Este año hace 130 años que tuvo
lugar la Comuna de París de 1871.
Este importante acontecimiento en la
historia de las luchas sociales, se
sitúa entre lo que se denomina la
era de las revoluciones burguesas y
la era de las revoluciones
proletarias. Sintomáticamente, la
Comuna de París de 1871 es olvidada
por la historiografía “oficial” u
“oficiosa” e inclusive, por parcela
de la izquierda. Los motivos para
este “desconocimiento” son diversos
y están claramente definidos, casi
siempre, a partir de las posiciones
políticas e ideológicas asumidas por
cada uno de los diferentes segmentos
o clases sociales.
1. HISTORIA Y REVOLUCIÓN
En los últimos años el término
revolución ha sido muy utilizado,
casi siempre de forma confusa, para
referirse a cambios en los distintos
campos de la actividad humana:
revolución en la moda, revolución en
las artes, revolución tecnológica,
revolución en el mundo de la
información. Esta utilización,
aprovechando la buena receptividad
social a lo nuevo y distinto,
intenta marcar una superación de lo
existente, ya considerado “viejo”,
por algo que presenta
características nuevas y más
avanzadas. Sin embargo, esa
utilización de la denominación, en
parte, no corresponde al contenido
al que se refiere, al que quiere
expresar. El término Revolución
relacionado a cambios sociales y
políticos más profundos, casi no se
utiliza, salvo en unas pocas
ocasiones excepcionales; y cuando se
utiliza es de manera apasionada y no
raramente, se asumen posiciones en
contra o a favor.
La mayoría de los estudios
históricos y de los libros
publicados en los días actuales,
prefieren ocuparse casi que
exclusivamente, de hechos
secundarios, de lo cotidiano, de lo
pintoresco y curioso, de las
características del comportamiento
de nobles y aristócratas, de los
grandes hechos de los líderes y
dirigentes pertenecientes a las
clases dominantes. Así, la historia
se interpreta como una narración de
costumbres sociales y se identifica
como una suma de hechos aislados y
curiosos, en gran parte asociados a
la picardía.
Actualmente se intenta formar y
consolidar, entre partes
significativas de la población, la
opinión y la idea de que el estudio
de la Historia no tiene sentido. Se
argumenta que, en este inicio de
milenio, de anuncio del Tercero
Milenio, ser moderno, o incluso
postmoderno, significa identificarse
con el individualismo y el
irracionalismo metodológico.
Mixtificadores, propagan la idea de
que la Historia no tiene estatuto
científico y, que al estudiarla, se
debe restringirse a la lectura sobre
los aspectos y comportamientos
individuales y subjetivos, en fin, a
hechos pintorescos. Este tipo de
concepción intenta imponernos la
idea de que llegamos al “fin de la
historia”, al primado del
individualismo y del subjetivismo.
Irónicamente pregonan a “los cuatro
vientos” que la barbarie liberal,
recién bautizada de neoliberalismo,
es el primado de la democracia, de
la libertad individual y el objetivo
y el fin último del desarrollo
social. Afirman que no hay
alternativas que se contrapongan al
Mercado, al reinado de la mercancía.
Los antagonismos sociales reales, la
defensa del ideal igualitario, que
mueven las sociedades, han
fracasados, véase el Este Europeo,
la exURSS y la crisis y decadencia
de las experiencias socialistas.
(COSTA, 1998: 14).
Aunque una significativa parte de la
historia que estudiamos y que se nos
enseña, intente evitar referirse a
los hechos revolucionarios que
marcan la historia de la humanidad,
no es posible estudiar y referirse a
la Historia Moderna y Contemporánea,
sin detenerse en las grandes
revoluciones burguesas y
populares-proletarias que marcaron
los siglos XVIII y XIX: de la
Revolución burguesa Francesa,
iniciada en 1789; pasando por las
Revoluciones de 1848, en distintos
países europeos , y por la Comuna de
París – cuando por primera vez en la
historia, las clases explotadas y
oprimidas asumen el poder político e
intentan una nueva forma de
organización social; hasta las
revoluciones que inician la era de
las revoluciones proletarias, en las
primeras décadas del siglo XX, donde
si destacan,, entre otras, las
Revoluciones Rusa, China y Cubana.
1.1. LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD
ESTÁ MARCADA
POR GRANDES AGITACIONES SOCIALES Y
POLÍTICAS
No hay cómo negar el hecho de que en
los tres últimos siglos la historia
de la humanidad está marcada por
grandes agitaciones sociales y
políticas de contenido
revolucionario, impactando y
transformando la vida de millones y
millones de personas en los
distintos continentes, involucradas
directa o indirectamente, sea en las
revoluciones burguesas, sea en las
revoluciones populares y proletarias,
o en las luchas anticoloniales e
antiimperialistas. Concordando o no,
todos nosotros, estamos directamente
o indirectamente marcados con
intensidad y de distintas maneras
por el acentuado proceso de
revoluciones y contrarrevoluciones.
Las revoluciones populares y
proletarias, cualquiera que sea la
evaluación sobre sus resultados, sus
errores y sus emanaciones, se puede
afirmar que, desde el punto de vista
de la construcción de una sociedad
igualitaria y fraterna, aún son
revoluciones incompletas, pues
presentan una serie de problemas,
debilidades y pasan por acentuadas
dificultades, que se consideran
momentáneas. Por mayores e
increíbles que sean las conquistas
alcanzadas por el desarrollo de la
humanidad, los problemas ocasionados
por la distribución desigual de las
riquezas, por la manutención de
relaciones económicas y sociales
basadas en la explotación y opresión,
continúan actuales y se agudizan de
forma contundente e implacable.
Estas contradicciones, con el
proceso de mundialización o
globalización, se agravan y se
generalizan a gran escala y anuncian
y confirman la continuidad del ciclo
de las revoluciones sociales.
Es inevitable que al hacerse
referencia a la Revolución, surjan
distintas actitudes y
comportamientos. Para los, que la
entienden como camino para la
superación de la vieja sociedad,
despierta simpatía, admiración y
apoyo. Para la minoría que se
beneficia de los privilegios
impuestos por el viejo orden, es
tratada con horror y odio. Otros,
entienden que es posible, a través
de una revolución social y política,
construir un nuevo tipo de sociedad,
buscar una sociedad menos desigual,
más democrática, que restrinja los
privilegios y posibilite una mayor
igualdad de los derechos económicos,
sociales y políticos; estos, se
involucran, de forma más o menos
apasionada en el proceso
revolucionario. Otros, comprenden
que la victoria de las fuerzas
revolucionarias significa la
reducción o el fin de sus
privilegios, y por lo tanto,
intentan impedir el triunfo de un
nuevo orden, sumándose a la
contrarrevolución.
Incluso hoy, distintos sectores
sociales y fuerzas políticas, en el
intento de negar el contenido
revolucionario de las luchas por la
conquista de derechos por los
trabajadores, intentan negar, en
parte o en su totalidad, los
aspectos irrefutables del pasado
revolucionario de la sociedad y de
su país. Intentan construir una
visión mitificada de su historia,
donde, mágicamente, las
contradicciones de clases “desaparecen”,
la división política entre
izquierdas y derechas se sustituye
por un pensamiento que se pretende
“único”; los antagonismos sociales
reales se sustituyen por una
“identidad de intereses”, por un
“interés común”. Se divulga a través
de los medios de comunicación
monopolizados que sólo son
demócratas aquellos que acatan y
asumen las posición y la defensa de
los intereses económicos y políticos
expresados por la élite dominante y
dirigente. Todo es consenso,
negociaciones y pactos, a no ser
esto, que significa “totalitarismo”,
catástrofe; estamos condenados al “infierno”.
Creemos importante subrayar que las
revoluciones no son hechos
provocados por algunos pocos
lideres, “mal” o “bien”
intencionados, por la voluntad
“soberana” de un rey o emperador,
pues así se estaría dejando de lado
la historia real y construyendo una
interpretación parcial, equivocada,
y no raramente, fantasiosa.
Las revoluciones no son hechos que
se producen artificialmente, como
resultado de los deseos de venganza
y envidia, sino que se dan a partir
de las modificaciones económicas,
sociales, políticas, culturales, que
agravan las contradicciones
inherentes al propio desarrollo de
las sociedades, y cuando una parte
significativa de la población
entiende que no es posible continuar
viviendo bajo el orden económico,
social y político existentes, y que
es necesaria una transformación.
Se debe destacar que la violencia
existente en los procesos
revolucionarios no son consecuencia
en un primer momento, de la
iniciativa de las fuerzas
revolucionarias, sino una reacción a
la violencia contrarrevolucionaria
de las élites dirigentes, que
intentan por todos los medios
posibles mantener sus privilegios de
clase. Destacamos incluso, que es un
equívoco asociar revolución con
pobreza y opresión, pues las
precarias condiciones de vida
impuesta a las clases populares no
son responsables por si solas, del
sentimiento de revuelta y de la toma
de conciencia de sus intereses
sociales reales, sino del mito, de
la desmoralización y la apatía; si
así fuera la historia de la
humanidad estaría toda ella repleta
de interminables revoluciones (TODD,
2000: 12).
1.2. LA COMUNA DE PARÍS DE 1871
En nuestra opinión, es a partir de
esta concepción y estos presupuestos
cuando debemos hacer el análisis,
más objetivo, de la Comuna de París
de 1871. Los acontecimientos que
llevan a la Insurrección popular y
proletaria en París se ligan a la
tentativa de resistencia armada ante
el desarrollo de la
Contra-Revolución europea,
personificada por el gobierno de
Thiers . Se sitúa a lo largo de la
guerra franco-prusiana; en la
derrota del Imperio napoleónico; en
la perspectiva y el deseo parisino
de continuidad de la guerra contra
las tropas prusianas de ocupación;
dadas las vacilaciones del Gobierno
provisional y la desconfianza
generalizada que esa actitud
provoca. A este hecho se suma el
despertar del sentimiento proletario,
que los lleva a intentar tomar el
cielo por asalto (COSTA, 1988: 15).
La importancia que asume la Comuna
para el movimiento proletario
mundial es subrayada por Karl Marx,
en su obra La guerra civil en
Francia, cuando afirma:
“Cuando la Comuna de París tomó en
sus propias manos la dirección de la
Revolución; cuando, por la primera
vez en la historia, simples obreros
se atrevieron a violar el monopolio
de gobierno de sus “superiores
naturales” y, en circunstancias
extraordinariamente difíciles,
realizaron su trabajo de modo
modesto, conciente y eficaz, con
sueldos elevados que representaban
una entre cinco partes de la suma
que, según una alta autoridad
científica, es el salario mínimo de
un secretario de un consejo escolar
de Londres, el viejo mundo se
constreñía en convulsiones de rabia
ante el espectáculo de la Bandera
Roja, símbolo de la República del
Trabajo, ondulando sobre el Hotel de
Ville. En tanto, era esa la primera
revolución por la cual la clase
obrera fue abiertamente reconocida
como la única clase capaz de tener
iniciativa social, inclusive por la
gran masa de la clase media parisina:
tenderos, artesanos, comerciantes,
con la única excepción de los
capitalistas ricos. (...) La Comuna
fue, pues, la verdadera
representación de todos los
componentes sanos de la sociedad
francesa y, por lo tanto, el
gobierno nacional auténtico. Pero,
al mismo tiempo, como gobierno
obrero y campeón intrépido de la
emancipación del trabajo, fue un
gobierno internacional en el pleno
sentido de la palabra. Ante los ojos
del ejército prusiano que había
anexado a Alemania dos provincias
francesas, la Comuna anexó a Francia
los obreros de todo el mundo” (MARX,
1977: 200).
En este sentido, el debate, el
estudio y el conocimiento de la
experiencia de la Comuna de París de
1871, en cuanto hecho revolucionario
que se coloca entre la era de las
revoluciones burguesas y la era de
las revoluciones proletarias, puede
contribuir, no solamente a aclarar
el contenido y aspectos inherentes a
las luchas proletarias, sino también,
el carácter que puede asumir las
actuales y futuras experiencias de
construcción de una nueva sociedad
igualitaria y fraterna.
2 . CRISIS POLÍTICA Y REVOLUCIÓN
Las crisis están estrechamente
asociadas a las movilizaciones
sociales, guerras, sublevaciones,
insurrecciones y revoluciones. En
general, las crisis económicas
producen crisis sociales en los
distintos niveles, produciendo y
radicalizando el descontento
popular, que puede ser más o menos
prolongado, más o menos violento,
principalmente cuando los
gobernantes, contando con el
monopolio de la violencia organizada
e institucional, reprime más o menos
ferozmente, las manifestaciones de
insatisfacción de grandes partes de
la población. Esas crisis,
aisladamente, por si solas, no
llevan al desencadenamiento del
proceso revolucionario, a
transformaciones más radicales de la
estructura social, lo que podrá
ocurrir a partir del surgimiento de
una crisis política derivada de una
división en la élite dirigente y
gobernante ya que sus políticas
inconsistentes y vacilantes no
consiguen mantener a las clases
populares en los límites de las
reivindicaciones reformistas.
En la gestación de una crisis
revolucionaria, Lênin, en su obra La
falencia de la II Internacional,
apunta tres características que
considera principales:
1) imposibilidad de las clases
dominantes de mantener su dominación
de forma inalterada, lo que
posibilita el surgimiento de una
crisis en la “cúpula”, una crisis de
la política dominante, creando una
fisura a través de la cual el
descontento y la indignación de las
clases oprimidas y explotadas abren
camino para que la Revolución
explote. En general, no basta con
que la base no quiera vivir más como
antes, sino que es necesario
incluso, que la cúpula no pueda
continuar manteniendo más su forma
de dominación inalterada;
2) agravamiento, en gran escala, de
la miseria y de la angustia de las
clases oprimidas, que no aceptan más
la persistencia de esta situación;
3) desarrollo acentuado, en virtud
de las razones indicadas, de la
actividad de las masas, que se dejan,
en los periodos “pacíficos”, saquear
tranquilamente, pero que, en
periodos agitados, son empujadas,
tanto por la crisis en su conjunto
como por la propia “cúpula”, a una
acción histórica independiente.
Sin estas alteraciones objetivas y
articuladas, producidas por el
propio desarrollo de una sociedad
determinada, independientes de la
voluntad personal de un monarca o de
un gobernante cualquiera e
independientes de la voluntad
subjetiva de una clase o fracción de
clase, la revolución es, como regla
general, imposible. Puede tratarse
de una revuelta o una insurrección,
que, por mayor que sea su
contundencia, puede producir una
mezcla de represión y reformas que
no llegan a amenazar los fundamentos
del orden imperante.
En la caracterización de estas
condiciones objetivas y sus
peculiaridades, que llevan al
desencadenamiento de la Comuna de
París, el elemento político fue
decisivo en consecución de las
divisiones políticas entre las
clases dominantes, del crecimiento
de la oposición republicana, radical
o conservadora, y la oposición
popular-proletaria, y en lo más
inmediato, principalmente por la
derrota en la guerra franco-prusiana
y sus consecuencias. Las
dificultades económicas no son
consecuencia de una crisis gestada
de forma “clásica”, sino gestada por
la guerra.
2.1. CRISIS POLÍTICA EN FRANCIA
El deflagrar de la Comuna está
asociado a características y
circunstancias peculiares propias de
París en una situación de sitio
militar impuesto por tropas enemigas.
Incluso los intentos de ampliar el
movimiento a otras ciudades: Lyon,
Marsella, Saint-Etienne, Creusot,
Narbonne, no consiguen mantenerse
por muchos días y no tienen éxito.
Respecto a los aspectos económicos,
el periodo inmediatamente anterior a
la Comuna, el desarrollo en Francia
no se enfrentaba a una crisis
profunda. En el periodo comprendido
entre 1847 y 1872, la tasa de
crecimiento del Producto Interno
francés fue de aproximadamente 2% al
ano, muy superior al de periodos
anteriores y posteriores; el
producto nacional creció cerca de un
90%. La población pasó de cerca de
35 millones, en 1845, a cerca de 38
millones; la población urbana pasó
de 8 millones (24,4%), en 1845, a
más de 11 millones (32,4%), en 1870.
La industria presenta un
significativo crecimiento en su
conjunto, de entre los cuales
sobresale la metalurgia y los
ferrocarriles. El comercio de
exportación e importación, en gran
parte de las materias primas, se
amplia significativamente. La
participación del Estado en la
economía, principalmente en la
creación de infraestructura, tuvo un
crecimiento de cerca del 60%. El
sector financiero se amplia a través
del surgimiento de los principales
bancos franceses.
La prosperidad francesa se
manifiesta también en la
modernización de las grandes
ciudades, en la construcción de
infraestructura urbana, drenajes,
telégrafos en todos las provincias y
los departamentos de París,
construcción de nuevos barrios en
distintas ciudades, construcción de
estaciones ferroviarias. París, la
capital del Imperio e importante
centro económico, político y
cultural, de la moda y de la bohemia,
es la ciudad que sufre las mayores
transformaciones: sustitución de
barrios enteros; construcción de
anchas avenidas y monumentos;
construcción de estaciones
ferroviarias, de la Ópera, de
iglesias, parques, desagües, etc.
Se debe destacar que la urbanización
de París se hizo intentando eliminar
en la medida del posible, las calles
estrechas, que en las revueltas
populares se transformaban en
verdaderas trincheras casi
inexpugnables, como ocurrió en las
insurrecciones y revoluciones que
hasta entonces marcan la historia
francesa . Su espacio geográfico fue
dividido por clases sociales; en los
barrios del oeste sobresalen las
grandes construcciones
aristocráticas y burguesas; en el
este, se aglomeran contingentes
proletarios, que forman sus propias
comunas, organizaciones que, en el
recrudecimiento de las luchas de
clases asumen un papel relevante.
París “hacia 1871, buena parte de la
población de esta ciudad (que creció
por encima del medio millón en los
años 1850-1871) estaba compuesta por
inmigrantes rurales a quienes
resultaba duro adaptarse a la vida y
al trabajo en una gran ciudad. De
hecho, buena parte de ellos se
limitó a cambiar el desempleo en el
campo por el desempleo en la ciudad.
Este aumento de la población urbana
generó verdaderos problemas en las
condiciones de vida. Aunque las
reformas sociales de Luis Napoleón
aliviaron algunos de los problemas
más graves, la distancia entre ricos
y pobres en París tendía a crecer en
los años anteriores a 1871. Esto se
debía, en parte, a la enorme
resistencia de los políticos
conservadores a aumentar los
impuestos para financiar las mejoras
en las condiciones de vida de las
masas. (TODD, 2000: 30).
Al lado de la pequeña producción que
aún predominaba en París, a través
de micro-empresas existían, también,
grandes empresas. De los 440 mil
trabajadores industriales parisinos
50 mil estaban empleados en empresas
municipales y en grandes compañías.
Durante la Comuna, París ya poseía
diez fábricas de gas, un centro
ferroviario con doce estaciones,
fábricas de cigarrillos, tipografías,
arsenales y otras grandes empresas
municipales y privadas. Conviene
decir que este crecimiento económico
se dio durante el Segundo Imperio de
Napoleón III, aliado de la burguesía
financiera (banqueros y usureros)
además de serlo de los grandes
latifundistas y capas superiores de
la burguesía industrial. Así, el
dueño de las mayores fábricas de
municiones de Creuse, Schneider, era
el presidente de la Cámara de los
Diputados.” (MOURA, 1991: 51)
Con todo, respecto al crecimiento
del poder adquisitivo de los sueldos
y las ganancias, la acumulación de
capitales, hay una gran discrepancia.
Entre 1850 y 1870, los sueldos
nominales crecieran un 45%; el real
fue solamente de un 28%. El
porcentaje de ganancias, en el mismo
periodo, creció en un índice
superior al 300% (LESOURD, 1975:
112-113).
La clase obrera en este periodo se
expande dinámicamente. “De acuerdo
con el censo de 1861, existían en
Francia 2,9 millones de trabajadores
industriales y 1,6 millones de
patrones. En cuanto a París cada
empresa industrial tenía 4,5 obreros,
la media general para el país era
más baja: 1,7 trabajadores. Una
media tan baja de trabajadores por
empresa demuestra que en Francia
había un gran número de empresas
artesanales. La situación de los
trabajadores durante el Segundo
Imperio se agrava a pesar del
desarrollo económico. Entre los años
50 y 60 del siglo XIX, los sueldos
aumentaron entre un 10 y un 40%; en
cuanto el precio de las mercancías y
el alquiler de las habitaciones,
tuvieron un aumento del 70%. Por
otro lado, la jornada de trabajo en
París excedía de 11 horas y en la
provincia era generalmente superior
a la 12 horas; en algunos sitios
como en el Loire Superior llegaba a
15 y 16 horas. Las protestas de los
trabajadores contra esta situación
eran violentamente reprimidas;
ocupaban fábricas con tropas,
establecían penas de prisión para
los huelguistas.” (MOURA, 1991: 52).
2.2. EL CRECIMIENTO ECONÓMICO Y LA
MODERNIZACIÓN DE FRANCIA
Pero pese al crecimiento económico y
la modernización de Francia, la
oposición del pueblo crecen
sintomáticamente. El proletariado
reivindica reajustes de sus sueldos
y derechos sociales y de
organización. Incluso, las clases y
segmentos sociales que fueron las
principales bases de la sustentación
del régimen dictatorial, empezaron a
manifestar su descontento y a hacer
críticas abiertas al gobierno de
Napoleón III. A partir de los años
60 del siglo XIX, los conflictos se
explicitan con nitidez: la burguesía,
principalmente la industrial, hace
contundentes críticas al gobierno
por el Tratado de libre comercio con
la Inglaterra y por la eliminación
del proteccionismo, y el clero, por
su política exterior relacionada con
los Estados Pontificios.
A comienzo de los años 60 del siglo
XIX, después de la expedición
militar francesa a Siria, se inicia
la apertura y la construcción del
Canal de Suez, a través de capital
francés. El Canal de Suez, al unir
el Mediterráneo con el Mar Rojo,
posibilita, al mismo tiempo, mejores
condiciones para el dominio de
Egipto, y el acceso al comercio y
envío de tropas a Oriente. La
construcción de este Canal, con 160
kilómetros, se concluye en 1869,
pasando posteriormente a dominio
inglés.
El expansionismo colonial e
imperialista europeo, principalmente
el inglés, es seguido con voracidad
por Francia. La europeización del
mundo es realizada a través de
guerras, del envío de tropas
militares a distintos continentes,
que garantizan la penetración de
capitales y la apertura de mercados
consumidores y exportadores de
materias primas. También se exportan
las teorías racistas, apologéticas
de la “superioridad” de los blancos
europeos. La política externa de
Napoleón III es una expresión
explícita del expansionismo europeo.
Esta política agresiva francesa se
concreta a través del envío de
tropas a Oriente Medio, África y
América (México).
“Las clases medias partidarias de
Napoleón III, que habían alcanzado
el poder de mano de los temores
liberales y conservadores que
siguieron a la revolución de 1848,
enseguida se volvieron críticas.
Entre 1859 y 1861 declaró una
amnistía política y relajó la
censura de la prensa, pero su
intento de calmar a la oposición
tuvo el efecto contrario. A partir
de 1863, cuando se eligieron 35
diputados opositores, las criticas
se intensificaron y el conflicto
político se hizo más profundo. Las
elecciones de 1869 dieron como
resultado una oposición aún más
fuerte, y hacia la primavera de 1870
Napoleón III (ya gravemente enfermo)
se convenció de que sólo podría
conjurar “el peligro de la
revolución” con concesiones
liberales importantes. A pesar de
ganar el plebiscito acerca de su
propuesta de “Imperio Liberal”, la
unidad de las elites políticas
seguía resquebrajándose mientras que
las clases medias experimentaban
dificultades económicas” (TODD,
2000: 47-48).
Las reformas crean mejores
condiciones para el desarrollo de la
oposición republicana y para el
desencadenamiento de las huelgas
obreras, que pasan a producirse con
cierta regularidad, asociadas a
manifestaciones en contra de la
represión y la prisión de
huelguistas. En 1864, los diputados
de izquierda reivindican y consiguen
la eliminación de la “famosa” ley Le
Chapellier, que establecía la
asociación como un delito y motivo
de prisión y condena. Esta
liberalización, incluso con
restricciones, permite la
organización de asociaciones obreras,
el establecimiento de contacto con
las Trade Unions inglesas, con la Iª
Internacional, la participación en
congresos obreros en distintos
países y la relación estrecha con el
movimiento proletario europeo. Así,
el movimiento proletario que venía
articulándose, se transforma en
campo fértil para las distintas
ideas socialistas, anarquistas y
comunistas (LISSAGARAY, 1991:
18-19).
Al nivel de la política externa, de
las intervenciones patrocinadas por
Napoleón III, habrá una oposición
creciente. En 1861, Francia, aliada
con España e Inglaterra, envían
tropas a México con el objetivo de
destituir el gobierno republicano y
democrático de Benito Juárez. Las
tropas españolas e inglesas, después
de la imposición del archiduque
austriaco Maximiliano, se retiran.
Napoleón III, intentando apoderarse
de aquel país, determina la
permanencia de sus tropas en apoyo
al Emperador títere. Derrotado por
la resistencia de la guerrilla
mexicana y presionados por los EE.UU.,
las tropas francesas se retiran en
1867, ocasionando un gran desgaste
político a Napoleón, que es
criticado en dos frentes: por los
monárquicos, por haber abandonado la
aventura de Maximiliano en México;
por los republicanos, por la
tentativa de imponer un soberano
austriaco en un país de América.
2.3. FRACASO DE LA AVENTURA MEXICANA
Y DERROTA EN LA GUERRA
FRANCO-PRUSIANA
Al fracaso de la aventura mexicana
se suman otros en el continente
europeo, donde pese a algunas
victorias militares, se desarrolla
una política contradictoria. Entre
1854 y 1856, Francia derrota a Rusia
en la Guerra de Crimea. En 1859,
apoya la unificación italiana y
lucha contra Austria, pero, en 1861,
firma un Tratado de paz, y buscando
el apoyo de la Iglesia Católica,
intenta presentarse como defensor de
los intereses territoriales del
Papa. En 1865, Napoleón III estimula
a Prusia a atacar y derrotar a
Austria, en la batalla de Sadowa, en
1866. Esta victoria contribuye a la
unificación de los estados
septentrionales de Alemania,
formando en 1867, la Confederación
Alemana del Norte. España, desde
1868, se encontraba sin soberano y
la sucesión se decide sin la
participación de Francia en las
negociaciones, lo que provoca una
alteración significativa en la
correlación de fuerzas entre las
potencias europeas, favoreciendo
significativamente a Prusia. Así,
Prusia, fortalecida, se interesaba
por la guerra. Para Napoleón III la
guerra con Prusia se presenta como
una alternativa que puede permitir
al Gobierno napoleónico solucionar
sus problemas en dos frentes: a
nivel interno, fortalecería los
argumentos para llamar al país a la
unión, en defensa de la patria
agredida; a nivel externo, la
derrota de Prusia permitiría la
eliminación de un poderoso
concurrente y la afirmación de la
hegemonía francesa en el continente.
El 17 de julio de 1870, Napoleón III
declara la guerra a Prusia. Su gran
e invencible ejército, en realidad
se encontraba débilmente equipado,
mal preparado y disperso en
diferentes regiones y continentes.
Las derrotas son sucesivas y el 1º
de septiembre, en la Batalla de
Sedan, vencido el ejército francés,
Napoleón III es hecho prisionero. Al
mismo tiempo, se dan manifestaciones
en París contra el régimen
bonapartista, incluso un intento
blanquista fracasado de asalto al
poder.
La noticia de la derrota francesa, a
partir de 4 de septiembre, provoca
el inicio de las movilizaciones
populares en París, llevando al fin
al Imperio napoleónico, a la
proclamación de la República y a la
formación de un Gobierno de Defensa
Nacional, bajo la hegemonía de los
sectores republicanos aliados a los
monárquicos. Sin embargo, este
Gobierno no consigue crear
entusiasmo ni una base de apoyo
político, incluso en sectores de las
clases dominantes, esto como
consecuencia de su composición
política, de la ausencia de
iniciativas económicas y políticas
más consistentes y por temer una
movilización revolucionaria del
proletariado. Su inoperancia
demuestra poca disposición en la
movilización de la población contra
los prusianos. Cuando lo hace es
mucho más para dar una satisfacción
a la población, que exigía la lucha
contra el ejército invasor. La
inconsistencia del Gobierno de
Defensa Nacional, en París, vuelve
más tensa la situación, provocando a
que sectores de la Guardia Nacional
y otros grupos pasen a exigir
elecciones por sufragio universal y
la instalación de una Comuna. En
represalia, el Gobierno, receloso,
pasa a la represión, determina el
cierre de los clubes políticos y de
las organizaciones proletarias, y
firma el armisticio con los
prusianos el 28 de enero de 1871. La
rendición imponía la realización de
elecciones para la formación de una
Asamblea Nacional y la institución
de un gobierno con “legitimidad”
para negociar la rendición
definitiva.
La guerra y el sitio a París
provocan un acentuado trastorno
económico y crea dificultades para
la sobrevivencia de la población,
principalmente, para las partes más
pobres. “Durante la guerra y el
sitio, muchos negocios tuvieron que
cerrar como consecuencia de no poder
acceder a las materias primas y a
los clientes. Muchos parisinos,
incapaces de encontrar trabajo,
dejaron de pagar sus alquileres,
empeñaron sus herramientas y se
unieron a la Guardia Nacional
Parisina, que pagaba un pequeño
sueldo diario. Al mismo tiempo los
comerciantes recurrieron a un
sistema de créditos.” (TODD, 2000:
31).
Al mismo tiempo, la rendición
provoca una gran insatisfacción
entre la población de París. Algunas
guarniciones de la Guardia Nacional,
del ejército regular y marineros se
resisten a entregar las armas al
enemigo y a abandonar sus puestos.
La Guardia Nacional y el
proletariado de París se arman y
organizan la resistencia, asumen el
control de algunos barrios, libertan
los prisioneros políticos, se
apoderan de las armas y municiones y
colocan los cañones en posiciones
estratégicas para la defensa de la
ciudad.
El 8 de febrero se celebran las
elecciones , incluso en las regiones
ocupadas por tropas prusianas, para
la formación de la Asamblea
Nacional. Como consecuencia del
tiempo extremamente pequeño para los
comicios, de todo tipo de ataques y
calumnias de que son víctimas los
republicanos radicales, los
socialistas y el proletariado de
París, los sectores conservadores y
reaccionarios se imponen como
mayoría. De un total de 750
diputados elegidos, 450 son
monárquicos. Los pocos diputados de
izquierdas son en su mayoría,
electos por París. Esta Asamblea
conservadora y reaccionaria no
reconoce la República, proclamada en
París en septiembre de 1870 como
consecuencia de las presiones
populares, y elige Thiers como jefe
de gobierno.
La Asamblea Nacional procurando
restablecer por lo menos en
apariencia, la normalidad, y
recelosa ante el proletariado
parisino, transfiere la capital a
Versalles y decide suspender las
medidas económicas de emergencia,