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Brasil, sexta-feira, 29 de agosto de 2008
febrero 16, 2004
HISTORIA, CRISIS POLÍTICA Y REVOLUCIÓN*

SILVIO COSTA**

Este año hace 130 años que tuvo lugar la Comuna de París de 1871. Este importante acontecimiento en la historia de las luchas sociales, se sitúa entre lo que se denomina la era de las revoluciones burguesas y la era de las revoluciones proletarias. Sintomáticamente, la Comuna de París de 1871 es olvidada por la historiografía “oficial” u “oficiosa” e inclusive, por parcela de la izquierda. Los motivos para este “desconocimiento” son diversos y están claramente definidos, casi siempre, a partir de las posiciones políticas e ideológicas asumidas por cada uno de los diferentes segmentos o clases sociales.

1. HISTORIA Y REVOLUCIÓN

En los últimos años el término revolución ha sido muy utilizado, casi siempre de forma confusa, para referirse a cambios en los distintos campos de la actividad humana: revolución en la moda, revolución en las artes, revolución tecnológica, revolución en el mundo de la información. Esta utilización, aprovechando la buena receptividad social a lo nuevo y distinto, intenta marcar una superación de lo existente, ya considerado “viejo”, por algo que presenta características nuevas y más avanzadas. Sin embargo, esa utilización de la denominación, en parte, no corresponde al contenido al que se refiere, al que quiere expresar. El término Revolución relacionado a cambios sociales y políticos más profundos, casi no se utiliza, salvo en unas pocas ocasiones excepcionales; y cuando se utiliza es de manera apasionada y no raramente, se asumen posiciones en contra o a favor.
La mayoría de los estudios históricos y de los libros publicados en los días actuales, prefieren ocuparse casi que exclusivamente, de hechos secundarios, de lo cotidiano, de lo pintoresco y curioso, de las características del comportamiento de nobles y aristócratas, de los grandes hechos de los líderes y dirigentes pertenecientes a las clases dominantes. Así, la historia se interpreta como una narración de costumbres sociales y se identifica como una suma de hechos aislados y curiosos, en gran parte asociados a la picardía.
Actualmente se intenta formar y consolidar, entre partes significativas de la población, la opinión y la idea de que el estudio de la Historia no tiene sentido. Se argumenta que, en este inicio de milenio, de anuncio del Tercero Milenio, ser moderno, o incluso postmoderno, significa identificarse con el individualismo y el irracionalismo metodológico. Mixtificadores, propagan la idea de que la Historia no tiene estatuto científico y, que al estudiarla, se debe restringirse a la lectura sobre los aspectos y comportamientos individuales y subjetivos, en fin, a hechos pintorescos. Este tipo de concepción intenta imponernos la idea de que llegamos al “fin de la historia”, al primado del individualismo y del subjetivismo. Irónicamente pregonan a “los cuatro vientos” que la barbarie liberal, recién bautizada de neoliberalismo, es el primado de la democracia, de la libertad individual y el objetivo y el fin último del desarrollo social. Afirman que no hay alternativas que se contrapongan al Mercado, al reinado de la mercancía. Los antagonismos sociales reales, la defensa del ideal igualitario, que mueven las sociedades, han fracasados, véase el Este Europeo, la exURSS y la crisis y decadencia de las experiencias socialistas. (COSTA, 1998: 14).
Aunque una significativa parte de la historia que estudiamos y que se nos enseña, intente evitar referirse a los hechos revolucionarios que marcan la historia de la humanidad, no es posible estudiar y referirse a la Historia Moderna y Contemporánea, sin detenerse en las grandes revoluciones burguesas y populares-proletarias que marcaron los siglos XVIII y XIX: de la Revolución burguesa Francesa, iniciada en 1789; pasando por las Revoluciones de 1848, en distintos países europeos , y por la Comuna de París – cuando por primera vez en la historia, las clases explotadas y oprimidas asumen el poder político e intentan una nueva forma de organización social; hasta las revoluciones que inician la era de las revoluciones proletarias, en las primeras décadas del siglo XX, donde si destacan,, entre otras, las Revoluciones Rusa, China y Cubana.

1.1. LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD ESTÁ MARCADA
POR GRANDES AGITACIONES SOCIALES Y POLÍTICAS

No hay cómo negar el hecho de que en los tres últimos siglos la historia de la humanidad está marcada por grandes agitaciones sociales y políticas de contenido revolucionario, impactando y transformando la vida de millones y millones de personas en los distintos continentes, involucradas directa o indirectamente, sea en las revoluciones burguesas, sea en las revoluciones populares y proletarias, o en las luchas anticoloniales e antiimperialistas. Concordando o no, todos nosotros, estamos directamente o indirectamente marcados con intensidad y de distintas maneras por el acentuado proceso de revoluciones y contrarrevoluciones.
Las revoluciones populares y proletarias, cualquiera que sea la evaluación sobre sus resultados, sus errores y sus emanaciones, se puede afirmar que, desde el punto de vista de la construcción de una sociedad igualitaria y fraterna, aún son revoluciones incompletas, pues presentan una serie de problemas, debilidades y pasan por acentuadas dificultades, que se consideran momentáneas. Por mayores e increíbles que sean las conquistas alcanzadas por el desarrollo de la humanidad, los problemas ocasionados por la distribución desigual de las riquezas, por la manutención de relaciones económicas y sociales basadas en la explotación y opresión, continúan actuales y se agudizan de forma contundente e implacable. Estas contradicciones, con el proceso de mundialización o globalización, se agravan y se generalizan a gran escala y anuncian y confirman la continuidad del ciclo de las revoluciones sociales.
Es inevitable que al hacerse referencia a la Revolución, surjan distintas actitudes y comportamientos. Para los, que la entienden como camino para la superación de la vieja sociedad, despierta simpatía, admiración y apoyo. Para la minoría que se beneficia de los privilegios impuestos por el viejo orden, es tratada con horror y odio. Otros, entienden que es posible, a través de una revolución social y política, construir un nuevo tipo de sociedad, buscar una sociedad menos desigual, más democrática, que restrinja los privilegios y posibilite una mayor igualdad de los derechos económicos, sociales y políticos; estos, se involucran, de forma más o menos apasionada en el proceso revolucionario. Otros, comprenden que la victoria de las fuerzas revolucionarias significa la reducción o el fin de sus privilegios, y por lo tanto, intentan impedir el triunfo de un nuevo orden, sumándose a la contrarrevolución.
Incluso hoy, distintos sectores sociales y fuerzas políticas, en el intento de negar el contenido revolucionario de las luchas por la conquista de derechos por los trabajadores, intentan negar, en parte o en su totalidad, los aspectos irrefutables del pasado revolucionario de la sociedad y de su país. Intentan construir una visión mitificada de su historia, donde, mágicamente, las contradicciones de clases “desaparecen”, la división política entre izquierdas y derechas se sustituye por un pensamiento que se pretende “único”; los antagonismos sociales reales se sustituyen por una “identidad de intereses”, por un “interés común”. Se divulga a través de los medios de comunicación monopolizados que sólo son demócratas aquellos que acatan y asumen las posición y la defensa de los intereses económicos y políticos expresados por la élite dominante y dirigente. Todo es consenso, negociaciones y pactos, a no ser esto, que significa “totalitarismo”, catástrofe; estamos condenados al “infierno”.
Creemos importante subrayar que las revoluciones no son hechos provocados por algunos pocos lideres, “mal” o “bien” intencionados, por la voluntad “soberana” de un rey o emperador, pues así se estaría dejando de lado la historia real y construyendo una interpretación parcial, equivocada, y no raramente, fantasiosa.
Las revoluciones no son hechos que se producen artificialmente, como resultado de los deseos de venganza y envidia, sino que se dan a partir de las modificaciones económicas, sociales, políticas, culturales, que agravan las contradicciones inherentes al propio desarrollo de las sociedades, y cuando una parte significativa de la población entiende que no es posible continuar viviendo bajo el orden económico, social y político existentes, y que es necesaria una transformación.
Se debe destacar que la violencia existente en los procesos revolucionarios no son consecuencia en un primer momento, de la iniciativa de las fuerzas revolucionarias, sino una reacción a la violencia contrarrevolucionaria de las élites dirigentes, que intentan por todos los medios posibles mantener sus privilegios de clase. Destacamos incluso, que es un equívoco asociar revolución con pobreza y opresión, pues las precarias condiciones de vida impuesta a las clases populares no son responsables por si solas, del sentimiento de revuelta y de la toma de conciencia de sus intereses sociales reales, sino del mito, de la desmoralización y la apatía; si así fuera la historia de la humanidad estaría toda ella repleta de interminables revoluciones (TODD, 2000: 12).

1.2. LA COMUNA DE PARÍS DE 1871

En nuestra opinión, es a partir de esta concepción y estos presupuestos cuando debemos hacer el análisis, más objetivo, de la Comuna de París de 1871. Los acontecimientos que llevan a la Insurrección popular y proletaria en París se ligan a la tentativa de resistencia armada ante el desarrollo de la Contra-Revolución europea, personificada por el gobierno de Thiers . Se sitúa a lo largo de la guerra franco-prusiana; en la derrota del Imperio napoleónico; en la perspectiva y el deseo parisino de continuidad de la guerra contra las tropas prusianas de ocupación; dadas las vacilaciones del Gobierno provisional y la desconfianza generalizada que esa actitud provoca. A este hecho se suma el despertar del sentimiento proletario, que los lleva a intentar tomar el cielo por asalto (COSTA, 1988: 15).
La importancia que asume la Comuna para el movimiento proletario mundial es subrayada por Karl Marx, en su obra La guerra civil en Francia, cuando afirma:
“Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la Revolución; cuando, por la primera vez en la historia, simples obreros se atrevieron a violar el monopolio de gobierno de sus “superiores naturales” y, en circunstancias extraordinariamente difíciles, realizaron su trabajo de modo modesto, conciente y eficaz, con sueldos elevados que representaban una entre cinco partes de la suma que, según una alta autoridad científica, es el salario mínimo de un secretario de un consejo escolar de Londres, el viejo mundo se constreñía en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondulando sobre el Hotel de Ville. En tanto, era esa la primera revolución por la cual la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de tener iniciativa social, inclusive por la gran masa de la clase media parisina: tenderos, artesanos, comerciantes, con la única excepción de los capitalistas ricos. (...) La Comuna fue, pues, la verdadera representación de todos los componentes sanos de la sociedad francesa y, por lo tanto, el gobierno nacional auténtico. Pero, al mismo tiempo, como gobierno obrero y campeón intrépido de la emancipación del trabajo, fue un gobierno internacional en el pleno sentido de la palabra. Ante los ojos del ejército prusiano que había anexado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexó a Francia los obreros de todo el mundo” (MARX, 1977: 200).
En este sentido, el debate, el estudio y el conocimiento de la experiencia de la Comuna de París de 1871, en cuanto hecho revolucionario que se coloca entre la era de las revoluciones burguesas y la era de las revoluciones proletarias, puede contribuir, no solamente a aclarar el contenido y aspectos inherentes a las luchas proletarias, sino también, el carácter que puede asumir las actuales y futuras experiencias de construcción de una nueva sociedad igualitaria y fraterna.

2 . CRISIS POLÍTICA Y REVOLUCIÓN

Las crisis están estrechamente asociadas a las movilizaciones sociales, guerras, sublevaciones, insurrecciones y revoluciones. En general, las crisis económicas producen crisis sociales en los distintos niveles, produciendo y radicalizando el descontento popular, que puede ser más o menos prolongado, más o menos violento, principalmente cuando los gobernantes, contando con el monopolio de la violencia organizada e institucional, reprime más o menos ferozmente, las manifestaciones de insatisfacción de grandes partes de la población. Esas crisis, aisladamente, por si solas, no llevan al desencadenamiento del proceso revolucionario, a transformaciones más radicales de la estructura social, lo que podrá ocurrir a partir del surgimiento de una crisis política derivada de una división en la élite dirigente y gobernante ya que sus políticas inconsistentes y vacilantes no consiguen mantener a las clases populares en los límites de las reivindicaciones reformistas.
En la gestación de una crisis revolucionaria, Lênin, en su obra La falencia de la II Internacional, apunta tres características que considera principales:
1) imposibilidad de las clases dominantes de mantener su dominación de forma inalterada, lo que posibilita el surgimiento de una crisis en la “cúpula”, una crisis de la política dominante, creando una fisura a través de la cual el descontento y la indignación de las clases oprimidas y explotadas abren camino para que la Revolución explote. En general, no basta con que la base no quiera vivir más como antes, sino que es necesario incluso, que la cúpula no pueda continuar manteniendo más su forma de dominación inalterada;
2) agravamiento, en gran escala, de la miseria y de la angustia de las clases oprimidas, que no aceptan más la persistencia de esta situación;
3) desarrollo acentuado, en virtud de las razones indicadas, de la actividad de las masas, que se dejan, en los periodos “pacíficos”, saquear tranquilamente, pero que, en periodos agitados, son empujadas, tanto por la crisis en su conjunto como por la propia “cúpula”, a una acción histórica independiente.
Sin estas alteraciones objetivas y articuladas, producidas por el propio desarrollo de una sociedad determinada, independientes de la voluntad personal de un monarca o de un gobernante cualquiera e independientes de la voluntad subjetiva de una clase o fracción de clase, la revolución es, como regla general, imposible. Puede tratarse de una revuelta o una insurrección, que, por mayor que sea su contundencia, puede producir una mezcla de represión y reformas que no llegan a amenazar los fundamentos del orden imperante.
En la caracterización de estas condiciones objetivas y sus peculiaridades, que llevan al desencadenamiento de la Comuna de París, el elemento político fue decisivo en consecución de las divisiones políticas entre las clases dominantes, del crecimiento de la oposición republicana, radical o conservadora, y la oposición popular-proletaria, y en lo más inmediato, principalmente por la derrota en la guerra franco-prusiana y sus consecuencias. Las dificultades económicas no son consecuencia de una crisis gestada de forma “clásica”, sino gestada por la guerra.

2.1. CRISIS POLÍTICA EN FRANCIA

El deflagrar de la Comuna está asociado a características y circunstancias peculiares propias de París en una situación de sitio militar impuesto por tropas enemigas. Incluso los intentos de ampliar el movimiento a otras ciudades: Lyon, Marsella, Saint-Etienne, Creusot, Narbonne, no consiguen mantenerse por muchos días y no tienen éxito.
Respecto a los aspectos económicos, el periodo inmediatamente anterior a la Comuna, el desarrollo en Francia no se enfrentaba a una crisis profunda. En el periodo comprendido entre 1847 y 1872, la tasa de crecimiento del Producto Interno francés fue de aproximadamente 2% al ano, muy superior al de periodos anteriores y posteriores; el producto nacional creció cerca de un 90%. La población pasó de cerca de 35 millones, en 1845, a cerca de 38 millones; la población urbana pasó de 8 millones (24,4%), en 1845, a más de 11 millones (32,4%), en 1870. La industria presenta un significativo crecimiento en su conjunto, de entre los cuales sobresale la metalurgia y los ferrocarriles. El comercio de exportación e importación, en gran parte de las materias primas, se amplia significativamente. La participación del Estado en la economía, principalmente en la creación de infraestructura, tuvo un crecimiento de cerca del 60%. El sector financiero se amplia a través del surgimiento de los principales bancos franceses.
La prosperidad francesa se manifiesta también en la modernización de las grandes ciudades, en la construcción de infraestructura urbana, drenajes, telégrafos en todos las provincias y los departamentos de París, construcción de nuevos barrios en distintas ciudades, construcción de estaciones ferroviarias. París, la capital del Imperio e importante centro económico, político y cultural, de la moda y de la bohemia, es la ciudad que sufre las mayores transformaciones: sustitución de barrios enteros; construcción de anchas avenidas y monumentos; construcción de estaciones ferroviarias, de la Ópera, de iglesias, parques, desagües, etc.
Se debe destacar que la urbanización de París se hizo intentando eliminar en la medida del posible, las calles estrechas, que en las revueltas populares se transformaban en verdaderas trincheras casi inexpugnables, como ocurrió en las insurrecciones y revoluciones que hasta entonces marcan la historia francesa . Su espacio geográfico fue dividido por clases sociales; en los barrios del oeste sobresalen las grandes construcciones aristocráticas y burguesas; en el este, se aglomeran contingentes proletarios, que forman sus propias comunas, organizaciones que, en el recrudecimiento de las luchas de clases asumen un papel relevante. París “hacia 1871, buena parte de la población de esta ciudad (que creció por encima del medio millón en los años 1850-1871) estaba compuesta por inmigrantes rurales a quienes resultaba duro adaptarse a la vida y al trabajo en una gran ciudad. De hecho, buena parte de ellos se limitó a cambiar el desempleo en el campo por el desempleo en la ciudad. Este aumento de la población urbana generó verdaderos problemas en las condiciones de vida. Aunque las reformas sociales de Luis Napoleón aliviaron algunos de los problemas más graves, la distancia entre ricos y pobres en París tendía a crecer en los años anteriores a 1871. Esto se debía, en parte, a la enorme resistencia de los políticos conservadores a aumentar los impuestos para financiar las mejoras en las condiciones de vida de las masas. (TODD, 2000: 30).
Al lado de la pequeña producción que aún predominaba en París, a través de micro-empresas existían, también, grandes empresas. De los 440 mil trabajadores industriales parisinos 50 mil estaban empleados en empresas municipales y en grandes compañías. Durante la Comuna, París ya poseía diez fábricas de gas, un centro ferroviario con doce estaciones, fábricas de cigarrillos, tipografías, arsenales y otras grandes empresas municipales y privadas. Conviene decir que este crecimiento económico se dio durante el Segundo Imperio de Napoleón III, aliado de la burguesía financiera (banqueros y usureros) además de serlo de los grandes latifundistas y capas superiores de la burguesía industrial. Así, el dueño de las mayores fábricas de municiones de Creuse, Schneider, era el presidente de la Cámara de los Diputados.” (MOURA, 1991: 51)
Con todo, respecto al crecimiento del poder adquisitivo de los sueldos y las ganancias, la acumulación de capitales, hay una gran discrepancia. Entre 1850 y 1870, los sueldos nominales crecieran un 45%; el real fue solamente de un 28%. El porcentaje de ganancias, en el mismo periodo, creció en un índice superior al 300% (LESOURD, 1975: 112-113).
La clase obrera en este periodo se expande dinámicamente. “De acuerdo con el censo de 1861, existían en Francia 2,9 millones de trabajadores industriales y 1,6 millones de patrones. En cuanto a París cada empresa industrial tenía 4,5 obreros, la media general para el país era más baja: 1,7 trabajadores. Una media tan baja de trabajadores por empresa demuestra que en Francia había un gran número de empresas artesanales. La situación de los trabajadores durante el Segundo Imperio se agrava a pesar del desarrollo económico. Entre los años 50 y 60 del siglo XIX, los sueldos aumentaron entre un 10 y un 40%; en cuanto el precio de las mercancías y el alquiler de las habitaciones, tuvieron un aumento del 70%. Por otro lado, la jornada de trabajo en París excedía de 11 horas y en la provincia era generalmente superior a la 12 horas; en algunos sitios como en el Loire Superior llegaba a 15 y 16 horas. Las protestas de los trabajadores contra esta situación eran violentamente reprimidas; ocupaban fábricas con tropas, establecían penas de prisión para los huelguistas.” (MOURA, 1991: 52).

2.2. EL CRECIMIENTO ECONÓMICO Y LA
MODERNIZACIÓN DE FRANCIA

Pero pese al crecimiento económico y la modernización de Francia, la oposición del pueblo crecen sintomáticamente. El proletariado reivindica reajustes de sus sueldos y derechos sociales y de organización. Incluso, las clases y segmentos sociales que fueron las principales bases de la sustentación del régimen dictatorial, empezaron a manifestar su descontento y a hacer críticas abiertas al gobierno de Napoleón III. A partir de los años 60 del siglo XIX, los conflictos se explicitan con nitidez: la burguesía, principalmente la industrial, hace contundentes críticas al gobierno por el Tratado de libre comercio con la Inglaterra y por la eliminación del proteccionismo, y el clero, por su política exterior relacionada con los Estados Pontificios.
A comienzo de los años 60 del siglo XIX, después de la expedición militar francesa a Siria, se inicia la apertura y la construcción del Canal de Suez, a través de capital francés. El Canal de Suez, al unir el Mediterráneo con el Mar Rojo, posibilita, al mismo tiempo, mejores condiciones para el dominio de Egipto, y el acceso al comercio y envío de tropas a Oriente. La construcción de este Canal, con 160 kilómetros, se concluye en 1869, pasando posteriormente a dominio inglés.
El expansionismo colonial e imperialista europeo, principalmente el inglés, es seguido con voracidad por Francia. La europeización del mundo es realizada a través de guerras, del envío de tropas militares a distintos continentes, que garantizan la penetración de capitales y la apertura de mercados consumidores y exportadores de materias primas. También se exportan las teorías racistas, apologéticas de la “superioridad” de los blancos europeos. La política externa de Napoleón III es una expresión explícita del expansionismo europeo. Esta política agresiva francesa se concreta a través del envío de tropas a Oriente Medio, África y América (México).
“Las clases medias partidarias de Napoleón III, que habían alcanzado el poder de mano de los temores liberales y conservadores que siguieron a la revolución de 1848, enseguida se volvieron críticas. Entre 1859 y 1861 declaró una amnistía política y relajó la censura de la prensa, pero su intento de calmar a la oposición tuvo el efecto contrario. A partir de 1863, cuando se eligieron 35 diputados opositores, las criticas se intensificaron y el conflicto político se hizo más profundo. Las elecciones de 1869 dieron como resultado una oposición aún más fuerte, y hacia la primavera de 1870 Napoleón III (ya gravemente enfermo) se convenció de que sólo podría conjurar “el peligro de la revolución” con concesiones liberales importantes. A pesar de ganar el plebiscito acerca de su propuesta de “Imperio Liberal”, la unidad de las elites políticas seguía resquebrajándose mientras que las clases medias experimentaban dificultades económicas” (TODD, 2000: 47-48).
Las reformas crean mejores condiciones para el desarrollo de la oposición republicana y para el desencadenamiento de las huelgas obreras, que pasan a producirse con cierta regularidad, asociadas a manifestaciones en contra de la represión y la prisión de huelguistas. En 1864, los diputados de izquierda reivindican y consiguen la eliminación de la “famosa” ley Le Chapellier, que establecía la asociación como un delito y motivo de prisión y condena. Esta liberalización, incluso con restricciones, permite la organización de asociaciones obreras, el establecimiento de contacto con las Trade Unions inglesas, con la Iª Internacional, la participación en congresos obreros en distintos países y la relación estrecha con el movimiento proletario europeo. Así, el movimiento proletario que venía articulándose, se transforma en campo fértil para las distintas ideas socialistas, anarquistas y comunistas (LISSAGARAY, 1991: 18-19).
Al nivel de la política externa, de las intervenciones patrocinadas por Napoleón III, habrá una oposición creciente. En 1861, Francia, aliada con España e Inglaterra, envían tropas a México con el objetivo de destituir el gobierno republicano y democrático de Benito Juárez. Las tropas españolas e inglesas, después de la imposición del archiduque austriaco Maximiliano, se retiran. Napoleón III, intentando apoderarse de aquel país, determina la permanencia de sus tropas en apoyo al Emperador títere. Derrotado por la resistencia de la guerrilla mexicana y presionados por los EE.UU., las tropas francesas se retiran en 1867, ocasionando un gran desgaste político a Napoleón, que es criticado en dos frentes: por los monárquicos, por haber abandonado la aventura de Maximiliano en México; por los republicanos, por la tentativa de imponer un soberano austriaco en un país de América.

2.3. FRACASO DE LA AVENTURA MEXICANA
Y DERROTA EN LA GUERRA FRANCO-PRUSIANA

Al fracaso de la aventura mexicana se suman otros en el continente europeo, donde pese a algunas victorias militares, se desarrolla una política contradictoria. Entre 1854 y 1856, Francia derrota a Rusia en la Guerra de Crimea. En 1859, apoya la unificación italiana y lucha contra Austria, pero, en 1861, firma un Tratado de paz, y buscando el apoyo de la Iglesia Católica, intenta presentarse como defensor de los intereses territoriales del Papa. En 1865, Napoleón III estimula a Prusia a atacar y derrotar a Austria, en la batalla de Sadowa, en 1866. Esta victoria contribuye a la unificación de los estados septentrionales de Alemania, formando en 1867, la Confederación Alemana del Norte. España, desde 1868, se encontraba sin soberano y la sucesión se decide sin la participación de Francia en las negociaciones, lo que provoca una alteración significativa en la correlación de fuerzas entre las potencias europeas, favoreciendo significativamente a Prusia. Así, Prusia, fortalecida, se interesaba por la guerra. Para Napoleón III la guerra con Prusia se presenta como una alternativa que puede permitir al Gobierno napoleónico solucionar sus problemas en dos frentes: a nivel interno, fortalecería los argumentos para llamar al país a la unión, en defensa de la patria agredida; a nivel externo, la derrota de Prusia permitiría la eliminación de un poderoso concurrente y la afirmación de la hegemonía francesa en el continente.
El 17 de julio de 1870, Napoleón III declara la guerra a Prusia. Su gran e invencible ejército, en realidad se encontraba débilmente equipado, mal preparado y disperso en diferentes regiones y continentes. Las derrotas son sucesivas y el 1º de septiembre, en la Batalla de Sedan, vencido el ejército francés, Napoleón III es hecho prisionero. Al mismo tiempo, se dan manifestaciones en París contra el régimen bonapartista, incluso un intento blanquista fracasado de asalto al poder.
La noticia de la derrota francesa, a partir de 4 de septiembre, provoca el inicio de las movilizaciones populares en París, llevando al fin al Imperio napoleónico, a la proclamación de la República y a la formación de un Gobierno de Defensa Nacional, bajo la hegemonía de los sectores republicanos aliados a los monárquicos. Sin embargo, este Gobierno no consigue crear entusiasmo ni una base de apoyo político, incluso en sectores de las clases dominantes, esto como consecuencia de su composición política, de la ausencia de iniciativas económicas y políticas más consistentes y por temer una movilización revolucionaria del proletariado. Su inoperancia demuestra poca disposición en la movilización de la población contra los prusianos. Cuando lo hace es mucho más para dar una satisfacción a la población, que exigía la lucha contra el ejército invasor. La inconsistencia del Gobierno de Defensa Nacional, en París, vuelve más tensa la situación, provocando a que sectores de la Guardia Nacional y otros grupos pasen a exigir elecciones por sufragio universal y la instalación de una Comuna. En represalia, el Gobierno, receloso, pasa a la represión, determina el cierre de los clubes políticos y de las organizaciones proletarias, y firma el armisticio con los prusianos el 28 de enero de 1871. La rendición imponía la realización de elecciones para la formación de una Asamblea Nacional y la institución de un gobierno con “legitimidad” para negociar la rendición definitiva.
La guerra y el sitio a París provocan un acentuado trastorno económico y crea dificultades para la sobrevivencia de la población, principalmente, para las partes más pobres. “Durante la guerra y el sitio, muchos negocios tuvieron que cerrar como consecuencia de no poder acceder a las materias primas y a los clientes. Muchos parisinos, incapaces de encontrar trabajo, dejaron de pagar sus alquileres, empeñaron sus herramientas y se unieron a la Guardia Nacional Parisina, que pagaba un pequeño sueldo diario. Al mismo tiempo los comerciantes recurrieron a un sistema de créditos.” (TODD, 2000: 31).
Al mismo tiempo, la rendición provoca una gran insatisfacción entre la población de París. Algunas guarniciones de la Guardia Nacional, del ejército regular y marineros se resisten a entregar las armas al enemigo y a abandonar sus puestos. La Guardia Nacional y el proletariado de París se arman y organizan la resistencia, asumen el control de algunos barrios, libertan los prisioneros políticos, se apoderan de las armas y municiones y colocan los cañones en posiciones estratégicas para la defensa de la ciudad.
El 8 de febrero se celebran las elecciones , incluso en las regiones ocupadas por tropas prusianas, para la formación de la Asamblea Nacional. Como consecuencia del tiempo extremamente pequeño para los comicios, de todo tipo de ataques y calumnias de que son víctimas los republicanos radicales, los socialistas y el proletariado de París, los sectores conservadores y reaccionarios se imponen como mayoría. De un total de 750 diputados elegidos, 450 son monárquicos. Los pocos diputados de izquierdas son en su mayoría, electos por París. Esta Asamblea conservadora y reaccionaria no reconoce la República, proclamada en París en septiembre de 1870 como consecuencia de las presiones populares, y elige Thiers como jefe de gobierno.
La Asamblea Nacional procurando restablecer por lo menos en apariencia, la normalidad, y recelosa ante el proletariado parisino, transfiere la capital a Versalles y decide suspender las medidas económicas de emergencia,