentimiento nacional (forma en que se muestra concretamente la lucha de clases), sino por una serie de razones, las cuales, en ese momento, evidenciaban que la lucha de clases no se limita a las fronteras nacionales, a sólo un país: es internacional, como resultado demostrado cristalinamente de las posiciones asumidas por el proletariado de París y por las clases propietarias francesas en alianza con las tropas de ocupación prusianas.
La Comuna oponiéndose al papel conservador y reaccionario de la Iglesia y la religión en Francia hasta aquel momento, proclama el Estado laico e intenta eliminar la fuerza espiritual y el poder político e ideológico de los curas, decreta la separación del Estado y de la Iglesia y la expropiación de todas las Iglesias como corporaciones propietarias de innumerables bienes materiales y terrenos. “Los sacerdotes son devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de la caridad de los fieles, como sus predecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de instrucción son abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo emancipados de toda interferencia de la Iglesia y del Estado. Así, no solamente se ponía la enseñanza